La motosierra argentina nos muestra el rostro de la involución que amenaza a España
Hay personajes que necesitan años para desenmascararse. Otros apenas necesitan abrir la boca. Javier Milei pertenece a esta segunda categoría. Cada vez que habla, grita o convierte una intervención institucional en un espectáculo de provocaciones, presta un servicio involuntario a quienes defendemos la democracia, la justicia social y los derechos conquistados.
Por eso, aunque resulte paradójico, debemos comenzar agradeciéndoselo.
¡Gracias, Milei… carajo!
Gracias por enseñarnos, sin maquillaje ni moderación impostada, el verdadero rostro de una determinada concepción reaccionaria del poder. Gracias por convertir el insulto en argumento, la provocación en programa y la motosierra en símbolo político.
Y gracias, especialmente, por tus afinidades con Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso. Porque permiten comprender que determinadas coincidencias ideológicas no son una anécdota internacional, sino una advertencia sobre el modelo de sociedad que algunos quisieran importar a España.
Milei no necesita que sus adversarios lo caricaturicen. Él mismo se encarga de hacerlo.
La motosierra no es una metáfora inocente
La motosierra representa mucho más que una extravagancia teatral. Simboliza una concepción del Estado donde lo público aparece bajo sospecha, la protección social se considera un obstáculo y los derechos colectivos pueden quedar subordinados al mercado.
Una cosa es reformar las administraciones para hacerlas eficientes y otra convertir el debilitamiento del Estado social en una virtud política.
LA MOTOSIERRA NO DISTINGUE ENTRE EL DESPILFARRO Y LOS DERECHOS: CUANDO SE CONVIERTE EN IDEOLOGÍA, TODO LO PÚBLICO PUEDE ACABAR BAJO SUS DIENTES.
¿Qué sucedería con nuestra sanidad, educación, pensiones, derechos laborales o políticas de igualdad si quienes admiran ese modelo pudieran trasladar algunas de sus recetas a España?
No somos Argentina. Nuestro marco constitucional y europeo establece diferencias fundamentales. Pero sería irresponsable ignorar las afinidades ideológicas que algunos dirigentes exhiben orgullosamente.
Abascal, Ayuso y el espejo argentino
Abascal ha convertido la confrontación permanente en una seña de identidad. Ayuso ha hecho de la batalla ideológica contra la izquierda una estrategia política.
No representan exactamente el mismo proyecto, pero ambos encuentran en Milei un aliado político significativo.
La pregunta es inevitable: ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar Feijóo para gobernar con el apoyo de Vox?
¿Dónde situaría sus límites? ¿En la igualdad? ¿En la memoria democrática? ¿En los servicios públicos? ¿En los derechos laborales?
La moderación no se demuestra con discursos tranquilizadores mientras se negocian los principios fundamentales.
LA VERDADERA AMENAZA NO ES QUE LA EXTREMA DERECHA GRITE MÁS FUERTE, SINO QUE LA DERECHA TRADICIONAL TERMINE CONVIRTIENDO SUS GRITOS EN LEYES.
Gracias por quitarle la careta
Milei posee una cualidad extraordinaria: hace visible aquello que otros prefieren esconder detrás de los eufemismos.
Donde algunos hablan de racionalización, él exhibe la motosierra. Donde otros invocan una batalla cultural, él convierte la confrontación en espectáculo.
Es, probablemente, el departamento de publicidad más eficaz que podría encontrar la izquierda democrática para advertir sobre determinadas políticas.
Y además trabaja gratis.
Porque millones de españoles, incluidos muchos votantes conservadores de buena fe, pueden contemplar en ese espejo lo que significa una política basada en el enfrentamiento, el desprecio institucional y la reducción de las garantías sociales.
España necesita viviendas accesibles, salarios dignos, servicios públicos sólidos y una economía que distribuya justamente la riqueza. No necesita una motosierra.
El malestar ciudadano es legítimo. La precariedad, la incertidumbre y las dificultades económicas son reales. Pero convertir esa frustración en combustible para proyectos involucionistas constituye una peligrosa manipulación política.
La extrema derecha identifica problemas reales, señala culpables fáciles y promete soluciones milagrosas.
Hasta que llega el momento de comprobar qué se ha cortado y quién paga las consecuencias.
Lo que nos jugamos
España conoce demasiado bien las consecuencias históricas del autoritarismo, la intolerancia y el desprecio hacia el pluralismo.
Nos costó demasiado conquistar nuestras libertades como para contemplar indiferentes cualquier tentativa de retroceso.
EN LAS PRÓXIMAS ELECCIONES NO SOLO ESTARÁ EN JUEGO QUIÉN GOBIERNA ESPAÑA, SINO QUÉ DERECHOS ESTAMOS DISPUESTOS A DEFENDER Y QUÉ INVOLUCIONES NOS NEGAMOS A ACEPTAR.
Porque defender la democracia no debería ser patrimonio exclusivo de la izquierda. También debería constituir una obligación irrenunciable para cualquier derecha verdaderamente democrática.
Por eso, señor Milei, siga hablando. Siga exhibiendo su motosierra, sus exabruptos y sus afinidades políticas.
Cada intervención suya permite comprender mejor qué representa ese modelo y qué consecuencias podría tener su influencia sobre quienes aspiran a gobernar España.
Las democracias no siempre retroceden mediante golpes de Estado. A veces comienzan a hacerlo cuando quienes deberían defenderlas convierten sus principios en moneda de cambio.
Y España no puede permitirse semejante involución.
Así que, por una vez, terminaremos agradeciéndole su involuntaria contribución a la claridad política.
¡Gracias, Milei… carajo!
Por mostrarnos, antes de que sea demasiado tarde, el rostro de aquello que no queremos para España.



