Lo peligroso no es el deterioro: es acostumbrarse
Es costumbre. Hay deterioros que llegan de golpe, como una tormenta de verano que arrasa una calle en apenas unos minutos. Pero existen otros más peligrosos: los que avanzan despacio, casi en silencio, hasta confundirse con el paisaje cotidiano.
Una cita médica que tarda demasiado. Una persiana cerrada en mitad del pueblo. Un aula cada vez más llena. Un joven que deja de creer que podrá quedarse. Una persona mayor que aprende a no quejarse para no molestar. Y, de fondo, esa frase resignada que empieza a repetirse demasiado: “es lo que hay”.
Quizá lo verdaderamente preocupante no sea solo el deterioro de ciertos servicios públicos o de determinadas condiciones de vida. Quizá lo más peligroso sea acostumbrarnos.
Acostumbrarnos a esperar.
A conformarnos.
A aceptar que todo funcione un poco peor cada año.
Las sociedades rara vez se rompen de un día para otro. Casi siempre se desgastan lentamente. A veces incluso con apariencia de normalidad. Los bares siguen llenándose los fines de semana. Las plazas continúan teniendo niños algunas tardes. Las hermandades recorren las calles. La vida, aparentemente, continúa.
Pero debajo de esa normalidad empiezan a crecer cosas más difíciles de medir: el cansancio, la desconfianza, la sensación de abandono. Y sobre todo una idea peligrosa: que defender lo común ya no sirve para nada.
Y es costumbre. Ahí empieza una derrota silenciosa
Porque cuando una sociedad deja de creer que puede mejorar, deja también de exigir, de participar y de imaginar futuro. La resignación no suele llegar haciendo ruido. Llega poco a poco, sentándose a la mesa de la cocina, colándose en las conversaciones, convirtiéndose en costumbre.
En Andalucía conocemos bien esa sensación. Y en muchos pueblos todavía más. No tiene nada que ver con el clima o las olas de calor tan asimiladas desde hace unos pocos años. Sabemos lo que significa escuchar durante años que hay problemas que nunca cambiarán, que siempre faltarán recursos, que marcharse fuera será la única oportunidad para muchos jóvenes. Como si la esperanza tuviera que hacerse siempre las maletas.
Pero un pueblo no puede construirse desde la resignación. Píndaro hizo bien al decir que la costumbre es reina del mundo.
Defender lo público no consiste únicamente en discutir cifras, competencias o titulares. Consiste en algo mucho más sencillo y más importante: defender la dignidad cotidiana de la gente. Que una persona sea atendida sin sentirse un número. Que vivir en un pueblo no implique recibir menos atención o menos oportunidades. Que la política vuelva a parecerse un poco más al cuidado y un poco menos al espectáculo.
Porque la política pierde parte de su sentido cuando deja de cuidar la vida concreta de las personas.
Tal vez por eso la tarea más urgente de nuestro tiempo no sea solo denunciar el deterioro. La tarea más urgente es impedir que nos acostumbremos a él.
Que no nos acostumbremos a esperar demasiado.
Que no nos acostumbremos a perder derechos.
Que no nos acostumbremos a vivir con menos esperanza de la que merecemos.
Porque hay silencios que terminan convirtiéndose en renuncias. Y ningún pueblo debería resignarse a renunciar a sí mismo.



