Hay momentos históricos en los que los acontecimientos dejan de ser ruido y pasan a constituir un lenguaje. No porque sean idénticos, sino porque obedecen a una misma gramática. El inicio de 2026 parece inaugurar uno de esos períodos: intervenciones militares sin mediación multilateral, amenazas territoriales explícitas, represión interna revestida de “seguridad nacional” y una diplomacia cada vez más subordinada a impulsos personales. El nombre de esa gramática es conocido — trumpismo — y sus efectos ya no se limitan a la política interna de Estados Unidos. Se proyectan sobre el mundo.
Del Medio Oeste estadounidense al Ártico, de Caracas a Nueva York, emerge una lógica común: la normalización de la excepción. El derecho internacional se convierte en obstáculo, la soberanía pasa a ser condicional y la fuerza reaparece como lenguaje político legítimo. No se trata solo de Donald Trump como individuo, sino de un estilo de poder que transforma al Estado en extensión de la voluntad presidencial.
Minnesota: cuando el agua azul deja de ser tranquila
Minnesota, cuyo nombre de origen dakota significa “agua azul clara”, ofrece una metáfora involuntaria —y precisa— del actual momento estadounidense. El azul, históricamente asociado al Partido Demócrata, evocaba estabilidad institucional, previsibilidad democrática y confianza en las reglas del juego. Pero esas aguas hoy están agitadas.
En Minneapolis y otras ciudades del estado, protestas contra operaciones del ICE escalaron rápidamente hacia enfrentamientos con fuerzas federales. Gas lacrimógeno, granadas de aturdimiento, detenciones masivas y muertes de civiles migrantes transformaron calles en escenarios de tensión permanente. La reacción de Trump fue inmediata y reveladora: amenazó con invocar la Ley de Insurrección, una norma del siglo XIX concebida para sofocar rebeliones armadas, no protestas civiles.
La amenaza no fue solo retórica. Indicó algo más profundo: la disposición del Ejecutivo a tratar la disidencia política como amenaza a la seguridad nacional. Gobernadores demócratas reaccionaron, se presentaron demandas judiciales y escuelas migraron a la educación remota por razones de seguridad. En nombre de la ley, se suspenden garantías; en nombre del orden, se relativiza la democracia.
Minnesota no es una excepción. Es un laboratorio.
La frontera interna como campo de batalla
El trumpismo redefine el concepto de frontera. Ya no es solo geográfica: es social, ideológica, identitaria. Migrantes, opositores, ciudades progresistas —todos pasan a ser “zonas de riesgo”. La represión interna y la política exterior comienzan a obedecer a la misma lógica: quien resiste, enfrenta fuerza; quien coopera, recibe pragmatismo.
Esa lógica se proyecta hacia el exterior con consecuencias aún más profundas.
Groenlandia: el retorno explícito del imaginario colonial
Cuando Trump volvió a defender la anexión de Groenlandia, muchos interpretaron la declaración como una extravagancia personal. Fue un error. Lo que parecía bravata se consolidó como política: amenazas de aranceles contra Dinamarca, insinuaciones sobre el uso de la fuerza y justificaciones basadas en “seguridad nacional” y acceso a minerales estratégicos.
La reacción fue inmediata. Groenlandia reafirmó que no está en venta. Dinamarca reforzó su presencia defensiva. Parlamentarios estadounidenses viajaron a Copenhague para contener daños diplomáticos. Encuestas mostraron un rechazo mayoritario dentro de Estados Unidos. Aun así, el discurso presidencial persistió.
El episodio revela un dato central: el trumpismo no opera dentro de los marcos simbólicos del orden posterior a la Guerra Fría. Recupera una visión previa al derecho internacional contemporáneo, donde las grandes potencias ejercen control directo sobre territorios considerados estratégicos. Es la Doctrina Monroe reeditada, ahora sin pudor y con alcance global.
Venezuela: cuando la excepción se convierte en precedente
Nada sintetiza mejor esta lógica que la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en Caracas. La operación, rápida y unilateral, fue seguida por anuncios aún más contundentes: Estados Unidos administraría interinamente Venezuela hasta una transición “segura” y explotaría sus reservas de petróleo.
La reacción internacional fue contundente. ONU, Unión Europea, China, Rusia, África del Sur y varios países latinoamericanos alertaron sobre la violación de la soberanía y el precedente peligroso que se establecía. La pregunta resonó en cancillerías de todo el mundo: si Washington puede capturar a un jefe de Estado extranjero bajo acusaciones penales, ¿qué impide que otros países hagan lo mismo?
El periodista Jeremy Bowen, de la BBC, resumió el temor: la erosión definitiva de la idea de que el mundo se rige por reglas comunes.
La ironía venezolana: Nobel, petróleo y pragmatismo
En medio de este escenario, María Corina Machado entregó simbólicamente su medalla del Premio Nobel de la Paz a Trump. El gesto, cargado de referencias históricas, buscaba sellar una alianza moral. Pero terminó revelando lo contrario: el trumpismo no se orienta por símbolos, sino por utilidad.
Trump elogió a Machado, pero optó por negociar con Delcy Rodríguez, figura central del antiguo régimen, descrita por la Casa Blanca como “extremadamente cooperativa”. Mientras la oposición celebraba la retórica de la liberación, Washington reformulaba el sector petrolero venezolano y realizaba su primera venta de crudo del país.
Libertad, sí —siempre que sea rentable.
Brasil: entre la crítica y el cálculo
El artículo de Lula en The New York Times fue una de las respuestas más elaboradas al episodio venezolano. Sin mencionar a Trump directamente, el presidente brasileño denunció la erosión del derecho internacional y reafirmó que América Latina no será subserviente a proyectos hegemónicos.
La crítica, sin embargo, convive con el realismo diplomático. Lula mantiene diálogo con Trump, fue invitado al Consejo de Paz sobre Gaza y busca preservar negociaciones comerciales. Brasil ocupa una posición delicada: rechaza la intervención, pero evita la confrontación frontal.
Esta ambigüedad no es debilidad; es síntoma de un mundo donde resistir al trumpismo exige equilibrio constante entre principios y supervivencia política.
Nueva York: la resistencia desde el centro del poder
Quizá la respuesta más simbólica al trumpismo surja desde dentro de Estados Unidos. La asunción de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York representa más que una victoria local. Señala el surgimiento de una nueva izquierda urbana, multicultural e internacionalista.
Mamdani no dudó en llamar directamente a Trump para calificar el ataque a Venezuela como una violación del derecho federal e internacional. Su crítica no fue abstracta, sino concreta: decisiones tomadas en Washington impactan directamente en comunidades reales de Nueva York, hogar de decenas de miles de venezolanos.
Al hacerlo, expuso la fisura central del trumpismo: su política exterior regresa como inestabilidad doméstica.
Un mundo menos dispuesto a aceptar la fuerza como norma
Del agua azul —hoy turbulenta— de Minnesota al hielo resistente de Groenlandia, lo que se perfila es un mundo en transición. El trumpismo intenta restaurar un orden basado en la fuerza, la jerarquía y el miedo. Pero, paradójicamente, acelera la formación de una resistencia global —institucional, social y política.
La ironía final es esta: al tratar al mundo como territorio a dominar, el trumpismo reactiva exactamente aquello que decía combatir —alianzas alternativas, desconfianza estructural y la certeza de que ninguna potencia, por poderosa que sea, puede gobernar sola un sistema global complejo.
El agua puede enturbiarse. El hielo puede agrietarse.
Pero ninguno desaparece sin resistencia.
https://www.bbc.com/portuguese/articles/cp9jxzkdy88o
https://www.bbc.com/portuguese/articles/cwy80v4dk75o
https://www.bbc.com/portuguese/articles/ckgjkmee1lgo
https://www.correiobraziliense.com.br/mundo/2026/01/7324155-zohran-mamdani-assume-prefeitura-de-nova-york-e-comeca-teste-de-fogo-para-nova-esquerda-global.html#google_vignettehttps://cbn.globo.com/mundo/noticia/2026/01/03/zohran-mamdani-repudia-ataque-de-trump-a-venezuela-e-diz-que-decisao-afeta-novaiorquinos-e-venezuelanos-na-cidade.ghtml




