Votar es un acto de justicia: acudir a las urnas significa un avance del sistema democrático, especialmente para las mujeres.
En tiempos de desencanto político y desinformación, votar se ha convertido para algunos en un gesto de gran relevancia. Sin embargo, para millones de mujeres, el sufragio no es un trámite sino una conquista. Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia: es una responsabilidad democrática.
Durante siglos, las mujeres fueron excluidas de las decisiones que definían sus vidas. No podían elegir a quienes legislaban sobre su trabajo, su maternidad, su educación o su propio cuerpo. Pero el derecho al voto femenino no cayó del cielo: fue arrancado a sistemas profundamente injustos gracias a la lucha colectiva, al activismo y, muchas veces, al sacrificio personal. Cada vez que una mujer vota, honra esa historia y la proyecta hacia el futuro.
Pero votar no es solo memoria; es presente. Las desigualdades persisten y se expresan con crudeza en cifras y realidades cotidianas: brecha salarial, violencia machista, precariedad laboral, techos de cristal, cuidados invisibilizados. Nada de esto es ajeno a la política. Al contrario, son problemas que se agravan o se combaten según las decisiones que se toman en parlamentos, ayuntamientos y gobiernos. Abstenerse no es neutral: suele beneficiar a quienes ya tienen poder y a quienes prefieren que nada cambie.
Según Socialist and democrats, con ejercer nuestro derecho de voto, no solo nos aseguramos de que se oiga nuestra voz, sino que también contribuimos a un marco democrático más amplio que defiende los principios de igualdad, libertad y rendición de cuentas.
Asimismo, el sufragio es una herramienta para amplificar nuestros derechos, no para recortarlos. Es la forma más directa de influir en políticas públicas que fortalecen la igualdad: educación sexual integral, sistemas de cuidados, permisos parentales corresponsables, sanidad pública, leyes contra la violencia de género, acceso al aborto seguro y legal, y representación política paritaria. Cuando las mujeres votan, estos temas dejan de ser “secundarios” y ocupan el lugar central que merecen.
Además, la participación electoral de las mujeres tiene un efecto multiplicador. Está demostrado que cuando las mujeres se implican en la vida pública, crecen las agendas sociales, se promueve una política más empática y se amplía la mirada sobre lo común. No se trata de idealizar ni de asumir que todas piensan igual, sino de reconocer que la diversidad fortalece la democracia. Una democracia sin mujeres —o con mujeres ausentes— es una democracia incompleta.
Frente a los discursos que promueven el cinismo o el “todos son iguales”, conviene ser claras: no todos los proyectos políticos defienden los mismos derechos. Algunos cuestionan avances logrados, minimizan la violencia de género o reducen la igualdad a una consigna vacía. Votar es también trazar una línea ética: elegir qué valores queremos que nos representen y qué futuro estamos dispuestas a construir. Existe el argumento de “es que no me representa ningún partido político” y la finalidad no es que te sientas representado/a es al 100%. Al fin y al cabo, el pensamiento de cada individuo es propia, se trata de apoyar al partido que más coincida contigo.
Por último, elegir a un partido es un acto colectivo. Cuando una mujer vota, no lo hace solo por sí misma, sino por quienes no pueden hacerlo con libertad, por las generaciones que vienen y por aquellas que lucharon para que hoy ese derecho exista. Es un gesto sencillo, sí, pero cargado de sentido. En un mundo que a menudo intenta silenciar las voces de las mujeres, acudir a las urnas es decir, con firmeza y esperanza: aquí estamos, contamos, y decidimos.
Porque cada voto importa. Y cuando las mujeres votan, la democracia no solo funciona: progresa.


