La exposición que estos meses acoge el Museo del Prado, abierta hasta el 1 de marzo, propone redescubrir a Antonio Raphael Mengs, una de las figuras clave de la pintura española y europea del siglo XVIII.
Mengs encarna el Neoclasicismo, un movimiento que reaccionó contra el Barroco para recuperar los valores formales del arte clásico y establecer un nuevo canon de gran influencia posterior. No obstante, más que una reflexión general sobre la historia del arte, esta muestra invita a observar su obra desde la mirada de un retratista que reivindica a un pintor injustamente relegado por la modernidad y cuya vigencia se sostiene, sobre todo, en sus retratos.
El recorrido se abre con un autorretrato pintado en Roma hacia 1760, hoy en la colección de la Casa de Alba. En él, Mengs aparece con un cartapacio de dibujos, subrayando el papel central del dibujo en su concepción artística. El mensaje es claro: se presenta como pintor consciente de su oficio y de su relevancia social e histórica. A diferencia de Velázquez, que se inserta en la escena cortesana de Las meninas, Mengs afirma su identidad profesional sin ambigüedades. En la exposición también aparece el retrato de su padre, Ismael Mengs, quien fue decisivo en su formación y hasta en su nombre, elegido en homenaje a Correggio y Rafael. Nacido en 1728 cerca de Dresde, Mengs viajó joven a Roma, donde quedó profundamente marcado por la obra de Rafael. A su regreso demostró una maestría técnica excepcional en retratos como los de Augusto III de Polonia y los príncipes electores de Sajonia, fechados en 1751.

De vuelta en Roma, Mengs impulsó un cambio radical al situar la Antigüedad clásica y la escultura antigua como modelos esenciales de la pintura. En ese contexto trabó una estrecha relación con el arqueólogo y teórico Johann Joachim Winckelmann, quien lo elogió como el mejor pintor de su tiempo. De esta etapa destacan retratos como el del papa Clemente XIII y el del cardenal Zelada, junto a un sobrio autorretrato que confirma su extraordinaria capacidad pictórica. La relación con Winckelmann, sin embargo, se rompió tras el célebre engaño del fresco de Júpiter y Ganímedes, una obra creada por el propio Mengs y presentada como hallazgo antiguo para ridiculizar al crítico. El episodio revela tensiones habituales entre artistas y teóricos y la convicción de Mengs de que solo quien crea comprende plenamente el arte.
Tras este conflicto, Mengs se trasladó a España llamado por Carlos III, para quien realizó algunos de los retratos más representativos del reinado. Si Tiziano define la imagen de Carlos V y Velázquez la de Felipe IV, Mengs lo hace con Carlos III. Ambicioso y perfeccionista, dejó obras memorables como los retratos del duque de Alba, la duquesa de Huéscar y, de manera especial, el de la marquesa de Llano vestida de maja, una de las piezas más brillantes de la exposición por su gracia y naturalidad.
El recorrido concluye con un último autorretrato destinado a la galería de los Uffizi, donde vuelve a representarse con sus instrumentos de dibujo. Ante esta obra surge una reflexión final: los retratos, a menudo considerados un género menor, resisten mejor el paso del tiempo que muchas composiciones alegóricas. Mengs afirmaba haberlo pintado con aparente facilidad, aunque advertía que cualquiera que intentara copiarlo descubriría su verdadera complejidad.




