Aún recuerdo con afecto cómo mi “yo pequeña” podía pasar horas con un libro entre las manos, ajeno al ruido del mundo que la rodeaba.
Esa fascinación hacia la mágica saga de Harry Potter no solo por la historia, sino por la sensación de pertenecer a un universo que se desplegaba palabra a palabra. Leer no era una obligación escolar; era una puerta secreta, un refugio y, sin saberlo entonces, una forma temprana de entenderme a mí misma. Tanto era mi nivel de disfrute hacia esta afición que deseaba volver del colegio y llegar a casa con la finalidad de continuar avanzando los capítulos.
Dado a que actualmente vivimos en una era marcada por la inmediatez, las pantallas y los estímulos constantes, la lectura parece luchar por su espacio propio en nuestra cotidianeidad. De manera constante permanecemos interconectados, informados al segundo, pero eso no implica estar siempre atentos. De una forma casi inconsciente, automática, tomamos el hábito de deslizar el dedo, consumir titulares, vídeos breves, mensajes fugaces. En ese contexto, leer —de verdad leer— se ha convertido casi en un acto de resistencia.
La relevancia de la lectura va mucho más allá del aprendizaje académico. Leer nos entrena para algo cada vez más escaso: la concentración profunda. Nos obliga a detenernos, a seguir un hilo, a imaginar lo que no está dado en imágenes. Frente a un mundo que nos lo muestra todo, los libros nos piden que construyamos y en ese esfuerzo silencioso ocurre algo poderoso: pensamos, sentimos y cuestionamos con mayor profundidad.
También está el valor emocional. Los libros funcionan como compañía, sobre todo para las personas introvertidas, que buscamos nuestro momento de paz, aisladas de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Por ende, sirve como terapia para apagar de manera efímera los ruidos y pensamientos intrusivos insertados en nuestro cerebro. En sus páginas encontramos personajes que atraviesan miedos, dudas y conflictos similares a los nuestros. La lectura no solo entretiene: valida emociones, amplía horizontes y ofrece palabras cuando todavía no sabemos nombrar lo que nos pasa.
No obstante, en una sociedad digitalizada la lectura no implica rechazar la tecnología, sino equilibrarla. De hecho, nunca hubo tanto acceso a libros como en la actualidad: en papel, en formato digital, en audiolibros. El desafío no es la falta de opciones, sino el hábito. Convertir la lectura en un hobby —no en una imposición— es clave. Leer por placer, sin objetivos productivos, sin prisas, recupera su dimensión más humana.
Volver a leer como cuando éramos adolescentes, con curiosidad y asombro, quizá sea una forma de reconciliarnos con el tiempo lento.
En medio del ruido digital, abrir un libro sigue siendo un gesto simple aunque profundo: una manera de escucharnos, de comprender el mundo y de no desaparecer entre tantas pantallas.
Eva Prieto Segura.
Socióloga y Trabajadora Social.
