Entrenamientos, equipaciones, cuotas, gasolina, desplazamientos y fines de semana condicionados por un balón. Detrás de cada niño o niña que juega al fútbol hay muchas veces una familia que también disputa su propia temporada.
Decir que el fútbol levanta pasiones no es descubrir nada nuevo. Pasiones que, además, pueden conseguir que durante 90 minutos dejes incluso de ser la persona que eres habitualmente.
Antes de seguir, tengo que confesar algo para quienes todavía no me conocen: soy muy, pero que muy futbolera. Lo llevo en el ADN. Y puede que la genética haya tenido algo que ver en que mis hijos hayan salido incluso más futboleros que su madre.
A muchísimos niños les encanta el fútbol: jugar en el patio del colegio, ir a ver a su equipo, echar un partido con los amigos… Ya no digo jugar en la calle porque, en muchos casos, eso se ha cambiado por jugar al FIFA en la Play. Pero ese asunto da para otro artículo.
El problema —o la aventura— empieza cuando un día te dicen: «Mamá, quiero jugar en un equipo».
Como aceptes, prepárate: tu vida social acaba de entrar también en competición.
Y no hablo de si practicar deporte es positivo. Por supuesto que lo es. Aprenden a jugar en equipo, adquieren disciplina, conocen el compromiso, asumen responsabilidades y viven valores que difícilmente se enseñan de la misma manera fuera de un vestuario. Además, cuando llega la adolescencia, también supone dedicar muchas horas a una actividad saludable y alejarse de otras compañías o ambientes menos recomendables.
Yo quiero hablar de otra cosa: del papel de las madres y los padres que estamos detrás.
Cuando tu hijo entra en un equipo de fútbol, de alguna manera toda la familia entra también en competición
Lo primero es hacer números.
Empiezas con las equipaciones que, sí o sí, va a necesitar durante la temporada. Normalmente se renuevan cada dos años, aunque este año tanto el equipo de mi hijo como el de mi hija han decidido cambiarlas. Ropa de entrenamiento, ropa de paseo y dos equipaciones de partido para jugar como local o visitante. La broma puede rondar los 250 euros. A eso hay que sumar botas y espinilleras.
Después llega la cuota del club, que puede ser mensual, trimestral o anual. Depende de cada entidad, pero al terminar la temporada fácilmente puedes haber superado otros 300 euros.
Cuando crees que ya tienes controlados los gastos, comienzan los entrenamientos. Y poco después, la liga.
Dependiendo de la categoría, pueden empezar a primeros de septiembre, lo cual no está nada mal. Mi hija, que ya juega en categoría juvenil, comenzó a entrenar el 18 de agosto.
Sí, has leído bien. Un 18 de agosto a las seis y media de la tarde. En Sevilla. Con toda «la fresquita».
Pero ¿qué vamos a hacer los padres si ya hemos entrado en este mundo?
Pongo el ejemplo de mis hijos. Mi hija juega en el juvenil del Dos Hermanas y entrena dos días a la semana durante dos horas. Nosotros vivimos en Mairena del Aljarafe, así que para llevarla tengo que cruzar el siempre imprevisible puente del Quinto Centenario.
Cada vez que salgo de casa casi rezo para que no haya atasco y los aproximadamente 30 minutos de trayecto no terminen convirtiéndose en una hora.
Si se te dan bien las matemáticas, empieza a sumar.
Porque el trayecto es de ida y vuelta y, como no vivimos cerca, no tiene sentido regresar a casa. Así que toca quedarse allí mientras entrena. Ahora pasando calor y dentro de unos meses, frío. El campo, además, no tiene una cubierta en la grada que haga algo más llevadera la espera a esos sufridos padres y madres.
Y durante la pretemporada llegan también los amistosos.
De momento he tenido suerte porque con ella todavía no me ha tocado desplazarme demasiado lejos. El último rival, de hecho, venía desde Huelva. El partido anterior también lo jugamos en casa, a las once de la mañana, y en la grada había más sombrillas de playa y paraguas que en algunas terrazas de verano.
Decir que aquello servía para pasar un poco menos de calor es ser optimista. El calor era insoportable.
Al final, lo que más invertimos las familias futboleras no es dinero: es tiempo.
Y ahora llega la liga de verdad.
El entrenador publica la convocatoria en el grupo de WhatsApp de las familias: jugadoras convocadas, lugar del partido y hora de llegada. Si el encuentro comienza a las once de la mañana, pueden tener que estar allí una hora y cuarto antes.
Después viene el partido, el descanso, el tiempo añadido y, cuando termina, la ducha y el cambio de ropa antes de regresar a casa.
Si el partido es como local, ya he contado cuánto puedo tardar en llegar. Pero evidentemente no todos los encuentros se juegan en casa.
Y ahí comienza el turismo futbolístico provincial.
En todos los años que lleva jugando mi hija, pocas veces hemos tenido la suerte de compartir grupo con equipos de nuestro entorno. Así que cada temporada volvemos a recorrer buena parte de la provincia: Estepa, Marchena, Écija, Osuna… Son ya auténticos clásicos familiares.
Vuelve a coger la calculadora y suma los kilómetros y las horas necesarias para llegar desde Mairena del Aljarafe.
Al final hablamos de tiempo —para mí, lo más valioso de todo— y de dinero: equipaciones, material deportivo, cuotas, gasolina y todos esos pequeños gastos que se van acumulando durante la temporada.
En mi caso, además, son dos futbolistas.
La diferencia es que mi hijo juega en el Mairena y sus entrenamientos me quedan mucho más cerca. Pero el compromiso, el tiempo y los gastos siguen estando ahí.
Y quiero dejar algo claro: esto no es una protesta.
Es simplemente una forma de hacer visible el sacrificio que realizamos muchas madres y padres para que nuestros hijos puedan practicar el deporte que les apasiona.
Renunciamos a una parte importante de nuestro tiempo de ocio. Organizamos fines de semana, comidas, viajes, cumpleaños y planes familiares mirando antes el calendario de partidos. Hay sábados y domingos en los que el fútbol decide a qué hora sales de casa y prácticamente a qué hora vuelves.
Y yo no me arrepiento.
Porque también está la otra parte.
Ver cómo se concentran antes de empezar. Cómo compiten. Cómo aprenden. La alegría de dar un pase de gol. Ese momento en el que ella o él marcan. Las dedicatorias cuando celebran un gol y buscan con la mirada hacia la grada.
También están las derrotas, los enfados, los partidos en los que toca calentar mucho banquillo y aquellos otros en los que terminan tan agotados que casi no sienten las piernas.
Todo eso también educa.
No me importa el resultado. Quiero que algún día miren atrás y recuerden que fueron felices jugando al fútbol.
Porque, al final, lo único que les pido tanto a mi hijo como a mi hija es que sean felices, que disfruten y que aprendan partido a partido. Que entiendan que unas veces se gana y otras se pierde. Que no siempre se juega todo lo que uno quiere. Que hay que saber celebrar, pero también levantarse después de una derrota.
Y, sobre todo, espero que cuando sean mayores y miren hacia atrás recuerden estos años con una sonrisa y sepan valorar el esfuerzo que hubo detrás para que ellos pudieran vivirlos.
Y termino con una confesión.
Si algún día me ves en un partido, sí, soy de las madres animadoras. De las que se escuchan desde la grada. Y si tengo que decirle al árbitro que aquello era falta, se lo digo —con respeto, eso sí—.
Porque cuando juegan mis hijos durante un rato dejo de ser Rocío Espinosa.
Soy la madre del número 7, Ale.
Y la madre de la número 11, Rocío.
Y reconozco que me encanta serlo.



