La decisión de Chile de destinar recursos a UNICEF para apoyar a Cuba en medio de su grave crisis humanitaria trasciende el gesto diplomático y se inscribe en una toma de posición política clara: ante el sufrimiento de la población, especialmente de la infancia, la inacción no es una opción. La iniciativa chilena se suma a un incipiente alineamiento regional que incluye a México, que anunció el envío de ayuda humanitaria directa, y a Rusia, que manifestó su disposición a prestar asistencia.
Canalizar los fondos a través de UNICEF no es un detalle menor. Se trata de una elección que despolitiza la ayuda en la forma, pero no en el fondo, al garantizar que los recursos lleguen a los sectores más vulnerables sin quedar atrapados en sanciones, bloqueos o disputas ideológicas. En un contexto de escasez de alimentos, medicamentos y servicios básicos en la isla, el foco en la niñez funciona también como un mensaje incómodo para quienes utilizan la crisis cubana como argumento retórico, pero evitan compromisos concretos.
Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, el gobierno subrayó que la donación responde a la tradición chilena de cooperación internacional y defensa de los derechos humanos. En los hechos, el gesto revela algo más profundo: la voluntad de recuperar el multilateralismo como herramienta efectiva, en un escenario global marcado por la fragmentación y el cálculo político.
Mientras algunos actores internacionales optan por la distancia o la presión simbólica, Chile, México y otros países colocan la emergencia humanitaria en el centro. La pregunta que queda en el aire es tan simple como incómoda: ¿cuántas crisis más harán falta para que la ayuda deje de depender de afinidades ideológicas y vuelva a girar en torno a la dignidad humana?



