Inflación, desempleo, bajo crecimiento económico (o ausencia de éste), descontento, contestación de la clase obrera, un escenario de incertidumbres y falta de perspectivas, salarios bajos, entre otros elementos tan característicos componen el escenario de las crisis cíclicas que produce el capitalismo, y la historia tiene un montón de ejemplos para ilustrar la problemática. Estos momentos – muy comunes en el capitalismo de mercado – producen un terreno fértil para la aparición de un Outsider, un líder carismático – tal como preconizado por Weber – que dice poseer las soluciones a los problemas de la nación. La fórmula se repite y tiene un objetivo claro. La ecuación es simple y, por lo tanto, certera: canalizar la revuelta, la frustración de la población y la desesperanza de tal manera de arrebatar corazones con un discurso directo y pretenciosamente «disruptivo».
La elección de Trump en los EE.UU refleja un contexto marcado por crisis económicas, por crisis climáticas, por movimientos migratorios que se producen cada vez más acelerados, ascenso de China como potencia económica, tecnológica y militar, y de manera esencial, por la incapacidad de los Estados Unidos promover el mundialmente vendido y propagado american dream, (sobre todo las capas más jóvenes de la población). Estos son factores que se suman al ascenso de los líderes populistas de extrema derecha y, en particular, han sido factores esenciales para el trumpismo mientras se disfrazan de una extrema derecha y modus operandi de Donald Trump y otros líderes.
Llamemos a Donald Trump por lo que es: un fascista.
La incapacidad de las instituciones tradicionales de la democracia liberal para gestionar los problemas derivados de la decadencia del modo de vida americano fueron motivos preponderantes para entreabrir la puerta al fascismo Trumpista: «Hacer la América Grande Otra Vez», combatir el ascenso de otras potencias a partir de una guerra arancelaria, gravar todo y todos los contrarios a Estados Unidos, impedir la inmigración con la construcción de un muro, anexar Canadá etc. La simplicidad de las «soluciones» tiene un gran potencial de expansión ideológica. La revuelta en el tono de voz busca emular un «¡basta!»: Todo pensado estratégicamente.
Arrogante, prepotente, autoritario, narcisista y sobre todo un fascista. Numerosos son los adjetivos para caracterizar a Donald Trump y no faltan elementos concretos que nos den la certeza de que el republicano es un fascista. La invasión autoritaria contra Venezuela es el capítulo más reciente de desacato al derecho internacional y intervencionismo, pero también la amenaza de anexión de Canadá (que Trump ha estado hablando desde la campaña) son elementos característicos de un líder autoritario y antidemocrático. América para los americanos – y si es posible Canadá, Groenlandia y el petróleo venezolano también.
En cuanto a la citada Groenlandia, Trump viene desde hace tiempo declarando el deseo de hacer de la isla un territorio americano bajo la justificación de que es de interés nacional. Dinamarca y otros países europeos se opusieron. ¿La respuesta de Trump? Tarifas comerciales (ciertamente, «Tarifa” es la palabra que más se repite en el diccionario trumpiano). Al otro lado del Atlántico, Vladimir Putin está sonriendo de oreja a oreja viendo la posibilidad de que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se desmorone por dentro.
¿Y China? Bueno, ciertamente Donald Trump es el mejor presidente de los Estados Unidos para China. Las tasas y los impuestos sólo aíslan diplomáticamente a los EE.UU y empujan a los países cada vez más en los brazos del gigante asiático.
Hacer a América grande de nuevo. ¿Pero cuándo fue ese momento que los EEUU fueron grandes y Trump quiere volver? Bueno, aparentemente se trata del período de expansión territorial hacia el oeste en el que los hierros de los ferrocarriles rasgaban el país y destrozaban el pecho de los pueblos nativos.
Bueno, ¿Cuál es el botón de emergencia del capitalismo? El fascismo.
¿Cuál es el botón de emergencia del EEUU? Trump.
Lincoln Veloso




