Durante todo un mes, específicamente desde mediados de enero hasta mediados de febrero del año 1626, una serie de inundaciones tuvieron lugar en Sevilla.
Siempre se tiende a asociar el tiempo del siglo XVII a las sequías. A pesar de que las hubo, y muy severas también llovió bastante. En 1626, en especificamente, a raudales.
Sevilla estaba acostumbrada a las crecidas del Guadalquivir. Entre finales del siglo XVI y mediados del XVII la ciudad sufrió numerosas avenidas, pero la de 1626 destacó por su duración, extensión y consecuencias.
El sábado 17 de enero de 1626 comenzó a llover en Sevilla con más persistencia que intensidad. Principalmente estuvieron ocasionadas tanto por la magnitud de las lluvias y la multiplicación del caudal del Guadalquivir y sus afluentes como por la imprevisión y pasividad de la ciudadanía.
Como consecuencia, la magnitud de los daños humanos y materiales hicieron de aquellas avenidas marcaron un antes y un después en la ciudad hispalense. Se acordó cerrar las puertas como medida de prevención, pero se consideraría insuficiente debido a que no cesaba la lluvia. El viernes 23 las aguas del Guadalquivir llegaban a la puerta del Arenal y a la de Triana. La primera inundación ocurrió entre el sábado 24 y el lunes 26 de enero.
Además, otra consecuencia directa relaciona a una numerosidad de molinos que acabaron destruidos, provocando así una brusca subida del precio del pan. El trigo se encareció de forma desorbitada y otros productos básicos, como la carne o el pescado, escasearon o desaparecieron del mercado. Por ello, en aquella época el hambre se convirtió en una amenaza real.
Consecuencias sanitarias
Sumado a la amenaza del hambre, el agua estancada, la acumulación de residuos y la descomposición de animales favorecieron la aparición de enfermedades.
Además, síntomas como la fiebre e infecciones se extendieron entre una población debilitada, y el miedo a la peste.




