Venga, venga, vamos…
Ni más ni menos que la Plaza Virgen de los Reyes.
Uno de los enclaves patrimoniales, históricos y turísticos más sensibles de Sevilla. A los pies de la Giralda y junto a la Catedral, en uno de esos espacios que forman parte de la imagen universal de nuestra ciudad.
Pues este jueves 17 de septiembre la plaza apareció rellenita de mesas, cajas, carretillas y operarios. Todo preparado para que, llegada la noche, aquel extraordinario espacio público se transformara en escenario del vigésimo aniversario de los Premios Escaparate.
Y uno empieza a preguntarse cosas.
Porque la Plaza Virgen de los Reyes no pertenece al alcalde, ni al Gobierno municipal, ni a una revista, ni a una empresa, ni a quienes tengan capacidad para organizar una cena rodeados de invitados ilustres.
Pertenece a Sevilla.
¿Promocionar Sevilla o utilizar Sevilla?
Una cosa es que el Ayuntamiento facilite acontecimientos culturales, sociales o económicos que acrediten un interés público y proyecten nuestra ciudad.
Y otra diferente es que uno de nuestros espacios patrimoniales más extraordinarios pueda convertirse temporalmente en privilegiado salón de celebraciones para una iniciativa privada.
No discutimos quién recibe los premios ni quién se sienta a la mesa. Discutimos algo bastante más importante: qué criterios utiliza el Ayuntamiento para decidir quién puede ocupar un espacio público de semejante valor.
Porque el alcalde administra Sevilla.
No es su propietario.
¿Puede cualquier empresa sevillana solicitar mañana la Plaza Virgen de los Reyes para celebrar una cena? ¿Puede hacerlo una asociación de vecinos? ¿Una entidad cultural? ¿Una pequeña empresa de cualquier barrio?
¿Cuáles son las condiciones? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué informes se requieren? ¿Quién autoriza? ¿Qué contraprestación obtiene Sevilla?
Son preguntas legítimas y deberían tener respuestas sencillas:
permisos, criterios y cuentas.
Nada más. Y nada menos.
De Sacyr a Virgen de los Reyes
Resulta inevitable recordar otro episodio del mandato municipal.
En diciembre de 2023 se celebró en el antiguo convento de Santa Clara una copa navideña para trabajadores de la Gerencia de Urbanismo financiada por Sacyr, empresa concesionaria vinculada al complejo de las Setas. El asunto generó una importante controversia política y posteriormente llegó a la Fiscalía.
No hace falta exagerar nada. Basta preguntarse qué modelo de relación entre lo público y lo privado se está consolidando.
Y ahora llegamos prácticamente al final del mandato contemplando otra fotografía: la Plaza Virgen de los Reyes convertida durante unas horas en escenario de una gala privada, con presencia institucional de la Junta de Andalucía y de su presidente.
Colaborar con la iniciativa privada puede ser legítimo y beneficioso.
Pero colaborar no es privilegiar.
Y promocionar Sevilla no debería significar poner Sevilla a disposición de unos pocos.
También hablamos del dinero de todos
Porque no hablamos solamente de nuestro patrimonio histórico, artístico y monumental.
Hablamos también de nuestro patrimonio económico.
Cuando se apagan los focos y desaparecen las mesas quedan preguntas bastante menos glamurosas:
¿Quién paga todo esto? ¿Cuánto cuesta realmente?
¿Qué parte corresponde a la organización privada? ¿Ha existido alguna aportación económica o material de las administraciones? ¿Qué servicios municipales participaron? ¿Cuántos operarios y cuántas horas? ¿Limpieza, seguridad, movilidad, mantenimiento o apoyo técnico? ¿Quién paga esos servicios?
No afirmamos que esos gastos hayan sido soportados por el Ayuntamiento. Precisamente preguntamos quién los ha soportado y cuánto han costado.
Si todo ha sido abonado por la organización, magnífico: que se publique.
Si hubo recursos municipales o de la Junta, que se detallen.
Porque la transparencia no consiste en decir que todo es transparente.
La transparencia consiste en enseñar las cuentas.
Sevilla permanece
Mientras unos celebran, otros trabajan para que, terminada la fiesta, aquello vuelva a quedar limpito, recogido y dispuesto para recuperar la imagen de siempre.
Y quizá ahí esté la cuestión.
Los gobiernos terminan.
Los alcaldes pasan.
Las fotografías envejecen.
Pero Sevilla permanece.
La Giralda seguirá allí cuando ninguno de nosotros esté y la Plaza Virgen de los Reyes continuará perteneciendo a generaciones de sevillanos que todavía no han nacido.
Un alcalde puede tener durante cuatro años las llaves del Ayuntamiento.
Pero no tiene las escrituras de Sevilla.
Sevilla no necesita propietarios. Necesita servidores públicos.
Sevilla no es un decorado.
Sevilla no es un salón de celebraciones.
Y Sevilla no es el cortijo de nadie.
Su patrimonio —histórico, artístico y también económico— merece respeto, igualdad de trato, transparencia y cuentas claras.
Así que, excelentísimo señor alcalde, viendo algunas de las estampas con las que va terminando este mandato y cómo está quedando con esta gran ciudad y con sus ciudadanos, solo queda una última pregunta.
Sin tecnicismos.
Sin ordenanzas.
Sin expedientes.
Y profundamente sevillana…
¿Por qué no te quedaste en Tomares, mi arma?



