La patria en los labios, Dios en el discurso y la cartera en el pensamiento.
Hay personajes que han hecho de la contradicción una forma de vida y de la hipocresía una profesión. Se presentan envueltos en banderas, hablan de patrias amenazadas, invocan a Dios con familiaridad casi sospechosa y se proclaman defensores de unos principios que, curiosamente, siempre terminan sacrificando cuando aparece una buena oferta.
Son los titiriteros. Vendedores de patrias, predicadores de virtudes ajenas y especialistas en representar aquello que no practican. Tienen una bandera para cada discurso, una convicción para cada negociación y una moral que se estira o se encoge según las circunstancias. Lo importante no es creer en algo, sino conseguir que los demás crean en ellos.
Ya lo sabía el viejo Arcipreste de Hita: el dinero hace mucho. Al torpe lo vuelve discreto, al que no merece respeto se lo procura, al mudo le encuentra palabras y hasta consigue que el cojo corra. Han pasado siglos, pero el milagro continúa. El dinero sigue mejorando reputaciones, flexibilizando conciencias y despertando inesperadas vocaciones de servicio público.
Porque todos quieren dinero, aunque algunos prefieran llamarlo oportunidad, estabilidad o recompensa merecida. Y cuando hay suficiente, aparecen las alegrías, los placeres, las consolaciones y hasta las bendiciones. Parece que el paraíso tiene tarifas especiales para quienes pueden pagarlas. Donde hay dinero siempre aparece alguien dispuesto a justificar el negocio, bendecir la contradicción y repartir indulgencias. La corrupción, por lo visto, también tiene sus ceremonias.
La patria es su gran recurso escénico. La sacan cuando necesitan emocionar, agitar o dividir. La pronuncian con solemnidad, como si tuvieran en exclusiva las escrituras del país. Pero agitar una bandera no convierte a nadie en patriota, del mismo modo que invocar a Dios no convierte a nadie en buena persona.
Con la religión sucede algo parecido. Algunos llevan a Dios permanentemente en la boca, como si fuese su jefe de prensa y asesor de conciencia. Lo invocan para señalar los pecados ajenos, pero pierden misteriosamente la conexión cuando toca examinar los propios. Mucha doctrina, mucha moral de escaparate y mucha lección para los demás. Después, a la hora de cumplir, las convicciones se evaporan.
Y es que predicar es gratis. Cumplir ya resulta bastante más caro.
No se trata de criticar a quien cambia de opinión. Rectificar es legítimo y puede ser una muestra de honestidad. Lo verdaderamente vergonzoso es incumplir lo prometido y presentar cada contradicción como una demostración de inteligencia. Ayer algo era inaceptable; hoy es imprescindible. Ayer se denunciaba con indignación lo que hoy se justifica con una sonrisa. Mañana, si conviene, volverá a ser intolerable. ¡Qué admirable elasticidad moral!
Los titiriteros necesitan que el público permanezca entretenido. Por eso fabrican enemigos, levantan trincheras y dividen a la sociedad entre buenos y malos. Mientras unos discuten por las banderas y otros por los altares, ellos mueven los hilos, negocian sus conveniencias y ocupan las mejores butacas del teatro.
Su mayor talento consiste en conseguir que nadie mire demasiado de cerca sus contradicciones. Y cuando alguien se las recuerda, aparece el repertorio habitual: victimismo, ofensa, excusas y mucha indignación teatral. Nunca una explicación sencilla. Nunca una responsabilidad asumida. Nunca un «no he cumplido lo que prometí».
El dinero, entretanto, sigue haciendo su trabajo. Compra silencios, facilita amistades y descubre afinidades sorprendentes entre quienes ayer parecían irreconciliables. No hay frontera ideológica que algunos no estén dispuestos a cruzar cuando la recompensa merece la pena.
Conviene recordar que la patria no es propiedad de quien más la grita, la fe no pertenece a quien más la invoca y la honradez no se acredita con discursos, sino con comportamientos. Los principios no se demuestran cuando todo resulta fácil, sino cuando cumplirlos tiene un precio.
El viejo Arcipreste reconocería perfectamente este espectáculo. Apenas tendría que cambiar los nombres y actualizar los decorados para comprobar que el dinero sigue convirtiendo al interesado en patriota, al hipócrita en predicador y al oportunista en hombre respetable.
Que sigan, pues, con su función. Que agiten banderas, repartan lecciones de moral y administren bendiciones a conveniencia. Pero que no confundan el aplauso con el respeto ni el silencio con la credulidad.
Porque la patria no se vende, la fe no se utiliza y los principios no se alquilan. Y quien pone precio a las tres cosas no es un patriota, ni un creyente, ni un hombre de convicciones: es un titiritero.
Y lo peor no es que haya titiriteros. Lo verdaderamente preocupante es que todavía haya quien les compre las entradas, les pague la función y encima les dé las gracias por el espectáculo.



