Hay algo que resulta cada vez más difícil para quienes llevan años intentando construir el relato de que Pedro Sánchez es un mal presidente: rebatir los datos.
Se puede discrepar de Sánchez. Se puede combatir su política. Se puede criticar cada una de sus decisiones. Faltaría más. Eso forma parte de la democracia.
Pero hay una frontera que no debería traspasarse: la de negar la realidad.
Desde la pandemia hasta nuestros días, España ha atravesado una sucesión de crisis que habría puesto contra las cuerdas a cualquier Gobierno: una emergencia sanitaria mundial, una crisis económica, una guerra en Europa, una crisis energética, una inflación desbocada y una enorme incertidumbre internacional.
Y, sin embargo, España ha seguido creciendo, creando empleo y protegiendo derechos sociales.
Es difícil discutir los datos económicos. Es difícil discutir los datos de contratación. Es difícil discutir la evolución del empleo. Es difícil negar la revalorización de las pensiones. Y es difícil negar el alcance de unas políticas sociales que han intentado proteger a trabajadores, familias y colectivos vulnerables en algunos de los momentos más complicados de las últimas décadas.
Naturalmente, todo puede mejorarse. Siempre.
Pero gobernar no consiste en conseguir que todos los ciudadanos estén de acuerdo contigo. Gobernar consiste en tomar decisiones cuando las circunstancias son difíciles y asumir las consecuencias.
Y aquí aparece el problema de la oposición.
¿Qué puede ofrecer Feijóo frente a esos datos? ¿Qué puede ofrecer Abascal?
Porque cuando no se consigue desmontar una política económica con argumentos, siempre queda el recurso de desmontarla con propaganda. Cuando no se puede discutir el empleo, se intenta discutir el relato. Cuando las pensiones suben, se busca otro argumento. Cuando la economía resiste, se anuncia el desastre que supuestamente está a punto de llegar.
Y cuando todo eso tampoco basta, aparecen los bulos.
El problema es que un bulo puede ocupar durante horas las redes sociales, pero no cambia una estadística.
Un insulto puede convertirse en titular, pero no modifica el número de trabajadores.
Una campaña de desprestigio puede generar ruido, pero no hace desaparecer una pensión.
Los datos tienen esa incómoda costumbre de permanecer.
Y quizá por eso el principal campo de batalla contra Sánchez ya no sea exclusivamente político.
Durante años hemos asistido a una presión política, mediática y judicial extraordinaria alrededor del presidente, de su familia y de su entorno.
Que la justicia investigue cuando existan indicios es una garantía democrática. Y nadie debería cuestionar la independencia de los jueces por el simple hecho de que sus decisiones no gusten.
Pero exactamente por la misma razón debemos poder hablar de la politización de determinados procedimientos, de los tiempos procesales, de las filtraciones, de la utilización mediática de las investigaciones y de la presión que todo ello genera sobre las instituciones.
Porque una cosa es investigar.
Otra muy diferente es convertir la investigación en espectáculo.
Y otra, todavía más peligrosa, es que una parte de la política termine confiando en los tribunales lo que no consigue ganar en las urnas.
No se trata de defender a Sánchez de cualquier crítica. Se trata de defender una idea mucho más sencilla: en democracia, los gobiernos deben ser juzgados fundamentalmente por sus decisiones y por sus resultados, y no por la cantidad de ruido que sean capaces de generar sus adversarios alrededor de ellos.
Pedro Sánchez ha cometido errores. Por supuesto.
Ha tomado decisiones discutibles. También.
Ha tenido que rectificar. Como cualquier presidente.
Pero después de todos estos años hay una pregunta que sigue sin responderse:
¿Dónde está la alternativa?
Porque decir que Sánchez es malo no convierte automáticamente a Feijóo en bueno.
Decir que el Gobierno se equivoca no convierte automáticamente a Vox en solución.
Y repetir que España está en ruina no consigue que España esté en ruina.
Quizá ahí esté una parte de lo que ocurre en la mente del presidente.
Sánchez sabe que tiene una oposición feroz. Sabe que una parte del poder económico, mediático y político lleva años combatiéndolo. Sabe que cada error será utilizado contra él y que cada éxito será discutido hasta el último decimal.
Pero también sabe algo más importante: que los datos existen.
Y que, llegado el momento, los ciudadanos podrán comparar.
Comparar la economía.
Comparar el empleo.
Comparar las pensiones.
Comparar las políticas sociales.
Comparar la gestión de las crisis.
Y comparar, sobre todo, las alternativas.
Porque al final la política no consiste únicamente en conseguir que alguien parezca malo.
Consiste en demostrar que tú puedes hacerlo mejor.
Y ahí es donde algunos llevan demasiados años teniendo un problema.
Es difícil rebatir los datos.
Así que siempre queda el relato.
Siempre queda el bulo.
Siempre queda el ruido.
Y siempre queda algún chiquilicuatre dispuesto a explicar que todo lo que funciona no funciona y que todo lo que no existe es culpa de Sánchez.
Pero hay una cosa que ni Feijóo, ni Abascal, ni sus estrategas de comunicación pueden cambiar:
la realidad no vota por titulares.
La realidad espera.
Y cuando llega la hora de las urnas, cada ciudadano decide qué relato se parece más a su vida.
Quizá por eso, en la mente del presidente, todavía quede una certeza: mientras ellos hablan, los datos siguen hablando.



