Granada pierde uno de sus espacios culturales más simbólicos. La Tertulia, el bar por el que han pasado figuras como Enrique Morente o Almudena Grandes, cerrará definitivamente sus puertas el próximo 30 de mayo, poniendo fin a más de cuatro décadas de vida cultural intensa en la ciudad.
Fundado en 1980 por el argentino Horacio “Tato” Rébora, el local nació como mucho más que un bar. Era, desde el principio, un refugio para la palabra, la música y la creación. Un lugar donde la cultura no solo se consumía, sino que se generaba.
El emblemático local, punto de encuentro de artistas, poetas y músicos, bajará la persiana el próximo 30 de mayo tras 46 años de historia.
Un bar que fue mucho más que un bar
Ubicado en la calle Pintor López Mezquita, La Tertulia se convirtió rápidamente en un punto de referencia para la vida cultural granadina. Por sus mesas pasaron escritores, músicos, estudiantes, artistas y curiosos, en un espacio donde lo importante no era solo la copa, sino la conversación.
Durante años, el local fue escenario de encuentros improvisados, lecturas de poesía, actuaciones musicales y debates que, en muchos casos, marcaron a generaciones enteras.
El propio Rébora había concebido el proyecto con esa idea: crear un espacio libre, heredero del ambiente antifranquista, donde cultura y pensamiento convivieran sin barreras. Y lo consiguió.
De Enrique Morente a Almudena Grandes
La historia de La Tertulia se puede contar a través de los nombres que la habitaron. Enrique Morente, uno de los grandes renovadores del flamenco, fue uno de sus habituales, hasta el punto de considerar el local casi como su casa.
También pasaron por allí autores como Almudena Grandes, Luis García Montero o Mario Vargas Llosa, además de músicos como Joaquín Sabina. Un ecosistema creativo que convirtió el bar en un espacio único dentro del panorama cultural español.
Incluso iniciativas como el Festival Internacional de Poesía de Granada nacieron entre sus mesas, en conversaciones informales que acabaron teniendo proyección internacional.
Un modelo cultural que ya no encaja
Pese a su relevancia cultural, La Tertulia no ha logrado sostenerse económicamente en los últimos años. El problema no ha sido la falta de público, sino el cambio en los hábitos de consumo.
El local seguía llenándose en sus actividades culturales —muchas de ellas gratuitas—, pero el consumo en barra ha ido cayendo progresivamente, haciendo inviable el mantenimiento del negocio.
Tras los eventos, el público ya no se quedaba. La lógica del consumo rápido ha sustituido a la del encuentro prolongado, y con ella se ha ido debilitando el modelo que durante décadas sostuvo espacios como este.
El cierre de un símbolo
El anuncio del cierre ha provocado una reacción emocional en la ciudad. Durante estas semanas, el bar se ha llenado como en sus mejores tiempos, en lo que su propio fundador ha descrito como una especie de despedida colectiva.
“Muchos pensaban que este lugar sería eterno”, ha reconocido Rébora, que ha recibido numerosas muestras de apoyo tras comunicar la decisión.
Sin embargo, el cierre parece irreversible. No por falta de valor cultural, sino por la imposibilidad de sostener económicamente un modelo que ya no encaja en la dinámica actual.
Una pérdida para la vida cultural
La desaparición de La Tertulia no es solo el cierre de un negocio. Es también el fin de una forma de entender la cultura como algo cotidiano, cercano y compartido.
Durante 46 años, el local fue un espacio de encuentro intergeneracional, donde convivían figuras consagradas y jóvenes que daban sus primeros pasos. Un lugar donde la cultura no estaba en los grandes escenarios, sino en una mesa, en una conversación, en una noche cualquiera.
El final de una etapa
El cierre de La Tertulia se suma a la transformación de la vida nocturna y cultural en muchas ciudades. Espacios que durante décadas funcionaron como motores creativos desaparecen en un contexto marcado por nuevos hábitos, nuevas formas de ocio y una economía cada vez más exigente.
Granada se despide así de uno de sus lugares más emblemáticos. Un bar que fue casa, refugio y punto de partida para muchos.
A partir del 30 de mayo, sus puertas se cerrarán. Pero su historia —y la de quienes la vivieron— seguirá formando parte de la memoria cultural de la ciudad.



