A veces parece que estamos dentro de una sociedad en la que nos sentimos profundamente extraños.
Extraños quienes todavía defendemos la solidaridad.
Quienes confiamos en la paz.
Quienes queremos a nuestros amigos, a nuestra familia.
Quienes seguimos creyendo en los demás.
Y, de repente, como si un desconocido hubiera entrado en nuestra casa y hubiese apagado todas las luces, todo se borra. Se aniquila. Se trastoca.
Y tienes que volver a empezar.
Vivimos en una sociedad donde el bulo, la mentira, la traición y la desesperanza parecen haberse convertido en los pilares sobre los que se sostiene la caída de un imperio dirigido por descorazonadores analfabetos y profundamente malas personas.
Y entonces uno se pregunta:
¿Cómo sobrevivir sin dejar de ser quien es?
Quizá como en una novela negra.
Como INFILTRADOS.
Que no se nos vea demasiado.
Que casi no se nos oiga.
Que nuestra voz sea apenas un susurro.
Nuestro propio susurro.
Ese que nadie puede arrancarnos porque nace dentro de nosotros y se alimenta de algo mucho más poderoso que el ruido:
LA ESPERANZA.
Un susurro que nos permite caminar entre las sombras como alienígenas en un planeta que, a veces, parece haber dejado de reconocernos.
Participamos en este extraño teatro de la telaraña. Entramos y salimos de sus hilos. Observamos. Escuchamos. Aprendemos.
Y sobrevivimos.
Pero no para convertirnos en aquello que combatimos.
Sobrevivimos desde nuestra felicidad.
Desde nuestro espacio más íntimo.
Desde las personas que amamos.
Desde esas pequeñas cosas que todavía hacen que la vida merezca la pena.
Porque sigo confiando en el ser humano.
Pero no en cualquier ser humano.
Confío en el ser humano que conozco.
En el que conozco de verdad.
En aquel que inspira.
En aquel que suma inteligencia y corazón.
En aquel que entiende que vivir no consiste únicamente en sobrevivir, sino en dejar detrás de nosotros un mundo un poco mejor de como lo encontramos.
Ese ser humano existe.
Y para que siga existiendo necesita algo fundamental:
no perder la esperanza.
Por eso debemos seguir siendo combativos.
Pero quizá haya llegado el momento de combatir de otra manera.
Sin estridencias.
Sin necesidad de que nos vean.
Sin regalar nuestra energía a quienes viven del ruido, del odio y de la mentira.
Manteniendo nuestro susurro.
Guardándolo como se guarda una llama cuando arrecia el viento.
Porque quizá se trate precisamente de eso:
seguir infiltrados.
Seguir viviendo.
Seguir amando.
Seguir pensando.
Seguir leyendo.
Seguir aprendiendo.
Seguir cuidando a los nuestros.
Seguir confiando en quienes realmente lo merecen.
Y resistir.
Porque ningún imperio es eterno.
Ni siquiera aquellos que parecen construidos sobre la mentira, el miedo y la desesperanza.
Algún día se derrumbarán.
Y cuando llegue ese momento, quizá descubramos que nosotros ya estábamos allí.
En silencio.
Entre las sombras.
Con nuestras manos limpias.
Con nuestros corazones intactos.
Esperando.
INFILTRADOS.
No para conquistar el imperio.
Sino para sobrevivir a él.
Y cuando caiga, volver a encender la luz.



