En la política internacional, hay tácticas que buscan imponer respeto y otras que terminan generando desconfianza. La llamada “teoría del loco”, rescatada de la Guerra Fría y aplicada hoy por Donald Trump, pretende pertenecer a la primera categoría. Pero, en el escenario actual, cada vez parece deslizarse hacia la segunda.
La idea es conocida: proyectar imprevisibilidad para obligar a adversarios —y aliados— a ceder. Amenazar, presionar, exagerar, descolocar. Convertir la incertidumbre en herramienta diplomática. Sin embargo, lo que en teoría puede funcionar como disuasión, en la práctica empieza a mostrar un efecto colateral evidente: la erosión de la confianza dentro de la propia alianza occidental.
En el contexto de la guerra con Irán y la crisis en el Estrecho de Ormuz, esa estrategia ha quedado particularmente expuesta. Trump ha presionado a países aliados para que envíen buques de guerra, ha ridiculizado a gobiernos que dudan y, poco después, ha vuelto a solicitar su apoyo. El resultado no ha sido una coalición sólida, sino una cadena de respuestas cautelosas y, en muchos casos, silencios incómodos.
Dentro de la OTAN, el efecto es aún más delicado. La alianza, construida sobre el principio de confianza mutua, se enfrenta a una paradoja: su principal potencia actúa como un socio imprevisible. Líderes europeos han optado por una diplomacia contenida, evitando la confrontación directa pero marcando distancia en decisiones clave. No es un rechazo frontal. Es algo más sutil —y quizá más preocupante para Washington—: una pérdida progresiva de alineamiento automático.
Durante décadas, la OTAN funcionó como una estructura casi reflejo de la voluntad estratégica estadounidense. Hoy, sin embargo, el reflejo se ha vuelto más lento, más condicionado, más crítico. Las presiones para aumentar el gasto militar, las amenazas de desprotección y los giros discursivos han convertido a Trump no en un ancla de estabilidad, sino en una variable de incertidumbre dentro del sistema.
La ironía es difícil de ignorar. Una estrategia diseñada para intimidar a adversarios termina inquietando a aliados. La imprevisibilidad, presentada como fuerza, empieza a percibirse como fragilidad. Como Nerón ante el incendio de Roma, el poder parece observar —y a veces incluso alimentar— el fuego mientras confía en que su propia narrativa bastará para mantener el control de las llamas.
Porque, al final, incluso en geopolítica hay una regla que ni la teoría más audaz consigue borrar: las alianzas no se sostienen en el miedo, sino en la confianza. Y cuando esa confianza se resquebraja, ni la retórica más agresiva logra ocultar la pregunta que comienza a circular en las capitales europeas:
¿hasta qué punto sigue siendo fiable el liderazgo de Washington?
Como recordó John F. Kennedy en su célebre discurso de paz de 1963, “la humanidad debe acabar con la guerra, o la guerra acabará con la humanidad”. Fue asesinado. Otros apenas comienzan a rozar ese tipo de verdades incómodas. Y en el escenario actual, donde la imprevisibilidad se convierte en doctrina y la guerra en herramienta, la advertencia resuena con una ironía inquietante:
cuando el poder juega con el conflicto como estrategia, no solo pone en riesgo alianzas —pone en riesgo el propio equilibrio que dice defender.



