La primera convención republicana de mitad de mandato convierte al presidente en protagonista absoluto mientras los candidatos afrontan una incómoda pregunta: cómo movilizar al trumpismo sin convertir las elecciones en un plebiscito sobre Trump
Dallas recibe esta semana una escena poco habitual de la política estadounidense: una convención republicana organizada específicamente para unas elecciones de mitad de mandato, con Donald Trump como principal protagonista.
El Partido Republicano ha decidido hacer de la figura presidencial el eje de su movilización para noviembre. El mensaje es sencillo: defender los resultados de la Administración, activar a la base y conservar el control del Congreso. El problema es que la misma figura que puede llenar un acto de campaña también puede convertirse en el principal argumento del adversario.
La contradicción se percibe incluso dentro del propio partido. Algunos republicanos que compiten en carreras especialmente ajustadas han decidido no acudir a Dallas y concentrarse en sus respectivos estados. No necesariamente porque hayan roto con Trump, sino porque saben que una campaña local requiere hablar de problemas concretos y que la asociación permanente con Washington puede resultar menos rentable cuando los votantes están preocupados por el precio de la gasolina, los alimentos o la situación económica.
Es ahí donde la campaña empieza a separarse del ruido habitual de los mítines. El coste de vida aparece como una preocupación transversal. Según Reuters/Ipsos, el 47% de los votantes registrados considera que será el factor más importante para decidir su voto en noviembre. Y siete de cada diez desaprueban la gestión presidencial sobre esta cuestión.
La guerra con Irán ha complicado todavía más el escenario. El conflicto ha presionado los precios energéticos y ha introducido una cuestión de política exterior en una campaña que los republicanos preferirían orientar hacia inmigración, seguridad y economía. Trump sostiene que la guerra terminará después de las elecciones; mientras tanto, el aumento de los costes energéticos llega directamente al bolsillo de los votantes.
En Dallas, por tanto, el Partido Republicano intenta resolver una ecuación difícil: Trump sigue siendo indispensable para movilizar a una parte de su electorado, pero puede resultar insuficiente para conquistar a quienes decidirán las carreras más ajustadas.
Los demócratas, mientras tanto, intentan aprovechar esa tensión. El Comité Nacional Demócrata ha intensificado durante las últimas semanas sus operaciones de organización y registro de votantes con el objetivo declarado de recuperar el control del Congreso.
La escena estadounidense a comienzos de septiembre tiene así menos que ver con una batalla entre dos partidos perfectamente alineados que con una disputa por los electores que pueden cambiar de opinión. Independientes, jóvenes, votantes suburbanos y parte del electorado latino vuelven a adquirir una importancia decisiva.
La pregunta que emerge desde Texas no es únicamente quién conseguirá reunir más seguidores. Es otra, bastante más incómoda: si el Partido Republicano puede convertir el entusiasmo de su base en una mayoría nacional cuando una parte del país está votando cada vez más en función de su situación económica y de su cansancio político.
La respuesta llegará el 3 de noviembre. Pero la batalla por ella ya ha comenzado.



