Mi abuela me enseñó, con una fregona y unas pocas palabras, que para dirigir hay que aprender y que el trabajo de los demás merece respeto. Una enseñanza que sigue teniendo mucho que decir sobre cómo vivimos y cómo entendemos la empresa.
Mi primera lección de vida tuvo que ver con limpiar un suelo.
Un día, mi abuela me mandó a ayudar a mi madre con las labores de la casa. Me dijo que cogiera la fregona y me pusiera a limpiar. Yo le contesté que no sabía hacerlo. Ella respondió que tenía que aprender.
Hasta ahí, una conversación bastante habitual. Pero entonces solté una frase que hoy recuerdo por la respuesta que provocó:
—¿Para qué voy a aprender, si yo voy a tener en mi casa a una persona contratada que haga estas labores?
Mi abuela tenía muy claro qué contestarme. Su razonamiento fue sencillo: precisamente por eso tenía más motivos para aprender. Primero, para saber explicar a esa persona lo que debía hacer. Segundo, para valorar su trabajo. Y tercero, para comprobar que lo había hecho bien.
Después vino la instrucción que cerró cualquier posibilidad de seguir discutiendo:
—Así que ya estás cogiendo la fregona y te pones a limpiar el suelo.
Yo quería hablar de mi futuro. Ella me puso delante de mi responsabilidad en aquel momento.
Con el tiempo he comprendido cuánto había en aquella respuesta.
Mi abuela no estaba cuestionando que yo pudiera aspirar a una vida en la que contratara ayuda. Me estaba enseñando que esa aspiración no me eximía de aprender ni me situaba por encima de quien realizara ese trabajo.
Poder pagar por una tarea no convierte esa tarea en algo fácil. Tampoco hace menos importante a la persona que la realiza.
«Tener autoridad para dar una orden no garantiza tener criterio para darla bien».
Limpiar exige esfuerzo, tiempo y atención. Como tantos trabajos que apenas advertimos cuando están bien hechos y que, sin embargo, echamos en falta inmediatamente cuando alguien deja de hacerlos. Nos acostumbramos al resultado y olvidamos lo que ha costado conseguirlo.
Aquella fregona me obligaba a mirar el trabajo desde el otro lado. Desde el lado de quien lo hace.
Y esa sigue pareciéndome una enseñanza necesaria.
Hay lecciones de nuestras abuelas que permanecen porque estaban ligadas a la vida cotidiana. A ayudar en casa, cuidar las cosas, cumplir lo prometido o terminar una tarea aunque no apeteciera.
La mía no necesitó un gran discurso para explicarme la responsabilidad. Aprovechó mi resistencia a colaborar y me hizo ver lo que yo estaba pasando por alto.
En su respuesta había una idea de justicia: antes de exigir, entiende. Antes de juzgar un resultado, conoce el esfuerzo que requiere. Y cuando otra persona haga algo por ti, valóralo.
Eso también se aprende en casa. En cómo se reparten las tareas, en cómo se pide ayuda y en cómo se trata a quien trabaja para nosotros. Difícilmente podemos hablar de respeto si consideramos que ciertas labores están por debajo de nuestras aspiraciones.
Mi abuela me permitió soñar con llegar lejos, pero dejó claro que tenía que empezar por hacer lo que me correspondía.
Pienso mucho en aquella conversación cuando observo cómo entendemos el éxito y, especialmente, el mundo empresarial.
Querer ser empresario implica mucho más que querer dar órdenes. Supone asumir responsabilidades, tomar decisiones y comprender que detrás de cada resultado hay personas haciendo su trabajo.
No creo que quien dirige una empresa deba dominar todos los oficios de su equipo. Sí creo que debe interesarse por ellos, conocer sus dificultades y escuchar a quienes los desempeñan.
¿Cómo vamos a exigir un plazo razonable si desconocemos lo que requiere una tarea? ¿Cómo vamos a valorar un buen trabajo si solo miramos el resultado y nunca el proceso? ¿Cómo vamos a dirigir un equipo si no respetamos la aportación de cada persona?
Aprender desde abajo ayuda a construir ese criterio. Permite comprender que una instrucción poco clara puede acabar en un error, que los recursos importan y que el esfuerzo no siempre se ve a primera vista.
También enseña algo que conviene recordar cuando las cosas van bien: nadie levanta una empresa completamente solo.
Hay una diferencia entre delegar y desentenderse.
Delegar exige explicar, proporcionar los medios necesarios, confiar y reconocer el trabajo realizado. Desentenderse es pedir que algo esté resuelto sin querer saber nada de lo que hace falta para resolverlo.
«Primero aprende, después exige y siempre respeta».
Mi abuela me estaba enseñando a delegar antes de que yo conociera esa palabra.
Su lección tampoco consistía únicamente en comprobar si el suelo había quedado limpio. Consistía en comprender a la persona que tendría que limpiarlo. Saber que su tiempo tenía valor, que su esfuerzo merecía consideración y que contratarla no me daba derecho a tratarla de cualquier manera.
Aspirar alto me parece legítimo. Querer mejorar, emprender y construir una vida propia también. Pero las aspiraciones necesitan trabajo, aprendizaje y constancia. No basta con imaginar el lugar al que queremos llegar; hay que hacerse cargo del camino.
Por eso sigo recordando aquella conversación. Porque en unas pocas frases mi abuela unió ambición y responsabilidad, dos cosas que nunca deberían separarse.
Mi primera lección de vida empezó con un suelo que había que limpiar. Y cada vez que me toca pedir, delegar o valorar el trabajo de alguien, vuelvo a ella: primero aprende, después exige y siempre respeta.
Gracias abuela Encarna por todo lo que me has enseñado a lo largo de tu vida junto a la mía.



