Hoy mi padre cumple 62 años y llevo días pensando en cómo escribir algo que esté a la altura de lo que siento por él. Y no es fácil. Porque hay personas que ocupan tanto espacio en tu vida que cualquier palabra parece quedarse corta.
Mi padre nunca ha sido un hombre antiguo. Nunca ha sido de esos padres que ponen límites por miedo o que intentan hacerte pequeña para sentirse grandes. Al contrario. Él siempre me dio alas.
Desde niña me enseñó que podía pensar por mí misma, decidir, equivocarme, volver a empezar y ocupar el lugar que quisiera en el mundo. Nunca intentó encerrarme en una versión cómoda de hija. Me dejó crecer siendo yo. Y eso, aunque parezca normal, no todo el mundo lo tiene.
He tenido la suerte de crecer con un padre moderno de verdad. No moderno por aparentar, sino porque siempre tuvo la mente abierta, curiosidad por entender, capacidad para escuchar y una forma muy limpia de querer. De ese amor que no aprieta, que no manipula, que no exige que seas otra persona para merecerlo.
Mi padre me ha acompañado en todas las etapas de mi vida sin intentar vivirlas por mí. Ha estado cuando necesitaba apoyo, cuando necesitaba silencio y también cuando solo necesitaba sentir que había alguien detrás sosteniéndome por si me caía.
Y cuanto más mayor me hago, más consciente soy de la suerte inmensa que tengo.
Porque de pequeña admiraba a mi padre, pero de adulta lo admiro todavía más.
Admiro su forma de tratar a la gente. Su manera de adaptarse a los tiempos sin perder su esencia. Su capacidad para hablar conmigo de cualquier tema sin prejuicios. Su sentido del humor. Su inteligencia emocional, incluso en las cosas que nunca verbaliza. Y admiro, sobre todo, la libertad con la que me ha querido siempre.
Hay padres que educan desde el miedo. El mío lo hizo desde la confianza.
Hoy cumple 62 años, pero para mí sigue siendo ese lugar seguro al que siempre puedo volver y el bastón que siempre está a mi lado para apoyarme cuando el mundo se me tambalea. Ese hombre al que miro y pienso: “Ojalá mucha gente tuviera un padre así”.
No sé si las hijas decimos suficiente estas cosas. Supongo que damos demasiadas cosas por hechas hasta que un día entiendes todo lo que hubo detrás: el esfuerzo, las preocupaciones silenciosas, las veces que se tragó sus propios problemas para que yo pudiera vivir más ligera.
Por eso hoy solo quiero que sepa una cosa.
Que lo quiero profundamente.
Que me siento orgullosa de ser su hija.
Y que gran parte de la mujer que soy existe gracias a la libertad y al amor con los que él me crió.
Feliz cumpleaños, papá.
Gracias por darme raíces sin cortarme nunca las alas.


