Cuando el fútbol era una excusa para vivir el verano y los días parecían durar una eternidad.
Comienza el Mundial de fútbol 2026
Dentro de unos días volverá a rodar el balón en un nuevo Mundial. Mundial de fútbol 2026. Habrá estadísticas, debates, redes sociales, análisis tácticos y millones de personas pendientes de cada partido. Su calendario está ya marcado. Eso será a partir del 11 de junio.
Y, sin embargo, sospecho que para muchos de nosotros el Mundial seguirá significando otra cosa. Una puerta. Una pequeña puerta abierta hacia la infancia.
Porque hay generaciones enteras que no recuerdan únicamente los resultados. Recuerdan dónde estaban cuando ocurrieron. -Y yo me acuerdo de ello-.
Muchos recuerdan la calle. Recuerdan el verano. Recuerdan aquel tiempo extraño en el que los días parecían no terminar nunca.
Los veranos de cuando el tiempo era infinito
Cuando éramos niños, el verano no duraba dos meses. Duraba una vida. Al menos así lo recordamos.
Las mañanas eran larguísimas y tardes parecían interminables. Había tiempo para aburrirse, para inventar juegos, para recorrer el pueblo en bicicleta, para jugar al fútbol en cualquier descampado y para volver a casa cuando empezaban a encenderse las primeras luces. Mientras sonaban los grillos que ahora no suenan.
Nadie hablaba entonces de gestión del tiempo. Porque el tiempo no se gestionaba. Se vivía.
Quizá por eso los recuerdos de infancia tienen una intensidad que los años adultos rara vez consiguen alcanzar. No porque todo fuera mejor. Sino porque todo parecía más grande: un balón, una calle y veinte sueños
Los Mundiales tenían algo especial. Yo recuerdo vagamente el Mundial de 1994 en EE.UU. Pero sobre todo ya sí tengo en la retina grabada a fuego el Mundial de Francia de 1998. Y las lágrimas, infantiles y absurdas, de cuando nos eliminaron en la fase de grupos.
Quería decir que durante unas semanas, cualquier calle se convertía en un estadio. Sí. Cualquier balón servía. Cualquier grupo de amigos podía imaginarse disputando una final.
Había niños que querían ser delanteros. Otros porteros. Algunos simplemente querían formar parte del juego.
-«Coge la pelota Bergkamp, regatea, la pasa a Laudrup que la toca por arriba y goool de cabeza de Davor Suker»-
Y aunque ninguno terminaríamos dedicándonos al fútbol, todos estaban aprendiendo algo importante sin saberlo.
A compartir.
A competir.
A perder.
A ganar.
A convivir.
A construir recuerdos.
Porque el fútbol era muchas veces lo de menos. Lo importante era estar juntos. Lo que hemos ganado y lo que hemos perdido.
Sería injusto caer en la nostalgia fácil. Los niños de hoy tienen oportunidades, tecnologías y experiencias que nosotros ni siquiera imaginábamos. Pero también es verdad que algo ha cambiado en nuestra relación con el tiempo.
Las agendas empiezan antes y las pantallas ocupan más espacio. Los momentos compartidos compiten constantemente con las notificaciones. Y quizá por eso muchos adultos sienten una emoción difícil de explicar cuando llega un Mundial. Y no porque crean que su selección vaya a ganar, sino porque durante unos segundos vuelven a escuchar el eco de aquellos veranos: los amigos, las bicicletas, los partidos interminables, las persianas bajadas después de comer, la sensación de que septiembre estaba tan lejos que casi parecía un lugar imaginario. El verdadero resultado
Tal vez la memoria funcione así, guardando pequeños fragmentos de felicidad cotidiana. No digo que recordemos todos los goles, ni todos los campeones. Ni siquiera recordamos todos los partidos. Pero sí recordamos cómo nos sentíamos. Como yo, llorando tras caer eliminada una selección española con Raúl, Fernando Hierro, Julen Guerrero…
Y eso, con los años, termina siendo mucho más importante.
Por eso, cuando empiece el Mundial de fútbol 2026, millones de personas encenderán la televisión para ver un partido. Y algunas, sin darse cuenta, estarán buscando algo más. Estarán buscando una parte de sí mismas.
Aquella que corría detrás de un balón bajo el sol de junio y que creía con la fe inquebrantable de la infancia que el verano era eterno. Aquella infancia que todavía no sabía que los días, algún día, empezarían a pasar demasiado deprisa. Porque, quizá, el verdadero tesoro de la infancia no era el fútbol. Ni siquiera era el verano.
Era la sensación, ay, de que la vida tenía todo el tiempo del mundo por delante.



