El salario mínimo interprofesional (SMI) en España ha experimentado una transformación significativa en los últimos veinte años, reflejando tanto los ciclos económicos como las prioridades sociales de los distintos gobiernos.
Desde mediados de la década de 2000 hasta la actualidad, el indicador ha pasado de niveles considerados bajos dentro de la Unión Europea a situarse en una franja media del continente.
En 2006 el SMI se situaba en torno a los 540 euros mensuales en 14 pagas. Durante los años posteriores se produjeron incrementos moderados, aunque la crisis financiera de 2008 frenó el ritmo de crecimiento. Entre 2012 y 2016 las subidas fueron especialmente contenidas, en un contexto marcado por el desempleo elevado y las políticas de austeridad.
El punto de inflexión llegó a partir de 2018, cuando el salario mínimo inició un ciclo de aumentos más intensos. En 2019 se aprobó una subida histórica que lo elevó hasta 900 euros mensuales, lo que supuso un incremento superior al 20% en un solo año. Posteriormente continuaron nuevas alzas graduales, superando los 1.000 euros y consolidando el objetivo político de aproximarlo al 60% del salario medio, en línea con las recomendaciones europeas.
Los defensores de estas subidas sostienen que han contribuido a mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores con menores ingresos y a reducir la desigualdad salarial. Por el contrario, algunos sectores empresariales y economistas advierten de que incrementos rápidos pueden afectar a la creación de empleo, especialmente en pequeñas empresas y sectores con menor productividad.
En la actualidad, el debate sobre el SMI sigue abierto. Lo cierto es que, tras dos décadas de cambios, el salario mínimo se ha consolidado como uno de los principales instrumentos de política social y económica en España.



