Se atribuye a Mahatma Gandhi una reflexión que conserva intacta toda su fuerza moral: «La grandeza de una nación y su progreso moral pueden juzgarse por la forma en que trata a sus animales.» Quizá, dos siglos después, podríamos añadir otra medida no menos reveladora: la altura intelectual, ética y cívica de quienes la representan.
España ha conocido gobernantes brillantes y gobernantes mediocres. Fernando VII pasó a la historia con un sobrenombre que ningún manual ha conseguido borrar: el Rey Felón. Su legado quedó asociado a la restauración del absolutismo y a la frustración de las esperanzas liberales de toda una generación.
Mucho más cerca de nosotros, Mariano Rajoy representa, a mi juicio, una de las grandes oportunidades perdidas de nuestra democracia. Hizo de la espera un método de gobierno, de la inacción una estrategia y del silencio una forma de entender la política. Su tiempo en La Moncloa difícilmente será recordado por la audacia reformista o por la capacidad de anticiparse a los desafíos de un país que reclamaba liderazgo, visión y ambición.
Pero sería profundamente injusto confundir a España con algunos de sus dirigentes.
Porque España nunca ha cabido en un despacho oficial ni en el escaño de un Parlamento. España vive en la inteligencia de su gente, en la creatividad de sus artistas, en el rigor de sus científicos, en la vocación de sus maestros, en el trabajo silencioso de millones de ciudadanos que, sin ocupar titulares, sostienen cada día la arquitectura moral y material del país.
España es Cervantes y El Quijote; es Velázquez, Goya y Picasso; es Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández y María Zambrano; es Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa; es Luis Buñuel y Pedro Almodóvar. Es también los miles de investigadores que trabajan lejos del reconocimiento, los sanitarios que sostienen nuestro sistema público, los empresarios que innovan, los agricultores, los trabajadores, los voluntarios y quienes, desde el anonimato, hacen que esta nación sea infinitamente mejor de lo que a veces refleja el escaparate político.
Y, junto a todos ellos, están nuestros deportistas.
Con demasiada frecuencia se contempla el deporte únicamente como espectáculo. Es un error. El deporte es una extraordinaria escuela de valores. Enseña que el talento sin esfuerzo es estéril; que el éxito exige disciplina; que ninguna victoria se construye desde el individualismo; que caer forma parte del camino y levantarse constituye la verdadera grandeza.
Nuestra selección española vuelve a disputar una final del Mundial. No ha llegado por azar ni por inspiración pasajera. Ha llegado porque detrás de cada partido existen miles de horas de entrenamiento, renuncias personales, trabajo colectivo y una confianza inquebrantable en el grupo. Esa es la verdadera lección que ofrece este equipo: cuando el talento se pone al servicio del bien común, los resultados terminan llegando.
Durante noventa minutos desaparecen las diferencias ideológicas, territoriales y sociales. Un país entero contiene la respiración con una misma esperanza. Esa capacidad para compartir una ilusión colectiva también forma parte del patrimonio de una nación.
Por eso deseo —y creo— que España volverá a levantar la Copa del Mundo. No sería únicamente un triunfo deportivo. Sería el reconocimiento al mérito, al esfuerzo y a una forma de entender la competición desde el respeto, el compañerismo y la excelencia.
Los gobiernos pasan. Las legislaturas concluyen. Las polémicas se olvidan. Sin embargo, Cervantes continúa dialogando con el mundo cuatro siglos después; Velázquez sigue asombrando desde el Museo del Prado; Lorca emociona con la misma intensidad con la que escribió sus versos; Ramón y Cajal continúa iluminando la ciencia; nuestros deportistas inspiran cada día a millones de jóvenes con el ejemplo de su sacrificio.
La verdadera grandeza de un país nunca depende exclusivamente de quienes lo gobiernan. Descansa, sobre todo, en la calidad humana de quienes lo construyen cada mañana.
Ahí reside la mejor España. La que crea, la que piensa, la que trabaja, la que investiga, la que educa, la que cuida, la que compite con nobleza y la que nunca deja de creer en sí misma.
Y esa España, la España del esfuerzo, de la cultura, del conocimiento y del deporte, merece volver a celebrar una victoria. Porque cuando un pueblo es capaz de convertir el talento en compromiso y el compromiso en excelencia, ya ha conquistado lo más importante: el respeto a sí mismo.
Ojalá el próximo domingo levantemos la Copa del Mundo. Será la recompensa a once futbolistas. Pero, sobre todo, será el homenaje a un país cuya mayor riqueza nunca ha estado en sus gobernantes, sino en la inmensa calidad de su gente.



