La ironía de Cuba es brutal: se le acusa de fracasar bajo condiciones diseñadas precisamente para que fracase. En 2026, más de medio siglo después, el libreto no ha cambiado —solo ha subido el volumen. El presidente estadounidense Donald Trump no solo intensificó las sanciones, sino que llegó a sugerir que Estados Unidos podría “tomar” la isla, como si se tratara de una propiedad extraviada en el Caribe.
La respuesta desde La Habana fue tan predecible como necesaria. El presidente Miguel Díaz-Canel dejó claro que “ningún agresor encontrará la rendición”, denunciando además un nivel de amenaza “peligroso y sin precedentes”.
Y ahí está el punto que incomoda: sesenta años después, la lógica colonial sigue intacta. El embargo —ese artefacto político que algunos insisten en llamar política exterior— ha evolucionado hacia algo más sofisticado: bloqueo energético, sanciones extraterritoriales, presión sobre terceros países. Un cerco que ha provocado apagones, escasez y una crisis económica persistente.
Pero lo verdaderamente revelador no es la crisis, sino su persistencia. Como diría Antonio Gramsci, la hegemonía no se sostiene solo con fuerza, sino con narrativa. Y la narrativa dominante insiste en presentar a Cuba como un fracaso aislado, desconectado del contexto que lo produce. Una isla culpable de resistir.
Fidel, en este escenario, deja de ser un hombre para convertirse en una incomodidad histórica. Porque su mayor pecado no fue gobernar —fue demostrar que un país pequeño podía desafiar a una superpotencia y seguir en pie. No intacto, no próspero, pero vivo. Y eso, para un imperio, es inadmisible.
Hoy, cuando Trump amenaza con “asumir” la isla y Cuba responde con la misma dignidad obstinada de 1959, el paralelo es inevitable: nada ha cambiado realmente. Solo los nombres, las fechas y la retórica. El conflicto sigue siendo el mismo: soberanía contra dominación.
Cuba, con todas sus contradicciones, sigue siendo un recordatorio incómodo de que la historia no siempre obedece. Y que hay pueblos que, incluso asfixiados, siguen respirando por pura voluntad. Porque rendirse —como bien saben en La Habana— nunca fue una opción.



