Hay debates que conviene afrontar desde la memoria. Y el que hoy se está produciendo en Andalucía alrededor de las primarias del PSOE para las elecciones municipales de 2027 es uno de ellos.
Porque las primarias no aparecieron ayer. No son una anomalía. No constituyen una enfermedad interna que haya que evitar. Las primarias son democracia.
El PSOE abrió este camino hace casi treinta años. Tras el 34º Congreso Federal de 1997 llegó aquel histórico 24 de abril de 1998, cuando los militantes socialistas pudieron elegir entre Joaquín Almunia y Josep Borrell quién debía ser candidato a la Presidencia del Gobierno.
Y ocurrió algo maravilloso desde el punto de vista democrático: ganó quien muchos no esperaban que ganara. Ganó Borrell. Decidieron los militantes.
Aquello significaba reconocer algo elemental: un militante no está solamente para pagar una cuota, pegar carteles, llenar un mitin, repartir propaganda o trabajar durante una campaña electoral. Está también para pensar, opinar, discrepar y decidir.
Después llegarían otros procesos. Las primarias se extenderían a diferentes ámbitos territoriales y candidaturas y la elección directa de la Secretaría General profundizaría ese modelo.
Pedro Sánchez fue elegido secretario general por la militancia en 2014 y volvió a imponerse en las primarias de 2017 frente a Susana Díaz y Patxi López.
La historia del PSOE demuestra precisamente que las primarias pueden ser incómodas. Claro que sí. La democracia es incómoda.
Lo verdaderamente cómodo es el despacho. Lo cómodo es la llamada telefónica. Lo cómodo es el acuerdo entre unos pocos. Lo cómodo es decidir quién va y quién no va antes de que nadie pueda votar.
Por eso cada vez que escucho que unas primarias pueden dividir al PSOE me hago una pregunta: ¿Desde cuándo votar divide y decidir desde arriba une?
ONCE PRIMARIAS EN ANDALUCÍA
El PSOE afronta ahora la elección de sus candidaturas para las municipales de mayo de 2027.
El Comité Federal convocó el proceso el pasado 27 de junio y estableció diferentes ventanas durante 2026 para elegir candidaturas municipales y autonómicas. En septiembre se está desarrollando una parte importante de ese proceso. (PSOE)
En Andalucía se han presentado 48 candidaturas únicas, mientras que en once municipios más de un socialista ha decidido dar un paso adelante y será la militancia quien tenga la última palabra. (PSOE Andalucía)
Hay primarias en las capitales de Almería, Córdoba, Huelva y Jaén. Y también se abrió competencia en Roquetas de Mar, Baza, Motril, Linares, Benalmádena, Fuengirola y Vélez-Málaga. (PSOE Andalucía)
¿Dónde está el problema?
Que hablen. Que debatan. Que expliquen sus proyectos. Que recorran sus agrupaciones. Que intenten convencer a sus compañeros. Y después, que voten los militantes.
Eso no debería producir miedo. Debería producir orgullo.
JAÉN: DOS SOCIALISTAS Y UNA URNA
Jaén ha terminado convirtiéndose en el símbolo de este debate.
Julio Millán y Carlos Alberca concurren a las primarias.
¿Y qué tiene de extraordinario? Nada.
Son dos socialistas que presentan alternativas diferentes ante sus compañeros. Que confronten ideas. Que expliquen qué ciudad quieren. Que hablen de servicios públicos, vivienda, empleo, barrios, limpieza, inversiones, cultura, igualdad y modelo urbano.
Y después que los militantes de Jaén introduzcan una papeleta en una urna. Punto.
Al día siguiente habrá alguien que haya obtenido más votos y alguien que haya obtenido menos. Pero no debería haber enemigos.
Porque el adversario político no estaba dentro de la urna socialista.
Ahí está precisamente la grandeza y también la dificultad de unas primarias: saber ganar sin humillar y saber perder sin abandonar el proyecto colectivo.
MIREMOS AHORA AL PARTIDO POPULAR
Y aquí es donde la comparación resulta interesante.
El PP dispone formalmente de procedimientos internos de participación y elección. Sus estatutos de 2025 regulan la participación de los afiliados y la elección de compromisarios. Sería incorrecto decir que jurídicamente no existe ninguna votación.
Pero tampoco confundamos las cosas.
Sus propios estatutos establecen que la elección del presidente culmina en el Congreso del partido, mediante un sistema en el que intervienen compromisarios elegidos previamente. (Partido Popular)
Es un modelo diferente. Y es legítimo criticar políticamente cuánto poder real termina concentrándose en las estructuras dirigentes y territoriales.
Porque una cosa es que existan urnas y otra que exista una cultura política donde las bases puedan disputar realmente las decisiones de las direcciones.
La historia reciente del propio PP nos dejó un episodio especialmente ilustrativo.
Pablo Casado había ganado las primarias del Partido Popular en 2018. Cuatro años después se enfrentó políticamente a Isabel Díaz Ayuso durante la polémica por el contrato sanitario relacionado con el hermano de la presidenta madrileña.
La crisis fue brutal. Casado terminó perdiendo el respaldo de buena parte de los dirigentes territoriales y abandonando el liderazgo del partido. Después llegó Alberto Núñez Feijóo.
Cada ciudadano puede interpretar políticamente aquel episodio como considere. Pero yo tengo la mía: ¿de qué sirve elegir a un dirigente si cuando entra en conflicto con las estructuras de poder de su propio partido son esas estructuras las que terminan determinando su supervivencia política?
Esa pregunta merece hacerse.
Porque democracia interna no significa solamente votar cada cierto número de años. Significa aceptar la discrepancia cuando aparece.
Y DESPUÉS ESTÁ VOX
Si en el PP encontramos un modelo mucho más condicionado por las estructuras y los congresos, en Vox encontramos una organización todavía más centralizada.
Y aquí ni siquiera necesitamos interpretaciones. Basta leer sus propias normas.
Vox modificó sus estatutos para eliminar las primarias en la elección de los presidentes provinciales.
Desde entonces es el Comité Ejecutivo Nacional el que designa a los responsables provinciales, algo que el propio Vox explicó públicamente cuando aplicó la reforma. (VOX)
Sus estatutos establecen además que los comités provinciales deben actuar siguiendo las instrucciones del Comité Ejecutivo Nacional y permiten que determinados coordinadores sean nombrados, revocados y sustituidos por los órganos correspondientes. (VOX)
Eso es un modelo extraordinariamente vertical.
Es verdad —y hay que decirlo para ser rigurosos— que los estatutos de Vox mantienen la elección de su presidente nacional por los afiliados de pleno derecho. (VOX)
Pero la estructura territorial funciona con una concentración de poder considerable en la dirección nacional.
Cada organización elige su modelo.
Pero después no confundamos los modelos.
No es lo mismo que un candidato municipal tenga que convencer a los militantes de su agrupación que esperar una decisión de un órgano superior. No es lo mismo convencer que ser designado. No es lo mismo una urna que un despacho. No es lo mismo votar que obedecer.
Y, sobre todo, no es lo mismo una organización que acepta públicamente sus diferencias que otra que intenta que las diferencias nunca lleguen a convertirse en una alternativa organizada.
¿LAS PRIMARIAS GENERAN RUIDO?
Naturalmente.
También lo genera un Parlamento. También lo genera un sindicato. También una comunidad de vecinos. También cualquier sociedad donde personas libres piensan de manera diferente.
El silencio absoluto solamente existe donde nadie puede discutir.
Por eso me sorprende que algunos observen unas primarias y vean inmediatamente una crisis.
Yo veo otra cosa. Veo militantes. Veo candidatos. Veo debate. Veo agrupaciones abiertas. Veo compañeros intentando convencer a otros compañeros. Y finalmente veo una urna.
Eso es democracia.
Una primaria puede hacerse mal. Puede convertirse en una guerra personal. Puede dejar heridas. Puede generar familias enfrentadas. Puede utilizarse para ajustar cuentas.
Claro que sí.
Pero entonces el problema no son las primarias. El problema somos nosotros si no sabemos utilizarlas.
EL PARTIDO NO PERTENECE A NADIE
Esta quizá sea la cuestión fundamental.
Un partido político no pertenece a su secretario general. No pertenece a un alcalde. No pertenece a un secretario provincial. No pertenece a una ejecutiva. No pertenece a quienes llevan treinta años ocupando cargos.
Y tampoco pertenece al candidato que gana unas primarias.
Pertenece a sus militantes.
A la mujer que abre la agrupación. Al compañero que lleva cuarenta años pagando una cuota. Al concejal que trabaja desde la oposición. Al alcalde que recorre diariamente su pueblo. A quien pega un cartel cuando nadie quiere hacerlo. A quien está cuando se gana. Y, sobre todo, a quien permanece cuando se pierde.
A esas personas no podemos pedirles únicamente trabajo.
Tenemos que reconocerles poder.
Poder para hablar. Poder para discrepar. Poder para presentar una candidatura. Y, finalmente, poder para decidir.
Por eso las primarias no deberían vivirse como un problema que el PSOE tiene que soportar. Son una conquista que tiene que defender.
Mientras otros partidos mantienen modelos más verticales, congresuales o centralizados, el socialismo debe profundizar en la participación de sus militantes. Sin miedo.
Porque un partido que tiene miedo a escuchar a sus militantes termina teniendo miedo a escucharse a sí mismo.
Que haya primarias. Que haya debate. Que haya discrepancias. Que haya dos candidatos. O tres. Que cada uno defienda sus ideas con pasión y respeto.
Y después que haya una urna.
Porque después de votar hay algo todavía más importante: darse la mano. Trabajar juntos. Y salir a convencer a los ciudadanos.
Las primarias no son ruido. Las primarias son debate. Las primarias son participación. Las primarias son militancia. Las primarias son democracia.
Y un partido que durante generaciones ha pedido a sus militantes que den la cara por sus ideas tiene que sentirse orgulloso de entregarles también algo tan sencillo, tan democrático y tan poderoso como una papeleta: la posibilidad de decidir.



