Escribo esta colaboración todavía con la consternación del accidente ferroviario del pasado 28 de octubre. Me ha hecho reflexionar un vídeo viral en el que el esposo de una de las fallecidas decía que, al margen de las responsabilidades directas, tendríamos que pensar en qué ocurre con este capitalismo salvaje e insaciable en la obtención de beneficios, capaz de recortar en todo con tal de ganar más.
Esta desgarradora declaración me recordó un episodio de mi juventud, durante un Máster de Estudios Financieros. Tras comentar con mi profesor de Macroeconomía el cierre de la fábrica de Gillette en Sevilla en 1994, me soltó de forma taxativa que el único objetivo de las empresas es ganar dinero (cada año un poco más que el anterior). Me aclaró que sustantivos como «decencia» o «ética» se estudiaban en la facultad de al lado —la de Filosofía— y no en la de Económicas. Quizás fue por eso por lo que, poco después, decidí empezar a estudiar Filosofía.
La trampa de la productividad extrema
Trabajé durante 40 años en una entidad financiera. Era un empleo que me gustaba porque entendía, erróneamente, que desde mi puesto podía ayudar a las personas a cumplir sus sueños y a las empresas a desarrollarse. Sin embargo, todo empezó a cambiar con la llegada de los objetivos comerciales extremos y los seguimientos diarios. Nos sometían a interrogatorios constantes sobre qué habíamos hecho ayer y qué pensábamos hacer hoy para corregir las desviaciones, acompañados de arengas que a veces rozaban el insulto. Esa presión te va minando poco a poco, casi sin darte cuenta, porque terminas creyendo que el entorno laboral debe ser así.
El punto de inflexión llegó con la comercialización de un producto financiero cuyo nombre prometía una alta rentabilidad. Al día siguiente de su puesta en el mercado, comenzó a perder dinero. Cuando los clientes me preguntaban angustiados por lo que estaba pasando, la respuesta oficial de los jefes era inflexible: «son las fluctuaciones del mercado». Para la dirección, el asunto ya era pasado y debíamos concentrarnos en los nuevos objetivos del mes.
Las noches se volvieron insomnes y difíciles. ¿Cómo explicarles la situación a las personas que habían confiado ciegamente en mí mientras las esferas altas seguía apretando? Algunos clientes terminaron denunciando a la entidad. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que el banco enviaba una carta formal al propio gestor que lo había vendido, preguntándole si había cumplido estrictamente el protocolo de venta para lavarse las manos. Esta desprotección es algo que, por desgracia, puede ocurrir hoy en cualquier empresa.
El colapso y el estigma de la salud mental
Toda esta presión acumulada provocó que una mañana no pudiera levantarme de la cama; rompí a llorar y asumí que no podía seguir. Caí en una profunda depresión. Sentía un miedo paralizante al trabajo, a los clientes y a mis propios jefes.
Hoy en día debemos agradecer a figuras importantes del deporte, de la escena y del periodismo que se pueda hablar abiertamente de salud mental. Gracias a ellos vemos que es una enfermedad real y que el paciente conserva su dignidad como cualquier otro enfermo. Sin embargo, en la época en la que a mí me ocurrió, sufrir una depresión era sinónimo de «no querer trabajar». Y yo no podía permitirme parar, porque mi familia dependía enteramente de mi sueldo.
Mi válvula de escape fue mi segunda carrera: estudiar a los grandes sabios de la historia y comprender cómo pensaban. En medio de este proceso, un amigo me habló del mindfulness. Me interesó tanto que comencé a formarme a fondo. Aquella decisión cambió mi vida por completo y, con ella, la de mi familia.
La ciencia detrás de la calma
Pero, ¿qué es exactamente el mindfulness? La neurociencia arrojó luz sobre esto en el año 2001. El neurocientífico Marcus Raichle y su equipo de la Universidad de Washington descubrieron la Red Neuronal por Defecto (RND). Explicado de forma sencilla, se trata de un sistema de alarma evolutivo cuya misión es detectar peligros potenciales.
Esta red se activa de forma automática cuando, por ejemplo, estamos leyendo un texto y perdemos la concentración. En ese instante, los pensamientos empiezan a saltar caóticamente del pasado al futuro y del futuro al pasado. Aparecen bucles reiterativos como «mañana tengo que entregar esto» o «¿por qué dije aquello en esa reunión?». Este vagabundeo mental provoca una reacción física inmediata: se eleva el ritmo cardíaco, sube la presión arterial y comenzamos a sentir una inquietud corporal que catalogamos como estrés.
El mindfulness, o Conciencia Plena, es una transliteración al inglés del término sánscrito sati, que evoca la idea de una mente presente y llena con la experiencia del momento actual. El doctor Jon Kabat-Zinn, diseñador del programa MBSR (Reducción del Estrés Basado en Mindfulness) —el método con mayor validación científica del mundo—, lo define como: «la capacidad de prestar atención de una manera especial, intencionadamente, al momento presente y sin juzgar».
No es magia; es un estado mental al que se llega mediante el entrenamiento sistemático de la atención, ya sea con ejercicios específicos o a través de la meditación utilizando el propio cuerpo como anclaje.
Cuatro ejercicios sencillos para empezar hoy
En el próximo artículo profundizaré detalladamente en este concepto. Mientras tanto, te propongo cuatro dinámicas muy sencillas para que comiences a romper el piloto automático en tu día a día:
- El café consciente: No te bebas el próximo café con prisa mientras miras el móvil. Saboréalo de verdad y detente a sentir toda su textura y matices en tu lengua.
- Comida con presencia: Cuando almuerces, intenta masticar despacio. Conéctate con los aromas y disfruta plenamente de ese plato que tanto te gusta.
- Rutinas sin agenda: Cuando te duches o te laves los dientes, deja a un lado la lista de tareas pendientes. Olvida el «hoy tengo que…». Simplemente céntrate en el olor del gel, el tacto del agua o en cómo el cepillo limpia tus dientes.
- La mirada de Marco Aurelio: Al salir de casa a la calle, recuerda el espíritu del emperador romano y referente estoico. Respira hondo, eleva la mirada al cielo con admiración y observa su inmensidad. Siente el viento en la cara, repara en la posición del sol o las nubes y, por un instante, deléitate exclusivamente en ello.
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