Hay lugares que esperan en silencio.
Y hay días en los que dejan de esperar.
En el corazón de Aldeaquemada, donde la tierra se quiebra en barrancos y la roca guarda siglos de historia, la Cascada de la Cimbarra duerme durante meses convertida en un susurro. El agua apenas resbala por la piedra. El paisaje parece contener la respiración.
Hasta que llega la lluvia.
No una lluvia cualquiera. Sino esa lluvia persistente que cala la sierra, que empapa los caminos, que alimenta en silencio al río Guarrizas. Durante días, el cielo descarga su memoria sobre la tierra. Y entonces, ocurre.
Primero es un murmullo más intenso.
Después, un rumor que corre por el valle.
Y finalmente, el estruendo.
La Cimbarra despierta.
El agua se precipita desde lo alto con una fuerza indomable, golpeando la roca con el poder de lo inevitable. Las paredes del desfiladero, oscuras y verticales, encuadran la caída como si la naturaleza hubiese construido un teatro para ese instante exacto. El aire se llena de bruma. El sonido retumba en el pecho antes de llegar a los oídos.
Ya no es un salto de agua.
Es una presencia.
Quien se acerca al mirador siente que asiste a algo que no se repite igual dos veces. El viento trae gotas diminutas que refrescan el rostro. La vegetación, revitalizada por la humedad, brilla en verdes intensos. La roca rojiza contrasta con el blanco espumoso del agua que cae en cortina infinita.
Durante unos días —a veces apenas unas jornadas— la cascada muestra su verdadero carácter. No el de postal tranquila, sino el de gigante indómito. El de espectáculo primitivo. El de naturaleza sin filtros.
Vecinos y visitantes lo saben. Cuando corre la voz de que “la Cimbarra baja fuerte”, los caminos se llenan de pasos apresurados y cámaras preparadas. No es turismo: es testimonio. Es querer estar allí cuando el paisaje decide revelarse.
Porque pronto volverá la calma.
El caudal descenderá.
El estruendo será recuerdo.
Y la cascada regresará a su silencio paciente, aguardando la próxima lluvia que la despierte.
Pero quien la ha visto en todo su esplendor, quien ha sentido la vibración del agua cayendo desde lo alto, sabe que no ha presenciado solo un fenómeno natural.
Ha sido testigo de un espectáculo verdadero.
De esos que no se programan.
De esos que la tierra concede cuando quiere.



