Nacido en el municipio de Alcalá de Guadaíra (Sevilla) en 2001, Curro presenta su nueva obra: Salmodiaré
Curro Sánchez Herrara se formó en la promoción de 2019-2024 del Doble Grado de Sociología y Trabajo Social en la Universidad Pablo de Olavide. Un curso más tarde, realizó un máster con especialización en Políticas Públicas en la misma universidad.
Empezó a escribir principalmente en plena adolescencia, animado por diversos profesores de literatura que fomentaron su impulso literario, que le llevó a explorar la poesía como forma de pensamiento y de expresión.
Su trayectoria personal y espiritual también es atravesada a través de su primer poemario, titulado Salmodiaré: creció dentro del Camino Neocatecumenal y más tarde vivió un proceso de ruptura con ese entorno al descubrir suorientación sexual. Muchas de esas experiencias —la fe, el deseo, la juventud, la búsqueda de sentido— son el trasfondo desde el que nace Salmodiaré.
Salmodiaré es tu primer libro publicado. ¿Cómo nace este poemario y en qué momento decides que esos poemas debían convertirse en un libro?
Salmodiaré no nació como un proyecto literario consciente. Es más bien el resultado de una acumulación de poemas que fui escribiendo a lo largo de varios años, en momentos muy distintos de mi vida. La poesía apareció cuando no sabía muy bien qué hacer con lo que me estaba pasando: con la fe, con el amor, con la identidad o con la propia experiencia de la juventud.
Durante mucho tiempo escribí sin pensar en publicar nada. Simplemente era una forma de ordenar lo que sentía. Pero llegó un momento en el que me di cuenta de que todos esos textos estaban dialogando entre sí, que había un hilo común que los atravesaba. Entonces entendí que aquello no era solo un conjunto de poemas dispersos, sino un recorrido vital que podía convertirse en un libro.
En cierto modo, Salmodiaré es la consecuencia de conflictos, tensiones y momentos que han marcado mi propia vida.
Terminé de escribirlo cuando lo dejé con mi exnovio. Fue, en el fondo, un gesto simbólico: una manera de cerrar un ciclo, cambiar de etapa, sanar a través de la poesía y monetizar la herida.
El libro se articula en tres movimientos: el amor a Dios, el amor a los hombres y el amor a la juventud. ¿Cómo dialogan entre sí esas tres formas de amar dentro del poemario?
Las tres partes no están separadas en mi experiencia personal. En realidad nacen de un mismo conflicto vital. El amor a Dios fue la experiencia espiritual que marcó mi infancia y mi adolescencia, pero con el tiempo esa experiencia empezó a dialogar con otras formas de amar: los vínculos afectivos, el descubrimiento del deseo, la intensidad de la juventud.
Durante mucho tiempo viví esas dimensiones como si fueran incompatibles. Como si hubiera que elegir entre la fidelidad a Dios o la fidelidad a uno mismo.
El libro intenta mostrar que esa separación no es real. El amor a Dios, el amor a los hombres y la experiencia de la juventud no aparecen como compartimentos cerrados, sino como espacios que se iluminan, se tensionan y se interpelan entre sí.
Durante años me dijeron que tenía que elegir entre la voluntad de Dios y mi sexualidad. La poesía fue el lugar donde dejé de elegir.
En la primera parte miras a Dios desde la fragilidad y el deseo de santidad. ¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en tu escritura y en tu vida?
La espiritualidad ha sido una dimensión central en mi vida desde muy temprano. Crecí dentro del Camino Neocatecumenal y esa experiencia marcó profundamente mi forma de rezar, de pensar y de entender el mundo. Allí aprendí una relación muy intensa con Dios, muy atravesada por el lenguaje de los salmos, de la oración y de la búsqueda de santidad.
Con el tiempo mi relación con la fe ha pasado por conflictos, preguntas y rupturas. Dejar ese entorno supuso una herida importante, pero el diálogo con Dios nunca desapareció; simplemente cambió de forma.
La poesía se convirtió entonces en el lugar donde podía seguir hablándole a Dios sin tener que resolver todas esas tensiones. Era el único espacio donde podía interpelarlo desde la fragilidad, desde la desesperación o desde el deseo.
Por eso muchos de los poemas tienen forma de salmo o de oración: nacen de esa conversación complicada con Dios, de una historia de amor que no siempre ha sido sencilla.



La segunda parte está dedicada a amores pasados, a tus exnovios. ¿Ha sido difícil convertir experiencias tan íntimas en poesía pública?
Sí, en parte sí. Porque escribir sobre relaciones reales siempre implica una cierta exposición. Pero al mismo tiempo creo que la poesía transforma la experiencia personal en algo que puede ser compartido. No se trata de contar una historia privada, sino de hablar de lo que significa amar, idealizar, sufrir y aprender.
El segundo bloque recoge poemas dedicados a los primeros amores. Amar a otros hombres fue, para mí, una forma reveladora de rozar el amor de Dios una vez que dejé la comunidad en la que crecí. Entre el amor humano y el amor divino no encontraba una frontera clara: ambos tenían un punto de sufrimiento. La experiencia de ser querido —los gestos, la intimidad, la herida— me devolvía algo de aquella primera experiencia de Dios.
Y también haber aprendido que ese amor que sentí por Dios se ha ido transparentando, de alguna manera, en el amor que he sentido con los hombres. Amé a Dios con idealismo y amé a los hombres igual, desde el potencial de lo que algún día podían llegar a ser. Podría decir que Dios fue mi primer ex.
Tengo que decir que ellos no se leían a veces los poemas que les hacía. Pero esas experiencias también me enseñaron algo muy importante: que el amor humano puede ser una forma profunda de conocimiento.
En estos poemas, el amor no aparece como refugio ni como consuelo, sino como un lugar de verdad en el que la entrega, el padecer y la compasión seguían teniendo un fondo profundamente trascendental. Si Dios no es, al menos, poéticamente queer, entonces no sé, otra vez, de quién me he enamorado.
La tercera parte recoge textos escritos en viajes y encuentros con ciudades y paisajes. ¿Qué papel han tenido los lugares y los desplazamientos en tu proceso creativo?
Los viajes han sido momentos muy importantes para escribir. Cuando uno sale de su entorno habitual todo se vuelve más intenso: las preguntas, los encuentros, la sensación de estar buscándose. En muchos de esos viajes aparecen ciudades, paisajes, momentos de soledad o de descubrimiento que terminan filtrándose en los poemas.
El tercer movimiento del libro se abre precisamente a esa experiencia: a la juventud y al mundo. Aparecen viajes, ciudades, paisajes y recuerdos escritos desde una edad que está todavía en búsqueda. Los lugares funcionan en el poemario como escenarios donde esa intensidad se vuelve visible.
Porque la juventud no es necesariamente una edad luminosa; es una edad de intensidad. En estos poemas no hay nostalgia ni idealización, sino conflicto y aprendizaje. La juventud que habla en estos versos es un territorio donde se cruzan el deseo, la pérdida y la necesidad de sentido.
Al ser trabajador social y sociólogo por la Universidad Pablo de Olavide, ¿de qué manera tu formación y tu mirada social influyen en tu manera de escribir poesía?
Influyen bastante. La sociología y el trabajo social te enseñan a mirar la realidad con una atención muy concreta a las estructuras sociales, a las desigualdades y a los conflictos del mundo contemporáneo. Esa mirada inevitablemente se cuela también en la forma en la que escribo poesía.
En algunos poemas aparecen referencias al capitalismo, a la precariedad, a la cultura digital o a la política. No creo en una poesía que solo mire hacia dentro. La experiencia espiritual también tiene que dialogar con el mundo en el que vivimos y con las condiciones materiales en las que se desarrolla nuestra vida cotidiana.
En ese sentido, me interesan mucho las intuiciones de la teología de la liberación, que intenta pensar la espiritualidad desde la realidad concreta de las personas y desde las injusticias sociales. La poesía, para mí, no tiene únicamente un sentido de renuncia o de elevación espiritual desligada del mundo. También me interesa la poesía que aparece en la cotidianeidad, en los gestos pequeños, en el trabajo, en las relaciones y en las condiciones materiales con las que interactuamos cada día.
Por eso mi escritura intenta mantener ese equilibrio: una dimensión espiritual que no se evade de la realidad, sino que se deja interpelar por ella.

Eres de Alcalá de Guadaíra. ¿Qué huella ha dejado tu ciudad en tu sensibilidad o en tu forma de entender el mundo y la literatura?
Alcalá forma parte de mi biografía, aunque tengo que decir que nunca he sentido un gran arraigo por la ciudad en sí misma. Más que el lugar, lo que realmente ha marcado mi sensibilidad son las personas con las que compartí esos años y las experiencias que viví allí.
En Alcalá tuve mis primeras experiencias espirituales, culturales y afectivas. Pienso sobre todo en la juventud que pasé allí, en los profesores que me acompañaron en esos años y en las conversaciones, descubrimientos y vínculos que fueron configurando mi forma de mirar el mundo.
Las ciudades pequeñas tienen algo muy particular: te permiten vivir las relaciones con mucha cercanía, y eso acaba dejando una huella profunda. Uno puede viajar mucho y cambiar de lugares, pero siempre escribe desde alguna etapa de su vida que ha sido formativa.
En mi caso, más que un arraigo a Alcalá como ciudad, lo que permanece es la memoria de esa juventud y de las personas que la hicieron significativa.
Desde Alcalá, una ciudad con una identidad cultural muy marcada en la provincia de Sevilla, ¿cómo se vive el hecho de publicar un primer libro siendo tan joven?
No lo vivo tanto como “publicar joven”, sino como haber empezado a escribir pronto. Los poemas de Salmodiaré nacen en la adolescencia, en un momento en el que estaba atravesando preguntas muy intensas sobre la fe, el deseo y la identidad.
Y ahí, Alcalá de Guadaíra ha sido el lugar donde todo eso comenzó: donde crecí, donde viví mi experiencia religiosa más fuerte y donde también empezaron muchas de esas preguntas. Es el escenario físico en el que se gesta toda la obra.
En la sinopsis hablas de Salmodiaré como un “testimonio y una acción de gracias a los primeros años de vida”. ¿Qué significa para ti mirar ahora esa etapa desde la escritura?
Significa poder mirar esos años con más perspectiva.La escritura te permite volver a esos momentos, mirarlos con más distancia y comprender mejor lo que estaba ocurriendo.
De alguna forma el libro me devuelve también a la infancia y a los primeros vínculos: el amor que han intentado los padres, a las primeras experiencias espirituales, a ese mundo en el que uno empieza a construir su identidad. Salmodiaré no tiene que ver con repetir por repetir, como si fuese un mantra, sino con volver a establecer un diálogo con esa experiencia que marcó profundamente mi vida.
En mi caso, Dios forma parte de ese pasado, entre comillas. A veces pienso que Dios fue mi primer exnovio. Uno puede salir de la Iglesia o dejar una comunidad concreta, como fue mi caso con el Camino Neocatecumenal, pero hay experiencias que no desaparecen del todo. Cuando algo ha marcado profundamente tu vida, queda ahí.
En el Cantar de los Cantares hay una parte que dice que el amor de Dios es “como un sello en el corazón, como un un tatuaje en el brazo”. Un sello se puede retirar, pero cuando ha estado bien marcado siempre deja huella, se sabe que algo estuvo ahí. Y creo que algo de eso ocurre también con la fe: incluso cuando cambian las formas o los lugares desde donde la vives, esa experiencia sigue formando parte de tu identidad.
“A veces me siento un poco como Amaia en La Mesías —una serie que interpreta muchas cosas que he vivido de alguna forma—: cuando corre descalza por la hierba después de descubrir que la estrella que veía al final del camino, desde la ventana, no era una señal divina sino simplemente la luz de una gasolinera. Y hay algo profundamente liberador en ese momento.”
Por eso el libro es también un gesto de gratitud. No solo hacia los momentos luminosos, sino también hacia las heridas y los conflictos que me ayudaron a entender quién era y a reconciliarme con mi propia historia.
Para terminar, ¿qué te gustaría que sintiera o se llevara consigo un lector andaluz cuando cierre Salmodiaré por última vez?
Me gustaría que sintiera que la poesía puede ser un lugar donde uno se encuentra con su propia vida. Que pueda reconocerse en alguna de las preguntas del libro. Y sobre todo que se lleve una intuición sencilla: que el amor —a Dios, a los hombres, a la vida— sigue siendo una de las fuerzas más radicales que tenemos para dar sentido a lo que vivimos.




