La democracia brasileña no depende de una profecía, sino de la voluntad libre y soberana de su pueblo.
En Brasil existe una singular referencia electoral: las llamadas 167 ciudades profetas. Son municipios cuyo comportamiento en las urnas ha coincidido históricamente con el resultado nacional de las elecciones presidenciales. Su trayectoria las convierte en un interesante termómetro político, aunque sus resultados anteriores no garantizan que vuelvan a anticipar el desenlace electoral.
Según la información publicada por El País el 11 de octubre, el análisis de estas ciudades constituye uno de los indicadores que se están utilizando para interpretar la segunda vuelta del próximo 25 de octubre.
Pero la verdadera incógnita se encuentra en los 33 millones de brasileños que se abstuvieron en la primera vuelta. Su eventual participación podría alterar significativamente el equilibrio electoral. Con un porcentaje de indecisos que Datafolha sitúa alrededor del 1%, la movilización de quienes no acudieron a votar adquiere especial relevancia.
La izquierda brasileña ha reaccionado con una intensa movilización social. El Partido de los Trabajadores, las organizaciones progresistas y sectores del centroizquierda están protagonizando concentraciones multitudinarias, como la celebrada en la avenida Paulista de São Paulo.
La movilización de jóvenes y mujeres constituye uno de los fenómenos políticos más significativos de esta segunda vuelta. Su presencia en las calles, acompañada de organizaciones sociales y colectivos defensores de los derechos civiles, refleja una renovada implicación ciudadana en el debate sobre el futuro democrático de Brasil.
A esta movilización se suma la amplitud de la coalición que respalda a Lula, desde la izquierda representada por el PSOL hasta sectores moderados vinculados a su vicepresidente, Geraldo Alckmin. También existen diferencias dentro del empresariado brasileño respecto a las políticas económicas e institucionales del bolsonarismo. Sin embargo, sería prematuro interpretar esas discrepancias como un apoyo electoral generalizado a Lula.
La segunda vuelta enfrenta dos proyectos políticos y económicos diferentes, en una sociedad donde la defensa de las instituciones democráticas, la seguridad y el coste de la vida ocupan un lugar central.
La izquierda busca recuperar la iniciativa mediante la participación ciudadana, mientras Flávio Bolsonaro intenta consolidar los apoyos territoriales y parlamentarios obtenidos por la derecha en la primera vuelta.
El desenlace dependerá, entre otros factores, de la distribución territorial del voto, la participación efectiva y la capacidad de ambas candidaturas para ampliar sus respectivos electorados.
Lula, la resistencia y el futuro de Brasil
No lo tiene nada fácil el presidente Lula. Nunca lo ha tenido fácil. Su capacidad de resistencia, su compromiso con las clases populares y su visión de país lo convierten en uno de los liderazgos políticos más relevantes de Brasil, América Latina y del mundo contemporáneo.
La polarización es evidente. Sectores económicos vinculados al trumpismo encuentran en el bolsonarismo un aliado para sus intereses estratégicos. Una eventual victoria de Flávio Bolsonaro podría reforzar la influencia de las grandes élites financieras internacionales, de los sectores más radicales del fundamentalismo evangélico y de una política exterior subordinada a Washington. A ello se añade la preocupación por las posibles injerencias digitales extranjeras, que deben investigarse y acreditarse.
Quiero terminar expresando una esperanza personal: que Brasil encuentre en la participación de su pueblo, de sus trabajadores, de sus mujeres y de sus jóvenes la fuerza necesaria para preservar y fortalecer su democracia.
Brasil merece decidir su futuro con plena libertad, sin injerencias extranjeras, sin manipulaciones y sin que los intereses de las grandes élites económicas prevalezcan sobre la voluntad popular.
Las 167 ciudades profetas forman parte de la memoria electoral brasileña. Los 33 millones de abstencionistas constituyen una de las grandes incógnitas del presente. Pero el futuro no está escrito en ninguna estadística.
La democracia brasileña no depende de una profecía, sino de la voluntad libre y soberana de su pueblo.
Y esa es, precisamente, mi esperanza en Brasil.



