Los Javis han hecho una película que habla de deseo, de memoria y de todas esas vidas que tuvieron que esconderse para poder sobrevivir
Salí del cine después de ver La bola negra con esa sensación que dejan las películas que de verdad te llegan. No tenía demasiadas ganas de hablar. Quería quedarme un rato más con lo que acababa de ver, con sus personajes, con algunas escenas que todavía me rondaban la cabeza.
Me ha encantado. Y no solamente porque me parezca una película preciosa, que lo es, sino porque creo que Javier Calvo y Javier Ambrossi han conseguido contar algo que va mucho más allá de una historia de amor.
Han hablado de una parte de España que durante demasiado tiempo tuvo que vivir escondida.
La bola negra parte del universo de Federico García Lorca para hablar de hombres que tuvieron que aprender a disimular sus sentimientos, a medir sus palabras y, demasiadas veces, a tener miedo de algo tan sencillo como enamorarse.
Hay algo que me parece especialmente valioso de la película: no presenta la homosexualidad como un problema, sino que muestra el daño que provoca una sociedad empeñada en convertirla en uno.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque el sufrimiento no nace de amar a otro hombre. Nace de las miradas ajenas, de la intolerancia, de las convenciones sociales y de un poder que durante décadas decidió quién podía amar libremente y quién debía hacerlo a escondidas.
A veces hablamos de la represión como si hubiera sido únicamente una cuestión de leyes, cárceles o prohibiciones. Pero también estaba en las casas, en las familias, en las conversaciones que nunca llegaron a producirse. Estaba en el miedo a que alguien descubriera quién eras. En la vergüenza que otros te enseñaban a sentir.
Y eso es algo que La bola negra consigue transmitir sin necesidad de estar explicándolo constantemente. Hay silencios, gestos y miradas que cuentan muchísimo.
La presencia de Federico García Lorca hace que todo resulte todavía más doloroso. Para mí, Lorca representa también una parte de todo lo que este país perdió con el fascismo: cultura, libertad, inteligencia, belleza y una forma diferente de entender la vida.
Lo asesinaron, pero también intentaron borrar aquello que representaba.
Y viendo la película resulta imposible no pensar en cuántas historias se quedaron sin contar, cuántos amores desaparecieron sin dejar rastro y cuántas personas vivieron una vida que no habían elegido porque la sociedad les negó la posibilidad de tener otra.
Eso también es memoria histórica.
No solamente recordar los nombres de quienes fueron asesinados o encarcelados. También recuperar las vidas de quienes tuvieron que renunciar a ser ellos mismos para sobrevivir.
A veces escuchamos que hablar del franquismo es empeñarse en remover el pasado. Nunca he entendido ese argumento. Conocer lo que ocurrió no significa vivir anclados en aquello. Precisamente significa lo contrario: saber de dónde venimos para entender por qué determinadas libertades son tan importantes y por qué nunca deberíamos darlas por garantizadas.
Pero sería injusto hablar solamente del contenido político de La bola negra, porque también me ha parecido una película bellísima.
Hay escenas que parecen detener el tiempo. La fotografía, la música, los cuerpos, las miradas, los paisajes… Todo contribuye a crear una atmósfera que termina envolviéndote.
Y sí, es una película sentimental. Y por momentos excesiva. ¿Y qué?
A mí me gusta el cine que se atreve a sentir. Estoy un poco cansada de que parezca que emocionarse es algo menor, como si una película fuera más inteligente cuanto más fría fuese.
La bola negra quiere emocionarte y no lo esconde.
Mientras la veía también pensaba inevitablemente en el presente.
Hemos avanzado muchísimo. Sería absurdo negar todo lo conseguido durante estas décadas. Pero basta escuchar algunos discursos, leer determinados comentarios en las redes sociales o comprobar que continúan produciéndose agresiones contra personas LGTBI para comprender que ningún derecho está conquistado para siempre.
Hay quien considera que hablar de diversidad sexual es hacer política. Como si defender que dos personas puedan quererse libremente fuese una posición ideológica discutible y no algo tan elemental como poder vivir tu propia vida.
Lo verdaderamente ideológico fue perseguirlas. Condenarlas. Humillarlas. Obligarlas a esconderse.
Por eso creo que películas como esta siguen siendo necesarias.
Porque los derechos que hoy disfrutamos no aparecieron por arte de magia. Hubo personas que lucharon por ellos, que se enfrentaron a sus familias, a las instituciones y a una sociedad que les repetía constantemente que aquello que sentían estaba mal.
Algunas pudieron vivir lo suficiente para comprobar cuánto había cambiado España.
Muchas otras no.
Y a esas personas les debemos, como mínimo, no olvidarlas.
No quiero contar el final ni detenerme demasiado en escenas concretas porque prefiero que quien todavía no la haya visto llegue a ella sin saber demasiado.
Solo puedo decir que hacía tiempo que una película española no me emocionaba así.
Me ha gustado su valentía, su sensibilidad, su belleza y esa manera de mezclar el deseo con el dolor sin pedir permiso ni disculpas. Pero, sobre todo, me ha gustado que coloque en el centro a personas a las que durante demasiado tiempo se les negó incluso el derecho a contar su propia historia.
Y ojalá esta película llegue muy lejos. Me encantaría verla entre las grandes películas de la temporada internacional y, por qué no, peleando por algún Oscar. No sé qué recorrido tendrá ni hasta dónde llegará, pero creo sinceramente que tiene algo que no siempre se encuentra: una historia profundamente nuestra capaz de emocionar a alguien que no conozca nada de nuestra historia.
Yo espero verla en los Oscar. Y espero verla ganar. No porque necesitemos que Hollywood nos diga si una película española es buena o mala, sino porque sería precioso que una historia sobre quienes durante tantos años tuvieron que vivir escondidos terminara siendo vista y celebrada en todo el mundo.
No sé si dentro de unos años La bola negra será considerada una obra maestra. No porque no lo sea, sino por cómo se está tornando el ambiente en la sociedad actual y la normalización del odio. Tampoco me importa demasiado. Sé que a mí me ha dejado huella.
Y eso, cuando salgo de un cine, es casi todo lo que le pido a una película.



