La cocina de temporada merece volver al centro de una vida saludable que también sepa a placer
Defiendo el derecho a que cuidarse huela a comida. A cebolla pochada, a calabaza en el horno, a un guiso que permite abrir la puerta de casa y sentir que el día empieza a mejorar. Hemos rodeado la alimentación saludable de tantas instrucciones que a veces olvidamos una pregunta bastante elemental: ¿nos apetece lo que vamos a comer?
El otoño ofrece una buena ocasión para recuperar esa conversación. Cambia la luz, vuelven las chaquetas y una cazuela encuentra su sitio en la mesa. En ese paisaje doméstico hay algo valioso: la posibilidad de comer con gusto sin perseguir novedades cada semana ni convertir la compra en una carrera detrás del último ingrediente de moda.
En una entrevista con ¡HOLA!, Dani García destaca su afición por la caza y las setas. Cada cual tendrá su preferencia. Para algunos, el otoño empieza con las primeras castañas; para otros, con una crema de verduras o una fuente de boniato asado. La estación puede entrar en la cocina a través de elecciones pequeñas.
Me parece sensato reivindicar una despensa reconocible: legumbres, verduras, aceite de oliva, huevos y alimentos que podamos combinar sin demasiadas complicaciones. Unos garbanzos con espinacas o unas lentejas con calabaza permiten sentarse ante un plato apetecible sin organizar una producción extraordinaria. Y una comida que encaja en nuestros horarios tiene más posibilidades de repetirse.
También deberíamos abandonar cierta superioridad doméstica que mira con desconfianza todo lo que ahorra trabajo. En una entrevista de Gastro Mediaset, el dietista-nutricionista Aitor Sánchez defiende el valor nutricional de las legumbres en conserva. Tener recursos prácticos al alcance permite cocinar incluso cuando las ganas o el tiempo escasean.
La exigencia de hacerlo todo desde cero suele recaer sobre personas que ya tienen suficientes obligaciones. Cuidarse no debería añadir otra prueba de rendimiento. Podemos abrir una conserva, utilizar verdura congelada o repetir la comida de ayer y seguir poniendo atención en lo que comemos. La cocina cotidiana necesita flexibilidad para sobrevivir al martes más complicado.
Propongo recuperar también el gusto por los detalles sencillos: probar antes de servir, añadir unas gotas de limón a las verduras, llevar una cazuela al centro y compartirla. El placer de comer no depende únicamente de la receta. Importan el tiempo que le concedemos y el lugar que ocupa en el día.
Por supuesto, cada casa adapta sus platos a sus necesidades y tolerancias. No existe un menú que sirva para todos. Pero sí podemos defender una idea común: una vida saludable debería resultar habitable, también a la hora de cenar.
Cuando el otoño invite a quedarse un poco más en casa, ojalá nos encuentre con menos culpa y algo rico sobre la mesa. Una cuchara, un plato caliente y la posibilidad de comer tranquilos siguen siendo un buen comienzo.



