Rusia y Ucrania han vuelto a demostrar que, incluso en una guerra sin perspectivas inmediatas de acuerdo, existen espacios limitados para la negociación. Los dos países intercambiaron este miércoles 103 prisioneros de guerra por cada bando, en una operación en la que los Emiratos Árabes Unidos desempeñaron nuevamente un papel de mediación. El acuerdo constituye uno de los escasos puntos de cooperación que permanecen abiertos entre Moscú y Kiev desde el inicio de la invasión a gran escala en 2022.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, confirmó el regreso de los 103 militares ucranianos y señaló que entre ellos había integrantes de las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional y el Servicio Estatal de Guardia de Fronteras. Algunos habían participado en la defensa de Mariúpol, escenario de uno de los episodios más prolongados y devastadores de la primera fase de la guerra. Otros combatientes habían estado desplegados en distintos sectores de los frentes sur y oriental.
Desde el lado ruso, el Ministerio de Defensa confirmó una operación idéntica: 103 militares rusos fueron entregados a cambio de otros tantos prisioneros ucranianos. Los soldados liberados por Moscú fueron trasladados inicialmente a Bielorrusia, donde reciben asistencia médica y psicológica antes de su repatriación definitiva a Rusia.
La participación de los EAU vuelve a ser significativa. El Ministerio de Defensa ruso atribuyó a Abu Dabi un papel de mediador en la operación, siguiendo el precedente de anteriores intercambios. La diplomacia emiratí se ha consolidado así como uno de los pocos mecanismos capaces de mantener algún contacto operativo entre las partes, aun cuando las negociaciones destinadas a poner fin a la guerra permanecen estancadas.
La dimensión humanitaria del intercambio contrasta con la persistencia de la confrontación militar. Moscú y Kiev continúan combatiendo y permanecen muy alejados de un consenso sobre las condiciones de una eventual paz, pero han conseguido mantener una fórmula de negociación cuando se trata de recuperar a sus combatientes. El resultado es una diplomacia fragmentada: no alcanza para detener la guerra, pero sí para abrir corredores concretos de retorno.
Para las familias, sin embargo, la diferencia entre una negociación limitada y un acuerdo de paz tiene una dimensión profundamente humana. Uno de los militares ucranianos liberados, identificado como Dmytro, relató a Reuters que había pasado tres años en cautiverio y pidió a las familias de quienes todavía permanecen detenidos que no pierdan la esperanza. Otro soldado, Anton Tymofienko, explicó que estuvo 28 meses privado de libertad, prácticamente sin información exterior más allá de las cartas de sus familiares.
La operación tampoco parece ser la última. El jefe de la inteligencia militar ucraniana, Oleh Ivashchenko, anticipó un nuevo intercambio antes de que termine agosto, con la expectativa de recuperar a personas que llevan largos periodos en cautiverio, incluidos combatientes que participaron en la defensa de Mariúpol. Kiev sostiene además que más de 15.000 civiles ucranianos permanecen detenidos en Rusia, mientras que Zelenski había estimado en febrero que unos 7.000 militares ucranianos seguían en cautiverio.
El intercambio de este miércoles deja así una imagen paradójica de la guerra: las armas continúan hablando allí donde la diplomacia de paz no consigue avanzar, pero la diplomacia humanitaria todavía encuentra palabras. Los 206 prisioneros que regresan a sus respectivos países no representan un acercamiento político entre Rusia y Ucrania. Representan algo más modesto, aunque decisivo para sus familias: la posibilidad de volver a casa cuando la paz, por ahora, sigue estando demasiado lejos.



