Frente a Donald Trump y Benjamin Netanyahu, el mundo parece haberse quedado sin matices. En ese paisaje cada vez más áspero, donde la política se confunde con la imposición y la fuerza con la razón, apenas quedan dos figuras que insisten en otra forma de entender el poder: Luiz Inácio Lula da Silva y Pedro Sánchez.
Podrá usted ser de derecha, de centro o incluso haber creído alguna vez que Trump representaba una solución. Pero si se detiene un instante —no en los mercados, sino en las personas—, la pregunta cambia de forma inevitable. ¿Qué lugar ocupan la educación, la sanidad, la red de protección social? ¿Qué queda de un sistema que renuncia a sostener a quienes lo sostienen? Ahí, en ese punto, la política deja de ser ideología y se convierte en responsabilidad.
La extrema derecha lo ha entendido mejor que nadie: no necesita convencer, solo desgastar. No necesita gobernar, solo erosionar. Su estrategia no es construir, sino vaciar de sentido. Fabricar ruido, convertir la mentira en método, transformar la política en un ejercicio de agotamiento psicológico. No buscan ganar el debate, sino expulsar del mismo a quienes aún creen en él.
Y, sin embargo, la lealtad —como advertía Shakespeare— tiene un corazón pacífico. No por débil, sino por persistente. Porque seguir defendiendo principios en un entorno hostil no es ingenuidad, es resistencia.
Hoy, en Europa, Pedro Sánchez encarna ese tipo de resistencia. No porque esté exento de errores, sino porque se ha convertido en el blanco preferido de una maquinaria que necesita enemigos para existir. Se le culpa de todo: de trenes que no llegan a tiempo, de crisis que no provocó, de males que ni siquiera controla. No es política. Es una liturgia de desgaste.
En América Latina, Luiz Inácio Lula da Silva intenta algo aún más complejo: reconstruir no solo un país, sino una idea de región. Una región que, como la CELAC, aspira a tener voz propia mientras lucha por no deshacerse desde dentro. Nunca fue tan necesaria la unidad. Nunca fue tan frágil.
Entre ambos, Europa y América Latina encuentran algo más que liderazgos: encuentran referencias. No perfectas, pero necesarias. Porque en un mundo donde la política se desliza hacia la lógica de la confrontación permanente, sostener el equilibrio se ha vuelto casi un acto de rebeldía.
Quizá por eso la pregunta ya no sea cuántos quedan.
Sino cuántos están dispuestos a resistir.
Porque esta vez no se trata solo de gobiernos, ni de elecciones, ni de ideologías.
Se trata de algo más elemental.
De si aún somos capaces de defender un mundo donde el poder no consista en destruir al otro, sino en sostener lo común.



