Hay una hora extraña en muchos pueblos de Andalucía. Suele llegar entre las cuatro y las cinco de la tarde.
No es todavía la noche. Tampoco queda ya nada de la mañana. Las persianas están medio bajadas, el calor parece haberse quedado quieto sobre las fachadas y las calles adquieren una especie de silencio antiguo difícil de explicar. El reloj de pared, con su tic-tac, marca las cuatro de la tarde. Las cinco. Y hay posada, a esa hora en punto como del ángelus, una luz radiante sobre el asfalto similar a aquella que recuerdo cuando tenía seis años.
Entonces paso por la plaza de mi pueblo a esa hora y pienso que los lugares también envejecen. Tristemente. Las arrugas de la vejez humana tienen el símil en ese continuo quebrarse de las casas. Sólo hay que levantar un poco la vista y nos daremos cuenta de la herida. Y no porque se derrumben. No porque desaparezcan. A veces envejecen porque pierden conversaciones.
Hay bancos donde antes siempre había alguien sentado. Bancos que tienen nombres de personas.
Comercios donde también conocían tu nombre o tu apodo familiar, comparable este orgullo al blasón tardomedieval de un marquesado.
Esquinas donde la vida parecía suceder sin necesidad de que ocurriera nada extraordinario. Sencillamente el pasar de la gente corriente que se sabían pertenecientes a algo más grande que ellos mismos.
Y sin embargo algo ha cambiado.
Vivimos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, cada vez más aislados. Hablamos constantemente, pero escuchamos menos. Compartimos imágenes, opiniones y mensajes durante todo el día, pero cuesta cada vez más encontrar espacios donde una conversación dure más que una notificación. Ya hasta caminamos por las calles mirando hacia abajo; no reflexionando sino con los ojos fijos a la pantalla del iPhone.
Quizá por eso los pueblos siguen teniendo algo valioso que enseñarnos. ¿Porque sean perfectos? No. Tampoco porque representen una nostalgia idealizada que nunca existió del todo. Los pueblos también conocen la soledad, el desempleo, el envejecimiento y el abandono.
Pero todavía conservan algo que las grandes ciudades están perdiendo con demasiada rapidez: la conciencia de que vivimos unos junto a otros; y es que notamos ya signos de esa debilidad terrible de dejar de sentirnos comunidad.
Cuando los vecinos se convierten en desconocidos y cuando las plazas dejan de ser lugares de encuentro para convertirse únicamente en espacios de paso, cuando dejamos de percibir los problemas ajenos como algo que también tiene que ver con nosotros, eso es la pequeña muerte de la comunidad.
Y esta humilde idea conecta con que la política en mayúsculas, tal vez, debería volver a pensar más en esas cosas. No solamente en presupuestos, estrategias o titulares. También en aquello que hace que una persona sienta que pertenece a un lugar. Porque qué bella idea es esa de enraizarse, ese sueño que perseguía Ulises todo el tiempo justo después de poner un pie fuera de Ítaca: volver de nuevo junto a Penélope.
Y cuidar la casa para seguir siendo casa para otros. Y para los que vendrán después de esos otros.
Porque cuidar una plaza, una biblioteca, un centro de salud o una escuela no consiste únicamente en mantener edificios. Es cuidar tu casa. Consiste en proteger los lugares donde una comunidad se reconoce a sí misma. Donde la gente es quien pone el nombre a la calle.
Quizá por eso sigo pensando que las plazas importan. Especialmente a las cuatro de la tarde. Porque incluso en su silencio siguen haciéndonos una pregunta sencilla y profundamente humana: qué clase de sociedad queremos ser cuando dejamos de mirarnos los unos a los otros.



