Hay veces que a un alcalde no hay que explicarle nada.
Ni hacerle un informe.
Ni convocarle una comisión.
Ni mandarle un PowerPoint.
Hay que decirle una cosa muy sevillana:
—Alcalde Sanz… di: ¡ZOOOOOO!
Que viene a ser:
¡PARA!
Porque, alcalde, tú sabes que llegar a la cima tiene su mérito.
Quizá ni tú mismo imaginabas que algún día acabarías sentado en el despacho principal del Ayuntamiento de Sevilla.
Pero llegaste.
Más tarde que otros.
Pero llegaste.
Como aquel que sube una montaña detrás del águila y, cuando consigue alcanzar la cima, descubre que el águila ya estaba allí tomando el sol.
Pero llegaste.
Y te voy a reconocer algo:
Eres lo mejor que tiene ese equipo. De largo.
Precisamente por eso cuesta entender algunas compañías.
Porque toda legislatura tiene sus personajes.
Uno que trabaja.
Uno que desaparece.
Uno que se hace insoportable.
Y uno que está más pendiente de dónde se sienta que de dónde está Sevilla.
Tú has conseguido reunirlos casi todos.
Y eso también tiene mérito.
Está el papafrita.
El que parece preocupado por el protocolo.
Por la silla.
Por la fotografía.
Por quién aparece al lado.
Por si ha salido favorecido.
Por si el fotógrafo ha elegido su perfil bueno.
La ciudad, mientras tanto, esperando.
Pero él tranquilo.
Que no se diga que falta protocolo.
Y claro, uno recuerda al hermano.
Ministro.
Serio.
Con recorrido.
Con otra dimensión política.
Y piensa:
¿Seguro que son hermanos?
Después está el invisible.
Ese concejal que lleva toda la legislatura desaparecido.
Pero ha repetido.
Debe ser que para repetir no hace falta que te vean. Basta con estar en el organigrama.
Y luego tenemos al innombrable.
No voy a decir su nombre.
No hace falta.
Además, vino contigo.
Y tú sabes perfectamente de quién hablo.
Hay personas que generan consenso.
Él también.
Pero en sentido contrario.
Consigue algo extraordinario: que propios y extraños coincidan.
Pero hay algo que salva a este Ayuntamiento:
los técnicos.
Los funcionarios.
Los profesionales.
La gente que sabe lo que hace.
Los que llevan años trabajando mientras otros cambian de despacho.
Los que conocen Sevilla de verdad.
Porque una ciudad no se gobierna desde Instagram.
Ni desde una foto.
Ni desde un protocolo.
Ni desde una silla.
Sevilla se gobierna trabajando.
Y entonces llega el turismo.
Y ahí, alcalde, uno empieza a frotarse los ojos.
Después de tantos años intentando construir una ciudad turística de referencia mundial, resulta que ahora parece que tenemos que pedir perdón por tener turistas.
Una cosa es gestionar el turismo.
Otra, combatirlo.
Una cosa es corregir sus excesos.
Otra, convertirlo en enemigo.
El turismo es empleo.
Comercio.
Hostelería.
Patrimonio.
Cultura.
Aeropuerto.
Hoteles.
Bares.
Trabajadores.
Pequeños empresarios.
Miles de familias.
Y sí, también tiene problemas.
Pero los problemas se gestionan.
No se improvisan.
Porque Sevilla no necesita ocurrencias. Necesita gobierno.
Alcalde Sanz.
Tú eres lo mejor que tiene tu equipo.
Por eso mismo tienes una responsabilidad enorme.
Porque si sigues rodeándote de personajes que parecen vivir en una película distinta de la que vive Sevilla, terminarás pagando tú la factura.
Y la política tiene una cosa maravillosa:
la factura siempre llega.
A veces tarda.
Pero llega.
Y te lo digo ahora.
Antes de que sea demasiado tarde.
Porque como el PSOE presente a cualquiera con un mínimo de capacidad, de proyecto y de ganas…
te puede adelantar por la izquierda, por la derecha y hasta por la calle Sierpes.
Y entonces habrá que preguntarse cómo se llegó hasta ahí.
Porque gobernar Sevilla gracias a Vox no sería precisamente una demostración de fortaleza.
Sería otra cosa.
Sería haber ganado una carrera y necesitar que otro te empuje para cruzar la meta.
Así que, alcalde, todavía estás a tiempo.
Mira a tu equipo.
Mira a Sevilla.
Mira a los técnicos.
Mira a la calle.
Y después mira a algunos de los que tienes alrededor.
Y si entonces tampoco lo ves claro…
te lo digo yo.
Despacio.
Para que se entienda:
ALCALDE SANZ…
DI ZOOOOOOOOO.
¡ZOOOOOOOO!
¡PARA!
Que Sevilla tiene demasiada historia, demasiado talento y demasiado futuro como para que terminemos gobernándola a golpe de fotografía, protocolo y ocurrencia.
Porque una cosa es llegar a la cima.
Y otra muy distinta…
saber mantenerse en ella.



