A menudo, entre las prisas, me detengo unos segundos a observar a quienes vienen tantas veces como pueden o, por primera vez, por curiosidad o por diversión, por religión, por adentrarse en la naturaleza inquietante pero sosegada de Doñana, o buscando la mirada paciente de la Virgen del Rocío. Quizás les muevan conocer a personas desconocidas, costumbres, experiencias, respuestas; incluso es posible que solo un selfi.
Me extraña quienes toman la decisión de cruzar incluso fronteras, convencer al que le acompaña para venir al Rocío, a Doñana, a sus costumbres.
Incluso aún hay quien pregunta: ¿Dónde están los famosos?
¡Porque El Rocío tiene de todo!
Da respuesta a quien pregunta.
Enseña a quien busca.
La naturaleza asoma a sus miradas asombradas por tanta belleza. Hasta en invierno, sus colores y el cristal de sus aguas calman todo estrés que traen de la ciudad forasteros de doquier.
Encandilados por la luz de Huelva, por el calor de sus mediodías, por el paisaje impactante de sus calles de arena.
«¿Y por qué son de arena?», me preguntan. «Estamos EN DOÑANA», les digo yo. No cerca ni enfrente, ni en el entorno. El medio natural no debe cambiar la mirada de quien levanta la vista hacia la marisma, hacia el lugar.
Esa marisma que hay que saber ver es todo un espectáculo, incluso con su tierra árida y agrietada. Es un ciclo vital y necesario. Con las nuevas lluvias, darán agua purificada a la fauna que allí habita.
Personas que ponen todos los sentidos en aprender de tan hermoso lugar. Abrazan los momentos y los paisajes, para recordarlos en algún segundo de su rutina urbana.
Son turistas cuando llegan al Rocío, pero son muy rocieros cuando se marchan para sus pueblos.
Los locales (panzurrinos) acogen con agrado y gratitud a todo aquel que entra en la Aldea del Rocío, enseñándoles las posibilidades que tienen para distraerse en su estancia.
Y es que hay mucho que explicar, que difundir, para hacer nuevos rocieros, para que conozcan nuestra tierra, costumbre, todo a lo que tanto amamos y que tenemos que cuidar.
A menudo, cuando veo a estas personas llegar por primera vez, me recuerdan a todos los que fuimos rocieros por primera vez, a los niños lugareños o del entorno.
Y es que lo que se conoce, se ama. Lo que se ama, se cuida y perdura en el tiempo.
¿Os venís a la Doñana rociera conmigo?
Salud Pérez-Lepe



