De presidente a verdugo
«Corre, Forrest, corre».
La frase pertenece a otra película, a otro personaje y a otra América. Pero sirve como metáfora de Donald Trump: de los negocios a la televisión, de los tribunales a la Casa Blanca, del America First a una concepción del poder en la que la amenaza económica y la fuerza militar han adquirido un protagonismo extraordinario.
El problema de correr demasiado es que alguna vez hay que mirar hacia atrás.
Y detrás de Trump comienza a dibujarse una pregunta que determinará buena parte de la política norteamericana de los próximos meses: ¿hasta dónde puede llegar un movimiento político construido alrededor de un solo hombre cuando ese hombre empieza a perder apoyo?
Las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre serán una respuesta.
CUANDO HABLAN LOS NÚMEROS
No hace falta exagerar los datos.
La última encuesta Reuters/Ipsos sitúa la aprobación de Trump en el 32%. Su gestión del coste de la vida recibe un respaldo todavía menor y los demócratas aventajan a los republicanos en intención nacional de voto para las elecciones al Congreso.
Una encuesta nacional no permite convertir porcentajes directamente en escaños. Estados Unidos no funciona así.
Pero sí permite detectar un problema.
Trump prometió prosperidad y acabar con las guerras. Y precisamente el bolsillo y la guerra se han convertido en dos de los asuntos que condicionan su presidencia.
La guerra con Irán ha comenzado incluso a provocar discrepancias dentro del Partido Republicano. Candidatos republicanos al Senado han reclamado una rápida terminación del conflicto mientras Trump continúa utilizando una retórica extraordinariamente contundente frente a Teherán.
Ahí adquiere sentido el subtítulo de este artículo.
De presidente a verdugo.
No como una calificación jurídica, sino como una crítica política a una concepción del poder en la que la amenaza, la coerción económica y la fuerza militar ocupan demasiado espacio.
CUANDO EMPIEZAN LAS DISTANCIAS
Éste es posiblemente el dato político más interesante.
Mientras un dirigente proporciona votos, casi todos quieren fotografiarse junto a él. Cuando comienza a costarlos, algunos descubren repentinamente la necesidad de recuperar personalidad propia.
Trump consiguió algo extraordinario: transformar el Partido Republicano hasta hacer prácticamente imposible comprenderlo sin MAGA.
Pero aquella victoria contiene también su mayor riesgo.
Cuando un partido y un hombre terminan confundiéndose, comparten inevitablemente sus victorias y sus derrotas.
Por eso las legislativas no serán solamente una elección sobre congresistas y senadores.
Trump ha pedido a sus propios seguidores que actúen prácticamente como si él mismo estuviera en las papeletas.
Ha convertido, por tanto, esas elecciones también en un examen sobre su liderazgo.
EL CASTILLO MAGA
MAGA hace tiempo que dejó de ser exclusivamente norteamericano.
El trumpismo ha proyectado internacionalmente nacionalismo, confrontación cultural, desconfianza hacia determinadas instituciones multilaterales y una concepción profundamente personalista del liderazgo político.
Ha encontrado movimientos y dirigentes afines en Europa y América Latina.
Eso no significa que un mal resultado republicano vaya a provocar automáticamente el retroceso de esos movimientos. Cada país tiene su historia, sus problemas y sus propios electores.
Pero sí podría afectar a algo mucho más intangible:
el mito.
El mito del Trump políticamente invulnerable.
Las victorias políticas se exportan magníficamente.
Las derrotas, bastante peor.
¿Y UN TERCER IMPEACHMENT?
Si los demócratas recuperasen la Cámara de Representantes, aumentaría considerablemente su capacidad para investigar al Ejecutivo, controlar comités, convocar audiencias y, si apareciesen hechos que lo justificasen, iniciar un nuevo procedimiento de impeachment.
Pero conviene no convertir posibilidades constitucionales en profecías.
Una derrota republicana no significa automáticamente un tercer impeachment. Y un impeachment tampoco significa automáticamente la destitución de un presidente.
Trump ya ha sobrevivido a dos.
Un tercero es hoy solamente una posibilidad institucional.
Y ahí está precisamente la paradoja.
Donald Trump ha sobrevivido políticamente a casi todo.
Sería absurdo escribir anticipadamente su epitafio.
Pero sobrevivir no significa ser invulnerable.
CORRE, FORREST, CORRE
El hombre que reconstruyó el Partido Republicano puede descubrir ahora los límites de haberlo construido alrededor de sí mismo.
El dirigente que convirtió MAGA en una referencia internacional puede comprobar que ningún movimiento permanece eternamente inmune al desgaste.
Y quien hizo de su persona el centro de una corriente política puede terminar enfrentándose a una vieja regla del poder:
los movimientos construidos alrededor de un solo hombre parecen extraordinariamente fuertes mientras ese hombre gana y extraordinariamente frágiles cuando comienza a perder.
«Corre, Forrest, corre».
Pero Forrest corría sin pretender gobernar el mundo.
Trump corre mientras gobierna una parte decisiva de él.
Y detrás de cada decisión presidencial no quedan simples huellas sobre la arena.
Quedan personas. Quedan países. Quedan guerras. Quedan víctimas. Y quedan consecuencias.
Hasta los castillos aparentemente inexpugnables pueden descubrir que estaban construidos con naipes.
Y cuando cae la primera carta, ningún eslogan, ninguna ideología y ningún hombre -por poderoso que se crea- puede garantizar dónde terminará la última.



