¿Cómo educar a un niño que convive a diario con la muerte?
Reflexión sobre la enseñanza, el miedo y la infancia en contextos marcados por la violencia
Hoy escribo no para desahogar mi rabia, sino para dar testimonio de un calvario que continúa en medio del horror absoluto. Hoy, el edificio de una familia de nuestro centro educativo ha sido objetivo de un ataque.
Más allá del impacto inicial, una ira oscura se ha apoderado de mí. No es solo un recuerdo: son traumas que creía enterrados, miedos infantiles que resurgen con fuerza. Es la confrontación brutal, una vez más, con la cercanía de la muerte.
Siento con angustia lo cerca que estamos del abismo: nosotros, nuestros hijos, nuestros alumnos.
Y una pregunta no deja de atormentarme: ¿cómo educar a un niño que convive cada día con la muerte?
¿Qué matemáticas enseñar a quien solo percibe el infinito de un torbellino de odio?
¿Qué química explicar a un niño que ha visto cuerpos desaparecer en explosiones?
¿Qué filosofía ofrecer a alumnos testigos de la deshumanización?
¿Qué literatura transmitir a quienes ven tragedias escribirse ante sus ojos con la tinta del odio?
¿Qué arte enseñar a niños criados en el arte de la exclusión?
La negación ha sido mi refugio durante años, el escudo con el que idealicé esta patria.
Pero un país no es solo risas, noches llenas de música, mezze y una vida nocturna que oculta nuestra cara más oscura.
Nuestra tierra también es rechazo al que está cerca, desprecio, una falta de suelo firme bajo los pies, una superficialidad complaciente, una capacidad inquietante de convivir con el mal sin atrevernos a decir que esta tierra merece algo más que nuestras noches.
La tierra es pasión, es pertenencia, es firmeza.
La tierra es, en última instancia, una decisión.
Y descubro con asombro que vivo en un país indeciso desde hace décadas.
Un país sin rumbo, sometido como si fuera un territorio conquistado, encadenado como un esclavo sin cadenas que nunca llegó a creer en su propia libertad.
Un país que ha jerarquizado todo… salvo lo esencial.
Nuestros hombres gritan tras barrotes invisibles, reclamando una libertad que ya tenían pero no supieron reconocer.
Este mundo que amo ha sido entregado al juicio de sus propios habitantes, los mismos que hoy se desgarran por una libertad que despreciaron cuando existía y que ahora anhelan porque ha desaparecido.
Recobro la calma y me seco las lágrimas.
Pienso en el niño que fui, creciendo entre sombras proyectadas en las paredes de una caverna.
Pienso en todos esos niños atrapados en cuerpos adultos, incapaces de crecer, paralizados por el miedo a morir.
Esta es nuestra verdad: tememos a la muerte porque aún no hemos vivido.
Como esos niños que emergen aturdidos de edificios destrozados, supervivientes del abismo, somos como Perséfone: condenados a no mirar atrás, porque hacerlo sería quedar atrapados para siempre en el infierno.


