La fiesta de origen anglosajón se ha instalado definitivamente en España, pero los episodios de violencia y las convocatorias de Blocus para este 31 de octubre amenazan con convertir una noche de diversión en una jornada de preocupación. La tragedia ferroviaria de Urda invita, además, a vivir estos días con especial sensibilidad hacia quienes atraviesan momentos de dolor.
Halloween ha llegado a España para quedarse. Nos guste más o menos, lo cierto es que aquella celebración que durante años veíamos en las películas estadounidenses forma ya parte del calendario de muchas familias españolas. Los escaparates se llenan de calabazas, los colegios organizan actividades, los niños preparan sus disfraces y los jóvenes encuentran una nueva excusa para salir a divertirse.
Las generaciones más mayores siguen mirando esta fiesta con cierto recelo. No es extraño. Durante décadas, en España el final de octubre y el comienzo de noviembre han estado vinculados al Día de Todos los Santos y al Día de los Difuntos, jornadas de recuerdo, visitas a los cementerios y homenajes a quienes ya no están. Tradiciones muy diferentes de las calabazas, los disfraces y el popular «truco o trato» que ahora recorren nuestras calles.
Pero las costumbres evolucionan y tampoco tendría demasiado sentido librar una batalla contra una celebración que buena parte de la sociedad, especialmente los más jóvenes, ha incorporado con naturalidad. Halloween puede ser una oportunidad para que los pequeños disfruten, las familias compartan momentos especiales y los establecimientos desarrollen actividades. El problema aparece cuando algunos confunden el miedo de mentira con el terror de verdad.
Y no hablamos de una preocupación imaginaria.
Cuando la diversión se convierte en violencia
En los últimos años, distintas ciudades españolas han registrado incidentes durante la noche de Halloween que poco tienen que ver con los disfraces o las bromas infantiles. Vandalismo, daños al mobiliario urbano, robos, agresiones y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad han obligado a desplegar dispositivos policiales específicos.
Andalucía conoce bien esta realidad. En Sevilla, la noche de Halloween de 2022 terminó con la detención de 18 menores en un contexto de altercados. Dos años después, en 2024, la Policía Nacional detuvo a otros dos menores por sendas agresiones sexuales denunciadas en Sevilla y Dos Hermanas, mientras interceptaba grupos de adolescentes que mostraban actitudes violentas en distintas zonas de la capital.
Ese mismo año, en Málaga, la Policía Local detuvo a cuatro menores durante las celebraciones. Tres de ellos, de 13 años, por daños en papeleras y una furgoneta. El cuarto, de 17 años, estaba relacionado con un robo con violencia y, según la información policial, intentó agredir a un agente.
Son hechos concretos que no permiten criminalizar a toda una generación, pero que tampoco deberían minimizarse. La inmensa mayoría de los jóvenes sale para disfrutar de una noche diferente. Sin embargo, basta con que unos pocos decidan actuar violentamente para que una celebración termine convirtiéndose en una pesadilla para comerciantes, vecinos y familias.
Blocus y la amenaza de una noche de disturbios
Este año, además, la preocupación se ha intensificado por la aparición de convocatorias difundidas bajo el nombre de Blocus, una denominación vinculada originalmente a las movilizaciones estudiantiles francesas y que ahora utilizan diferentes perfiles anónimos en redes sociales.
La alarma no nace únicamente de unos mensajes publicados en internet. El pasado 24 de octubre, Barcelona sufrió graves disturbios que terminaron con más de 120 detenidos, muchos de ellos menores de edad, comercios saqueados, incendios y agentes heridos. Las movilizaciones habían sido promovidas a través de redes sociales y aplicaciones de mensajería.
Ahora, distintas cuentas que utilizan la marca Blocus han difundido nuevas convocatorias para este 31 de octubre, coincidiendo con Halloween. Madrid, Barcelona, Bilbao y varias localidades andaluzas, entre ellas Málaga, Fuengirola, Marbella y Algeciras, aparecen en los mensajes detectados.
Algunas publicaciones presentan las concentraciones como protestas juveniles relacionadas con la vivienda, la educación o las condiciones de vida. Otras, sin embargo, van mucho más lejos y contienen llamamientos a cometer saqueos, atacar establecimientos o acudir con el rostro oculto.
Conviene precisar que no está acreditada la existencia de una organización única que controle todas estas convocatorias, ni puede darse por hecho que todas vayan a celebrarse o que desemboquen en actos violentos. Pero tampoco se trata de mensajes que puedan ignorarse.
La Policía Nacional y la Guardia Civil mantienen la vigilancia sobre las redes sociales y los dispositivos de seguridad previstos para Halloween en Andalucía. La inquietud entre comerciantes y ciudadanos es comprensible, especialmente después de lo ocurrido en Barcelona.
Y aquí es donde debemos hacernos una pregunta: ¿en qué momento hemos permitido que una noche pensada para jugar a dar miedo se convierta, para algunos, en una oportunidad para sembrarlo de verdad?
Las reivindicaciones sociales son legítimas. Los jóvenes tienen derecho a protestar, a exigir mejores oportunidades y a expresar su descontento. Lo que no tiene justificación es utilizar esas demandas como coartada para destrozar negocios, robar o agredir. Detrás de cada escaparate roto puede haber una pequeña empresa, una familia y años de trabajo. Ninguna causa se defiende sembrando el miedo entre quienes nada tienen que ver con aquello que se reclama.
Una celebración que también debe dejar espacio al recuerdo
Halloween seguirá celebrándose. Los niños continuarán disfrazándose de fantasmas, brujas y monstruos, y muchas familias disfrutarán de una noche diferente. Y así debería ser. No hay nada de malo en incorporar nuevas costumbres siempre que no olvidemos las nuestras y, sobre todo, que mantengamos el respeto y la convivencia.
Pero este año España llega a estas fechas con el corazón especialmente encogido.
El accidente ferroviario ocurrido el pasado 28 de octubre en Urda, Toledo, entre dos trenes de alta velocidad, ha dejado numerosas víctimas mortales, heridos y familias destrozadas. Una tragedia que ha golpeado profundamente a nuestro país y de manera especial a Andalucía, vinculada directamente con la línea ferroviaria afectada.
Mientras unos preparan sus disfraces y otros organizan sus celebraciones, hay familias que afrontan los días más difíciles de sus vidas. Hogares donde este año no habrá fiesta, porque faltará alguien a quien nunca se esperaba perder.
No se trata de prohibir la alegría ni de imponer el duelo a quienes desean disfrutar de Halloween. Se trata de no perder la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno.
El 1 de noviembre celebraremos Todos los Santos y el día 2 recordaremos a nuestros difuntos. Son fechas que nos invitan a mirar más allá del ruido, de las fiestas y de las redes sociales.
Disfrutemos de Halloween con nuestros pequeños, permitamos que se disfracen y que sigan creyendo que el miedo es algo que desaparece cuando se quita una máscara. Pero no olvidemos que hay un miedo que no es un juego, el de quienes sufren la violencia, y un dolor que no desaparece al amanecer, el de quienes han perdido a sus seres queridos.
Y cuando llegue el Día de los Difuntos, dediquemos una oración, un pensamiento o unos minutos de silencio a todos aquellos que ya no están. Este año, muy especialmente, a las víctimas del accidente de Urda y a sus familias.
Porque las fiestas pasan, los disfraces se guardan y las luces se apagan. Pero el respeto por la vida y la memoria de quienes nos dejaron nunca debería desaparecer.



