Una lección de hace veintitrés siglos para la España de hoy.
Hay conversaciones familiares que valen más que una biblioteca. Hace unos días, fue mi hijo, Blaki, quien me descubrió una historia que, siendo una de las más célebres de la Antigüedad, nunca había ocupado el lugar que merecía en mi memoria. Paradójicamente, todos conocemos el llamado síndrome de Diógenes, utilizado casi siempre con un sentido despectivo, pero muy pocos sabemos quién fue realmente aquel hombre cuyo nombre ha atravesado los siglos.
Diógenes de Sinope (siglo IV a. C.) fue el máximo representante de la escuela cínica griega. Conviene detenerse en este punto, porque el lenguaje también envejece. El término cínico procede del griego kynikós, “perruno”, derivado de kyon, perro. Lejos del significado actual —asociado al descaro o a la hipocresía—, Diógenes aceptó con orgullo que lo llamaran “el Perro”. Consideraba que los animales vivían de acuerdo con la naturaleza, sin fingimientos, sin ambición desmedida, sin necesidad de aparentar lo que no eran. Aquello que para otros era un insulto, él lo convirtió en un emblema de libertad.
Rechazó las riquezas, los honores y las convenciones sociales. Vestía con absoluta austeridad, dormía donde encontraba cobijo y la tradición sostiene que habitó en un gran tonel. Sus pertenencias cabían en una mano. Entre ellas llevaba un cuenco para beber agua, hasta que un día vio a un niño hacerlo con las manos. Sin decir una palabra, regaló el cuenco. Había comprendido que incluso aquel objeto era un lujo innecesario.
Su imagen más conocida es la del filósofo caminando por Atenas con un farol encendido a plena luz del día. Cuando le preguntaban qué buscaba, respondía con una frase que sigue interpelándonos veintitrés siglos después:
«Busco un hombre honesto.»
No buscaba un cuerpo; buscaba una conciencia.
La fama de aquel hombre llegó hasta Alejandro Magno. El conquistador del mayor imperio de su tiempo quiso conocer personalmente al filósofo que no deseaba nada de cuanto él podía ofrecer.
La escena pertenece a la historia universal. Alejandro encontró a Diógenes descansando al sol y, admirado por su independencia, le dijo:
—Pídeme cuanto quieras. Cualquier riqueza, cualquier honor o cualquier favor será tuyo.
Diógenes apenas levantó la mirada.
—Sí. Solo te pido una cosa: apártate un poco. Me estás quitando la luz del sol.
No existe mejor definición de la libertad. El hombre que podía concederlo todo descubría que había alguien sobre quien su poder carecía de valor. No había oro capaz de seducirlo ni autoridad capaz de impresionarlo.
Se cuenta que, al alejarse, Alejandro confesó a quienes le acompañaban:
«Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes.»
Es difícil imaginar un reconocimiento más extraordinario. El dueño de medio mundo admitía que envidiaba la libertad de un hombre que no poseía absolutamente nada.
La tradición, ya en el terreno de la leyenda, añade un último encuentro. Ambos murieron con pocos días de diferencia y coincidieron en el reino de Hades. Allí ya no había coronas, ejércitos ni tesoros. Solo quedaban dos hombres frente a frente.
Alejandro rompió el silencio:
—Diógenes, nos volvemos a encontrar. Mira qué ironía: aquí estamos, un emperador y un mendigo.
El filósofo sonrió y respondió:
—Observo, Alejandro, que todavía no has aprendido a distinguir cuál de los dos es el emperador… y cuál es el mendigo.
La historia no puede acreditar la veracidad de ese diálogo. Su fuerza reside precisamente en que expresa una verdad filosófica: la auténtica riqueza no consiste en poseer, sino en no ser poseído por aquello que creemos necesitar.
Mientras escribía estas líneas recordé una escena vivida hace apenas unos días, en una estación de servicio cercana a Conil. Un hombre pedía dinero con una excusa imprecisa y, entre petición y petición, insultaba al humorista Manu Sánchez y al presidente del Gobierno utilizando el apelativo de “perro” como descalificación.
Pensé entonces en Diógenes.
Qué extraordinaria paradoja. El filósofo convirtió el perro en símbolo de dignidad y de independencia moral; nuestra conversación pública lo ha degradado hasta convertirlo en un arma arrojadiza. Hemos conservado la palabra, pero hemos olvidado su significado.
Quizá ahí resida uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Hemos sustituido el pensamiento por la consigna, el argumento por el insulto y la discrepancia por la descalificación.
Si Diógenes levantara hoy su farol, probablemente seguiría recorriendo nuestras calles, nuestras instituciones, nuestros parlamentos, nuestros tribunales y nuestros medios de comunicación formulando la misma pregunta que hace veintitrés siglos:
«Busco un hombre honesto.»
Y esa búsqueda nos obligaría a todos, sin excepción, a mirarnos antes de señalar al adversario.
Porque la grandeza de Alejandro fue conquistar el mundo.
La de Diógenes, infinitamente más difícil, consistió en conquistarse a sí mismo.



