Hay algo profundamente brasileño en una elección que, a estas alturas, ya no pertenece solamente a Brasil.
El 4 de octubre, más de 155 millones de brasileños acudirán a las urnas para elegir presidente, gobernadores, senadores y diputados. Hay doce candidaturas presidenciales oficialmente registradas. Doce nombres, doce proyectos, doce maneras de contar el país que vendrá. Pero detrás de esa papeleta aparentemente doméstica se mueve una conversación mucho más antigua y mucho más peligrosa: qué democracia queremos construir en un siglo que parece empeñado en olvidar por qué necesitábamos la democracia en primer lugar.
Brasil no está solo.
Tampoco Estados Unidos.
Tampoco España.
La política contemporánea tiene la desagradable costumbre de viajar sin pasaporte. Lo que comienza como una consigna en Washington puede aparecer semanas después en Brasília. Una guerra cultural nacida en las redes estadounidenses encuentra traducción local en América Latina. Una consigna contra la inmigración atraviesa Europa. Un dirigente brasileño se convierte en referencia internacional. Y, al otro lado del océano, dirigentes progresistas intentan organizar una respuesta común.
En abril, Lula y Pedro Sánchez participaron en Barcelona en una movilización internacional destinada precisamente a articular fuerzas progresistas en defensa de la democracia, el multilateralismo y la sostenibilidad. No era una reunión diplomática convencional. Era el reconocimiento de algo incómodo: la extrema derecha ha entendido antes que la izquierda que el siglo XXI funciona como una red.
Antonio Gramsci escribió desde una prisión fascista que la crisis consiste, precisamente, en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no consigue nacer. Quizá pocas frases expliquen mejor nuestro presente.
Lo viejo es el consenso de que la democracia liberal, una vez conquistada, permanecería allí como permanece un monumento.
Lo nuevo es una política que ha descubierto que el miedo moviliza más deprisa que la esperanza, que la mentira viaja más barato que una explicación y que el algoritmo no tiene precisamente una licenciatura en ética.
Pero hay otra enseñanza histórica. Las democracias no sobreviven únicamente porque celebren elecciones. Sobreviven cuando esas elecciones están acompañadas por derechos, instituciones, memoria, justicia social y una ciudadanía dispuesta a defender al adversario incluso cuando preferiría verlo desaparecer del escenario.
Ahí aparece nuestra responsabilidad.
Porque democracia no significa solamente votar. Significa poder vivir con dignidad, disentir sin ser perseguido, organizarse, informarse, reclamar derechos y saber que el Estado existe también para quien no tiene dinero, apellido ni ejército digital.
La extrema derecha ha convertido la nostalgia en programa. El progresismo necesita convertir la esperanza en proyecto.
Y nosotros, los ciudadanos, tenemos que decidir qué memoria queremos llevar a las urnas.
Porque la historia ya nos enseñó lo que sucede cuando una sociedad entrega su miedo a quienes prometen orden a cambio de libertad.
No necesitamos repetir la lección para aprobar el examen.



