El temporal actual no es solo un problema puntual, sino una señal de un clima cada vez más extremo e imprevisible
Durante años, en Andalucía se hablaba del tiempo casi como un ritual: si llovía poco, si hacía calor antes de tiempo, si el verano se alargaba más de la cuenta. Hoy, esas conversaciones han cambiado de tono. Ya no se habla solo del tiempo. Se habla de miedo, de daños, de incertidumbre.
Las lluvias que estos días caen sin descanso no son un episodio aislado. Forman parte de una tendencia que cada vez se repite con más frecuencia: largos periodos de sequía seguidos de temporales intensos que saturan ríos, campos y ciudades en cuestión de horas.
Un clima que ya no se parece al de antes
Muchos vecinos lo dicen con claridad: “Antes no pasaba esto”. Y no es solo una sensación. Las estaciones se han vuelto irregulares, los extremos más frecuentes y los episodios suaves, cada vez más escasos.
Pasamos de meses sin apenas agua a semanas de lluvias torrenciales. De inviernos templados a episodios repentinos de frío o tormentas. El clima que conocíamos está cambiando, y Andalucía lo está notando especialmente.
Nuestra tierra, acostumbrada históricamente a convivir con la sequía, ahora también debe aprender a convivir con inundaciones.
Ciudades y pueblos bajo presión
Este nuevo escenario pone al límite a pueblos y ciudades. Sistemas de alcantarillado que no dan abasto, carreteras cortadas, barrios en zonas inundables y viviendas afectadas una y otra vez.
Durante décadas se construyó pensando que el clima sería estable. Hoy, muchas de esas decisiones pesan. Zonas urbanas levantadas cerca de cauces, espacios naturales reducidos y falta de zonas de absorción hacen que el agua encuentre cada vez menos salidas.
El resultado es siempre el mismo: calles anegadas, garajes inundados y vecinos que vuelven a empezar desde cero.
El impacto que no siempre se ve
Más allá de las imágenes de inundaciones, hay consecuencias silenciosas. Comercios que pierden mercancía, familias que no pueden ir a trabajar, agricultores que ven peligrar sus cosechas.
Cada temporal deja una factura económica, pero también emocional. La sensación de no tener control, de depender constantemente del cielo, genera desgaste y preocupación.
Especialmente entre quienes viven en zonas vulnerables y saben que cualquier episodio fuerte puede volver a afectarles.
Prepararse para un futuro distinto
El cambio climático ya no es un debate lejano. Está en nuestras calles, en nuestros campos y en nuestros hogares.
Adaptarse no es una opción, es una necesidad. Significa mejorar infraestructuras, respetar los cauces naturales, planificar mejor las ciudades y apostar por la prevención.
También implica invertir en educación ambiental y concienciación, para que todos entendamos el riesgo y sepamos cómo actuar.
Un reto que es de todos
Las administraciones tienen una responsabilidad clave, pero la respuesta no puede ser solo institucional. La forma en la que usamos el territorio, consumimos recursos y cuidamos nuestro entorno también influye.
Cada episodio extremo es una advertencia. Un recordatorio de que el clima está cambiando más rápido de lo que nos gustaría.
La pregunta ya no es si habrá más temporales como este. La pregunta es si estaremos preparados cuando lleguen.




