En tiempos de ruido permanente, la visita del Papa León XIV al Congreso recordó una idea sencilla y cada vez más difícil: ninguna sociedad puede sostenerse sin la capacidad de escucharse a sí misma.
No todos los días un Papa habla en el Congreso de los Diputados. De hecho, nunca había ocurrido. Sin embargo, mientras las cámaras enfocaban la solemnidad del acto y los medios destacaban el carácter histórico de la visita del Papa León XIV, tuve la sensación de que lo verdaderamente relevante no estaba únicamente en el hecho institucional ni en las palabras concretas pronunciadas desde la tribuna. Había algo más sencillo y quizá más necesario: durante unas horas, representantes de ideologías, sensibilidades y trayectorias muy distintas compartían un mismo espacio para escuchar.
Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces ha resultado tan difícil mantener una conversación serena. La política parece haber asumido que el ruido genera más atención que los argumentos; las redes sociales nos empujan constantemente hacia quienes piensan como nosotros; y los ciudadanos asistimos con frecuencia a debates donde cada participante parece hablar para los suyos sin prestar demasiada atención a quienes tiene enfrente. Poco a poco vamos construyendo pequeñas fronteras invisibles que terminan separándonos más de lo que creemos. En un mundo globalizado la mirada íntima se cotiza más que nunca, frente a los algoritmos y a la inteligencia artificial.
Por eso me llamó la atención que una parte importante del mensaje de León XIV girara en torno al diálogo, la convivencia y el respeto. Más allá de las convicciones religiosas de cada cual, esos conceptos no pertenecen únicamente al ámbito de la fe. Forman parte también de la arquitectura básica de cualquier sociedad democrática que aspire a seguir siendo una comunidad y no una simple suma de individuos enfrentados. ¿Por qué enfrentarnos e invertir en el cainismo? Porque una democracia necesita discrepancia, necesita debate e incluso necesita conflicto; pero también necesita la capacidad de reconocer la dignidad de quien sostiene posiciones distintas a las nuestras.
Hemos aprendido a responder con rapidez, pero no siempre a escuchar con atención
Quizá ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Hemos aprendido a responder con rapidez, pero no siempre a escuchar con atención. Ya Simone Weil decía que la atención es un acto de amor puro y la forma más alta de generosidad. Hemos perfeccionado el arte de opinar sobre todo, pero no tanto el de comprender por qué otras personas llegan a conclusiones diferentes. Y cuando una sociedad deja de escucharse, comienza lentamente a perder algo más importante que la cortesía: empieza a perder la posibilidad de construir proyectos compartidos.
La historia enseña que las comunidades rara vez se rompen de un día para otro. Antes suelen aparecer síntomas más discretos. Se deteriora la confianza. Aumenta la sospecha mutua. Se deja de hablar con naturalidad. Y los días pasan unos tras otros en pro de la prisa. De la ganancia (financiera o reputacional o de tiempo). Finalmente, llega un momento en que ya no discutimos para entendernos, sino únicamente para derrotar al otro. Entonces la conversación desaparece y solo queda el enfrentamiento permanente.
Por eso, más allá del contenido concreto de los discursos, me parece valioso que una jornada como esta haya puesto sobre la mesa algo que con demasiada frecuencia olvidamos: escuchar no es un gesto de debilidad. Escuchar es una forma de respeto. Y en una Europa que observa con preocupación el crecimiento de los extremismos, la desconfianza hacia las instituciones y el miedo al diferente, quizá recuperar esa sencilla capacidad de sentarse frente a alguien y prestar atención a sus palabras sea más revolucionario de lo que parece. Y es que los tiempos actuales que me parecen tanto a los vividos en la década de los años veinte del siglo pasado…
No sé si dentro de unos años recordaremos las frases exactas pronunciadas hoy en el Congreso. Si los pueblos pequeños como el mío estarán ni siquiera pendientes de las palabras de León XVI dirigidas al mundo, si encontrarán tierra fértil. Lo que sí sé es que las sociedades necesitan espacios donde todavía sea posible hablar sin gritar y discrepar sin destruirse. Y quizá esa siga siendo una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo.



