Filósofo, instructor de mindfulness y estudioso de la tradición budista, Alejandro Moreno Durán ha trabajado durante años en ámbitos educativos, sanitarios y sociales. Una de las experiencias que más profundamente marcó su trayectoria tuvo lugar en la prisión de Huelva. Allí descubrió que detrás del delito seguían existiendo personas, familias, miedos y sufrimiento. De aquel trabajo nació también Libertad en prisión, un cortometraje realizado con internos y premiado en el Festival de Cine de Daroca.
Hay experiencias profesionales que terminan convirtiéndose en experiencias vitales. A Alejandro Moreno Durán le ocurrió al atravesar por primera vez las puertas de la prisión de Huelva.
Llegó con miedo. Reconoce que incluso esperaba encontrarse con «monstruos». Después de pasar los controles, entrar en el patio y comenzar a estrechar la mano de los internos, aquella imagen empezó a derrumbarse.
«Eran internos, pero ante todo eran seres humanos».
Moreno llevaba años estudiando precisamente aquello que iba a encontrar entre aquellos muros: la mente, el sufrimiento, el miedo y nuestra capacidad para gestionar las emociones. Su trayectoria académica y profesional ha transitado por la Filosofía, la Teología, la tradición budista y el mindfulness, que imparte desde hace más de una década.
En la prisión de Huelva participó en un estudio sobre la eficacia del mindfulness entre personas privadas de libertad, con apoyo de la Universidad de Zaragoza. De aquella experiencia surgió además el cortometraje Libertad en prisión, realizado con internos y galardonado en el Festival de Cine de Daroca en 2021. Markdown pegado
Pero si algo permanece en su memoria no son los reconocimientos. Son las personas que conoció allí.
Hablamos con él de libertad y culpa, de castigo y reinserción, de la dignidad de quien ha cometido un delito y también de las víctimas. Y terminamos hablando de nosotros mismos: de una sociedad que nunca había dispuesto de tantos medios para vivir mejor y que, sin embargo, parece tener cada vez más dificultades para vivir en paz consigo misma.
«A veces buscamos fuera respuestas que quizá solo podemos encontrar dentro»
P. Tu trayectoria es bastante singular. Has estudiado Filosofía, Teología y budismo y llevas años dedicado al mindfulness. ¿Qué buscabas cuando comenzaste ese recorrido? ¿Encontraste lo que buscabas?
R. Si te soy sincero, no sé exactamente qué buscaba. Simplemente tenía la necesidad de buscar, de entender qué es la vida, qué sentido tiene, por qué sufrimos… Las preguntas trascendentales clásicas. En cuanto a si encontré lo que buscaba, te respondería con una frase del budismo zen que me marcó y me acompaña en el día a día: «No hay nada que buscar, porque no hay nada que encontrar».
P. ¿Cuándo sentiste la necesidad de pasar de la reflexión intelectual a la experiencia práctica?
R. Nuestra capacidad de razonar es lo que nos diferencia del resto de los animales, pero hay momentos en los que te das cuenta de que estás en un bucle intentando razonar cosas que quizá no tengan respuesta. Nos pasa cuando tenemos un problema que nos desequilibra por completo, incluso cuando ese problema todavía no existe porque estamos anticipando una situación que quizá nunca ocurra.
Mi clic se produjo cuando estudiaba en la Universidad. Tuve una asignatura de pensamiento oriental y empecé a reflexionar sobre personas que viven en países con recursos muy limitados y que, sin embargo, sonríen, mientras nosotros, en la sociedad occidental, parecemos estar casi siempre enfadados.
Comencé a explorar aquello y descubrí que, practicando la atención plena y observando lo que ocurre en el cuerpo y en la mente, poco a poco me sentía más tranquilo y centrado. Comprendí que la mente también puede entrenarse. Igual que entrenamos el cuerpo mediante el ejercicio, podemos aprender a regular nuestras emociones.
P. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información, la tecnología y las comodidades. Sin embargo, ansiedad, frustración y sensación de vacío están muy presentes. ¿Confundimos vivir mejor con vivir más felices?
R. Totalmente. Nuestra mente necesita espacios. Este exceso de información provoca ruido y más ruido. Estamos instalados en la mente del «tengo que», una mente que nunca se sacia. Buscamos constantemente la felicidad a través de las redes sin comprender que quizá ahí no se encuentra; que, si existe, probablemente tengamos que buscarla también en nuestro interior.
P. El mindfulness se ha convertido incluso en un producto de consumo. ¿Se está banalizando una práctica con raíces filosóficas y espirituales profundas?
R. Sin duda. Solo hay que observar su publicidad. Hay anuncios que venden felicidad, fortaleza y soluciones para prácticamente todo. Estamos banalizando una práctica procedente de la filosofía sapiencial que, en realidad, puede ayudarnos a surfear la vida: intentar mantenernos sobre sus grandes olas y, cuando caemos, aprender a levantarnos.
«Creía que iba a encontrarme monstruos. La gran noticia es que eran personas»
P. Hay una experiencia de tu trayectoria que consideras una de las más enriquecedoras de tu vida: tu trabajo en la prisión de Huelva. ¿Por qué te marcó tanto?
R. Cuando llegas a un lugar con tanto sufrimiento crees que tú vas a enseñarles algo. Para mí, sin embargo, el mayor aprendizaje fue verme a mí mismo, mirarme directamente a la cara y descubrir mis prejuicios y mis ideas preconcebidas.
P. Llévanos a tu primer día. ¿Qué sentiste cuando atravesaste aquellas puertas?
R. Me temblaban las piernas. No sabía qué iba a encontrarme. Vas atravesando los diferentes controles y, cuando sales al patio principal, notas que algo ha cambiado. Parece que el tiempo se ha parado. Recuerdo una calma muy vasta, muy espesa.
Los funcionarios me explicaron que dentro de la prisión existen códigos que hay que respetar, como mantener determinados espacios o no tocar a los internos. Para mí fue un choque porque quería presentarme y darles la mano uno a uno. Y lo hice.
Entonces comprendí algo: sí, eran internos, pero ante todo eran seres humanos.
Antes de conocerlos creía que iba a encontrarme monstruos. La gran noticia fue descubrir que eran personas.
P. ¿Cómo reaccionaron cuando llegaste proponiéndoles meditar y observar sus emociones?
R. Me acogieron desde el primer momento con mucha calidez, respeto y cariño.
En la primera sesión siempre explicaba que yo no pertenecía al sistema penitenciario, que mi trabajo era totalmente altruista y que participar en el programa no supondría ningún beneficio penitenciario. Era completamente voluntario.
Nunca percibí rechazo hacia el programa ni hacia mí. Además, el protocolo que utilizaba, MBSR, está muy estructurado. Tiene una parte práctica, pero también otra en la que explicamos cómo funciona la mente, las emociones y determinadas respuestas psicológicas.
P. Cuando empezaste a conocer sus historias, ¿cambió tu forma de mirar a quienes habían cometido un delito?
R. Tuve que cambiar el guion. En el primer grupo, quizá movido por cierta curiosidad morbosa, conocí los delitos que habían cometido. Y aquello hizo que sintiera rechazo hacia algunas personas.
Me estaba generando un sufrimiento innecesario.
Hablé con los funcionarios y les pedí que, hasta finalizar el programa con cada grupo, no quería relacionar a las personas con sus delitos.
Entonces cambió todo.
Ya no eran delincuentes. Eran personas.
P. ¿Hubo algún momento que todavía recuerdes especialmente?
R. Sí. En una sesión me di cuenta de que el grupo no estaba entendiendo lo que intentaba explicar sobre las diferentes reacciones ante el estrés: cuándo el peligro es real y cuándo el peligro que detectamos es imaginario.
Paré y volví a explicarlo con otras palabras y otros gestos.
Entonces uno de los internos, que acumulaba una condena larga, dijo que si alguien le hubiera explicado aquello antes probablemente no estaría en prisión.
Jamás olvidaré esa frase. Cada vez que explico estas cosas me recuerda la enorme responsabilidad que implica enseñar.
P. Siempre hablamos de lo que un profesional puede enseñar en prisión. Hagamos la pregunta al revés: ¿qué te enseñaron ellos?
R. Que detrás de cada interno existe una persona. Y que detrás de esa persona suele haber una familia que la sostiene y que también sufre las consecuencias de la prisión. Y está además el peso de la propia conciencia, dependiendo del delito cometido, que puede terminar siendo la peor de las condenas.
«¿Puede ser libre alguien que está encerrado?»
P. ¿Llegaste a comprobar cambios reales entre quienes participaron en el programa?
R. Sí. Aquel interno que dijo que, de haber conocido antes determinadas herramientas, quizá no habría acabado en prisión salió y creo que consiguió reconstruir su vida.
Además, pudimos constatar entre quienes realizaron el programa una bajada considerable del consumo de ansiolíticos y una mayor capacidad de control emocional e incluso de la ira en determinadas situaciones. Habían aprendido a detenerse y observar las posibles consecuencias de un comportamiento inadecuado.
P. De aquella experiencia nació Libertad en prisión. ¿Qué significa esa aparente contradicción?
R. La idea está inspirada en Viktor Frankl y El hombre en busca de sentido. Frankl habla de esa última libertad que conserva el ser humano incluso cuando le han arrebatado todo: poder elegir su actitud ante las circunstancias.
Y eso se puede entrenar.
P. ¿Puede alguien privado de libertad sentirse interiormente más libre que una persona que vive fuera de la cárcel?
R. Sin duda. Muchas veces me he preguntado si quienes estamos fuera somos realmente libres o si también somos prisioneros de nuestras circunstancias: la familia, el trabajo o la falta de trabajo, la hipoteca, no poder comprar una vivienda… Habrá quien diga que eso es libertad, pero yo tengo mis dudas.
P. Entonces, ¿también vivimos rodeados de cárceles sin barrotes?
R. Efectivamente. Muchos vivimos prisioneros de nosotros mismos. Pensemos solamente en el miedo. ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por miedo o por pensar qué dirán los demás?
P. ¿Qué querías que descubriera el espectador de Libertad en prisión?
R. Quería transmitir un mensaje de esperanza. Cuando escuchas hablar en el cortometraje a esas personas comprendes que también tienen muchas cosas que decir. El ser humano, cuando recibe cosas aparentemente tan sencillas como una mano tendida y una escucha verdaderamente empática, puede aparecer en todo su esplendor.
«Las caras con más miedo eran las de quienes iban a salir después de muchos años»
P. La Constitución establece que las penas privativas de libertad deben orientarse hacia la reeducación y la reinserción. Después de tu experiencia, ¿crees que nuestras prisiones cumplen realmente esa función?
R. No. Solo hay que observar el porcentaje de personas que, después de cumplir condena, terminan regresando a prisión. En países como Noruega, con sistemas penitenciarios menos basados en el castigo, la reincidencia es bastante menor.
P. La sociedad reclama castigos severos ante determinados delitos. ¿Sabemos distinguir entre condenar un delito y negar para siempre la dignidad de quien lo cometió?
R. Creo que hay que condenar proporcionalmente al delito y conforme a lo que establece la ley.
Pero pensemos en alguien que ha pasado veinte años en prisión por un delito muy grave. Cuando sale tiene muchísimo miedo. Lo ha perdido prácticamente todo: habilidades sociales, familia, amigos… Reinsertarse resulta tremendamente difícil.
Las caras con más miedo que vi en prisión eran precisamente las de personas que iban a salir después de condenas muy largas.
P. Pero existen también víctimas que han sufrido daños irreparables. ¿Cómo defendemos la reinserción sin olvidar su derecho a la justicia y la reparación?
R. Es algo que me he preguntado muchas veces. Me hizo reflexionar el documental de Michael Moore ¿Qué invadimos ahora? Hay una parte dedicada al sistema penitenciario noruego en la que entrevista al padre de una de las víctimas de la matanza de Utøya de 2011.
Aquel padre explica por qué, pese al asesinato de su hijo, defiende que el responsable reciba un trato digno y no busca venganza. Refleja una confianza muy profunda en su sistema de justicia.
Creo que es algo sobre lo que deberíamos reflexionar.
P. ¿Qué importancia tienen la educación emocional, la salud mental y el acompañamiento psicológico para reconstruir una vida?
R. Son fundamentales, y no solamente para alguien que ha pasado por prisión. Lo son para afrontar cualquier contingencia que nos presenta la vida.
La educación emocional empieza a trabajarse en algunos colegios y creo que puede ayudar a que esos niños sean mejores ciudadanos, con mayor empatía y solidaridad.
P. ¿De qué sirve trabajar la transformación de una persona dentro de prisión si, cuando sale, la sociedad vuelve a cerrarle las puertas?
R. Una vez trabajé con un grupo cuyos integrantes habían cometido delitos tremendamente graves. Le pregunté a una funcionaria qué sentido tenía que yo estuviera allí trabajando con aquellas personas.
Me respondió: «Si conseguimos que uno de ellos no vuelva a hacerlo, ya habremos dado un gran paso».
«El mindfulness no puede convertirse en un anestésico social»
P. Hoy se nos invita constantemente a gestionar nuestras emociones, ser resilientes y encontrar la paz interior. ¿Cómo se pide serenidad a quien no puede pagar el alquiler o no llega a final de mes?
R. Vuelvo a Viktor Frankl. Podemos escoger nuestra actitud ante nuestros problemas. Si conseguimos equilibrar y gestionar nuestras emociones estaremos en mejores condiciones para afrontar esos desafíos, incluso para aceptar que alguno de ellos puede no tener solución.
P. ¿Existe el riesgo de que determinadas prácticas de bienestar sirvan para enseñar a soportar situaciones injustas en lugar de cuestionarlas?
R. Cuando comencé a impartir cursos en empresas, alguien me dijo que estaba colaborando con el sistema, narcotizando a los trabajadores para que soportaran cualquier forma de explotación sin protestar.
Yo había vivido una etapa en la que me levantaba para ir a trabajar y sentía incluso náuseas mientras me arreglaba. Pensé que si conseguía que una persona pudiera acudir a su trabajo con una actitud más positiva, mi misión habría tenido sentido.
P. En tu trayectoria aparecen también la compasión y la tradición budista. ¿Qué significa realmente la compasión?
R. Culturalmente solemos entenderla como «qué pena me da», pero aquí tiene un significado completamente diferente.
Consiste en tomar conciencia del sufrimiento de la otra persona y también del propio para poder escuchar con empatía.
Todos los individuos son importantes y merecen respeto y dignidad.
P. Trabajas también en educación. ¿Estamos formando a los jóvenes para pensar críticamente y convivir o fundamentalmente para competir?
R. Se están haciendo cosas, pero todavía muy pocas. Vivimos en una sociedad tremendamente polarizada y, cuando se plantean determinados temas, enseguida aparece alguien hablando de «adoctrinamiento» en sentido peyorativo.
Pero creo que no hacer nada para potenciar el pensamiento crítico también es una forma de adoctrinamiento.
«El gran transformado fui yo»
P. Después de tantos años enseñando a otras personas a observar sus pensamientos y emociones, ¿qué has aprendido de tus propias contradicciones?
R. He aprendido a aceptar que soy una contradicción total y a ser flexible con ello. Soy un ser humano, con todos mis defectos y mis virtudes. Intento contemplarlo con cariño y flexibilidad.
P. Si pudieras regresar hoy a la prisión de Huelva y sentarte nuevamente frente a aquellos internos, ¿qué les dirías?
R. En realidad he tenido esa oportunidad. Algunos internos que ahora están en tercer grado y se encuentran en un Centro de Inserción Social pidieron que fuera allí a impartir nuevos programas porque los anteriores les habían ayudado.
Fue muy bonito y emocionante regresar y comprobar el cariño y el respeto con el que me recibieron.
Creo que les diría que vuelvan a creer en su condición humana, con todos sus defectos y sus virtudes.
P. Cuando recuerdas aquella experiencia, ¿quién salió más transformado de la prisión de Huelva: los internos o tú?
R. Sin duda, aunque quizá esté feo decirlo, creo que el gran transformado fui yo. Aprendí tanto de mis propias contradicciones que aquella experiencia marcó un antes y un después en mi vida.




