Durante décadas, el Super Bowl funcionó como una vitrina perfecta del poder cultural estadounidense: un ritual de consumo masivo, patriotismo coreografiado y neutralidad política cuidadosamente administrada. Todo estaba calculado para no incomodar, para no recordar conflictos, para no abrir grietas.
Esa lógica se quebró la noche en que Bad Bunny convirtió el espectáculo más visto del planeta en un acto de afirmación histórica, cultural y política de América Latina.
No fue un accidente. No fue improvisación. Y, sobre todo, no fue neutral.
Un espectáculo que se negó a ser decorativo
Desde el inicio, la presentación dejó claro que no pretendía adaptarse al molde habitual del pop anglosajón. Los ritmos afrocaribeños dominaron el escenario: plena, salsa, reguetón con raíces visibles, percusión que remite tanto a la calle como a la historia colonial del Caribe. La puesta en escena recuperó gestos, cuerpos y movimientos que rara vez ocupan el centro de un evento diseñado para el mainstream estadounidense.
La estética no buscó “exotizar” lo latino para consumo externo. Al contrario: se mostró desde dentro, sin traducciones ni concesiones. Vestuario, coreografías y visuales dialogaban con la cultura popular puertorriqueña y latinoamericana como quien habla a los suyos, aunque el mundo entero estuviera mirando.
El idioma como frontera política
Uno de los gestos más elocuentes fue el uso predominante del español. En un país donde el idioma sigue siendo un marcador de exclusión —especialmente para comunidades migrantes—, cantar en español en el Super Bowl no es solo una decisión artística: es una toma de posición.
No hubo subtítulos simbólicos ni explicaciones. El mensaje fue claro: la lengua de millones no necesita permiso para existir. El español no apareció como ornamento multicultural, sino como idioma central del espectáculo. Un recordatorio incómodo para quienes aún consideran que lo latino debe ser traducido, suavizado o desplazado a los márgenes.
América como continente, no como eslogan
El momento más poderoso llegó cuando Bad Bunny nombró a América como continente y, uno a uno, citó todos los países: del norte al sur, del Caribe al Cono Sur. No fue una lista casual. Fue una cartografía política y emocional.
En ese instante, el escenario dejó de ser estadounidense para convertirse en latinoamericano. América dejó de ser una palabra apropiada por una sola nación y recuperó su sentido geográfico, histórico y cultural. Fue un gesto simple, pero profundamente subversivo: recordar que América es plural.
Ese momento condensó siglos de historia: colonización, migraciones, dictaduras, resistencias, diásporas. Y lo hizo sin solemnidad, sin discursos grandilocuentes, solo con la fuerza simbólica de nombrar.
La reacción: cuando el poder se siente aludido
La respuesta no tardó. Mientras más del 99 % del público evaluó positivamente el show, sectores conservadores reaccionaron con furia. Voces vinculadas al trumpismo llegaron a pedir sanciones e incluso prisión para el artista. La paradoja fue evidente: un espectáculo musical fue tratado como amenaza política.
No sorprende. El universo ideológico que orbita alrededor de Donald Trump ha entendido desde hace tiempo que la cultura es un campo de batalla. Y Bad Bunny no solo ocupó ese campo: lo resignificó.
No habló explícitamente de leyes ni de partidos, pero abordó temas que el autoritarismo cultural teme: migración sin criminalización, identidad sin vergüenza, orgullo sin sumisión.
Puerto Rico en el centro del mundo
El show también funcionó como una reivindicación de Puerto Rico, territorio históricamente subordinado, invisibilizado y utilizado como símbolo sin derechos plenos. Bad Bunny llevó esa realidad al escenario sin victimismo, pero con claridad. Puerto Rico no apareció como postal turística, sino como sujeto político y cultural.
La diáspora puertorriqueña —y latina en general— encontró en esa presentación algo más que representación: encontró reconocimiento. En un país donde millones viven entre la pertenencia y la exclusión, el espectáculo ofreció una narrativa distinta: la de una América construida desde la mezcla, no desde el muro.
Alegría, pero no ingenuidad
Uno de los mayores méritos del show fue demostrar que la alegría no es lo opuesto a la política. Bailar, cantar y celebrar también pueden ser actos de resistencia. En tiempos de discursos de odio, crisis migratorias y tensiones geopolíticas, la celebración consciente se convierte en una forma de afirmación colectiva.
Bad Bunny no ofreció un panfleto ideológico. Ofreció algo más eficaz: una experiencia emocional cargada de memoria. Música que se baila, sí, pero que también interpela.
El impacto que no se puede borrar
Las cifras confirmaron el alcance: más de 120 millones de espectadores, picos históricos de búsqueda sobre Puerto Rico y América Latina, y un debate global sobre representación cultural. La NFL, históricamente cautelosa frente a cualquier gesto político, se vio obligada a asumir que el centro cultural del siglo XXI ya no es exclusivamente anglosajón.
El espectáculo marcó un punto de inflexión: lo latino dejó de ser invitado y pasó a ser protagonista.
Epílogo: cuando el espectáculo se vuelve historia
El Super Bowl quiso entretenimiento. Recibió historia viva.
Quiso neutralidad. Recibió memoria.
Quiso consenso. Recibió verdad.
Y esa verdad incomoda: América ya no se explica sin su herencia latina. No en la música. No en la calle. Y, desde ahora, tampoco en el escenario más grande del mundo.
Bad Bunny no pidió permiso. Y al hacerlo, dejó claro que la cultura latinoamericana no necesita autorización para ocupar el centro. La puerta que abrió no se va a cerrar. Y el ruido que provocó no se puede silenciar.



