Nunca tuvimos tanta información al alcance de la mano. Y quizá nunca fue tan necesario aprender a pensar qué hacemos con ella.
Una reflexión atribuida a Jesús Quintero advertía sobre algo inquietante: no sobre la existencia de la ignorancia, que siempre ha acompañado al ser humano, sino sobre el momento en que dejamos de sentir la necesidad de combatirla.
Ese es el desafío.
Especialmente para los jóvenes.
El móvil puede abrir una biblioteca o encerrarnos durante horas en una sucesión infinita de vídeos. Las redes pueden acercarnos al conocimiento o convertir nuestra atención en un producto que otros administran. La tecnología no es el enemigo. El problema comienza cuando dejamos que sustituya nuestra capacidad de pensar.
Tener miles de datos en el teléfono no significa tener conocimiento; saber exige leer, estudiar, contrastar y pensar.
Hay que volver a leer.
Libros. Periódicos. Literatura. Historia. Ciencia. Pensamiento. También aquello que contradice nuestras propias convicciones.
Hay que estudiar y formarse.
Aprender idiomas. Dominar una profesión. Conocer las nuevas tecnologías. Comprender la inteligencia artificial en lugar de limitarse a utilizarla. Preguntar. Investigar. Tener curiosidad.
Y hay que levantar más veces la cabeza de la pantalla.
Porque mientras permanecemos horas desplazando el dedo sobre un teléfono, alguien está compitiendo por nuestra atención. Un algoritmo selecciona lo que vemos. Una plataforma aprende qué nos enfada, qué nos emociona y qué consigue que permanezcamos conectados unos segundos más.
Ahí aparece la manipulación.
El bulo necesita velocidad. El conocimiento necesita tiempo.
La mentira política funciona especialmente bien cuando consigue provocar miedo, indignación o rabia antes de que podamos preguntarnos si aquello que estamos viendo es verdad.
Determinadas estrategias de la extrema derecha han comprendido perfectamente este mecanismo. Ante problemas complejos ofrecen explicaciones extraordinariamente sencillas, mensajes emocionales y algún culpable al que señalar.
Pero sería un error pensar que la manipulación pertenece exclusivamente a una ideología. Puede proceder de cualquier poder político, económico o mediático.
Por eso la mejor defensa no consiste en cambiar una propaganda por otra.
Consiste en pensar.
Una generación que lee, estudia, contrasta y posee criterio propio es una generación mucho más difícil de engañar y mucho más difícil de manipular.
La educación no es únicamente conseguir un título.
Es aprender a distinguir una noticia de una mentira. Un argumento de una consigna. Una evidencia de una ocurrencia. Un pensamiento propio de una opinión que un algoritmo ha colocado delante de nosotros.
Y la cultura tampoco es una actividad para minorías.
Durante siglos, estudiar fue un privilegio. Los libros estuvieron al alcance de pocos. La universidad pertenecía fundamentalmente a quienes podían pagarla.
La gran conquista democrática consistió precisamente en extender el conocimiento.
La escuela pública.
Las bibliotecas.
Los institutos.
Las universidades.
El acceso de los hijos de familias trabajadoras a una educación que podía cambiar su destino.
Despreciar ahora esa conquista sería una enorme derrota.
Defender la educación y la cultura es defender nuestra libertad para pensar antes de que otros decidan pensar por nosotros.
A los jóvenes hay que pedirles mucho porque tienen muchísimo por construir.
Que estudien.
Que lean.
Que viajen.
Que escuchen.
Que conozcan su historia.
Que aprendan idiomas.
Que utilicen la tecnología sin convertirse en utilizados por ella.
Que sean capaces de apagar durante un tiempo el teléfono y abrir un libro.
Que duden incluso de aquello que nosotros les decimos.
No necesitamos una juventud obediente.
Necesitamos una juventud preparada.
Una generación capaz de discutir, preguntar, equivocarse, rectificar y construir sus propias convicciones.
Menos ruido.
Menos dependencia de las redes.
Más libros.
Más educación.
Más cultura.
Más pensamiento crítico.
Porque el futuro no pertenecerá necesariamente a quienes tengan más seguidores.
Pertenecerá a quienes estén mejor preparados para comprenderlo.
Y, sobre todo, para cambiarlo.



