Las ciudades tienen memoria. Mucha más que los discursos electorales. Mientras algunos gobiernos levantan fronteras con palabras y convierten la migración en un escenario permanente de confrontación política, las calles, las escuelas, los hospitales y los mercados recuerdan cada día una verdad mucho menos rentable para el populismo: la historia de la humanidad siempre ha sido una historia de desplazamientos. Ninguna civilización se construyó encerrándose sobre sí misma.
Quizá por eso resulta especialmente significativa la reunión que se celebra en Ciudad de México, impulsada por la Coalición de Alcaldes de las Américas sobre Migración, creada en 2024 con el apoyo de la CAF y del Mayors Migration Council. En el encuentro participan, entre otros, Clara Brugada, jefa de Gobierno de Ciudad de México; Carlos Galán, alcalde de Bogotá; Alejandro Eder, alcalde de Cali; Mike Johnston, alcalde de Denver; y Claudio Orrego, gobernador de la Región Metropolitana de Santiago de Chile, junto con otros responsables municipales del continente.
No se trata únicamente de una declaración institucional. Los responsables locales defienden una idea tan sencilla como profundamente política: mientras los gobiernos nacionales convierten la inmigración en arma electoral, son las ciudades quienes reciben, escolarizan, atienden y acompañan diariamente a quienes cruzan una frontera buscando una vida digna.
La coalición apuesta por compartir experiencias de integración, facilitar el acceso a servicios públicos, promover la inclusión laboral y combatir la desinformación que alimenta la xenofobia. Es una respuesta práctica frente a una política que, con demasiada frecuencia, ha preferido fabricar enemigos antes que soluciones.
Antonio Gramsci escribió que el viejo mundo tarda en morir y el nuevo tarda en nacer. En ese claroscuro aparecen los monstruos. Casi un siglo después, la frase conserva una inquietante actualidad. Los monstruos contemporáneos ya no necesitan desfilar con uniformes ni levantar el brazo en plazas abarrotadas. Les basta un algoritmo, una campaña permanente de desinformación o un discurso que asocie inmigración con delincuencia, inseguridad o decadencia nacional para convertir al extranjero en el culpable perfecto de problemas cuya raíz es mucho más profunda.
La historia de América —como la de Europa— está atravesada por sucesivas olas migratorias. Sin embargo, la memoria política suele ser extraordinariamente frágil. Se celebra al abuelo inmigrante cuando aparece en una fotografía familiar, pero se sospecha del migrante que llama hoy a la frontera. Ese olvido no es casual; constituye uno de los recursos más eficaces del populismo contemporáneo.
Porque el miedo resulta extraordinariamente rentable. Mientras la conversación pública gira alrededor del extranjero, desaparecen del debate cuestiones mucho más incómodas: la precariedad laboral, la concentración de la riqueza, la crisis de la vivienda, la desigualdad o el debilitamiento de los servicios públicos. La extrema derecha ha convertido esa estrategia en una herramienta política de enorme eficacia: donde faltan respuestas complejas, ofrece culpables sencillos.
Los alcaldes reunidos en México insistieron precisamente en esa contradicción. Recordaron que quienes gobiernan una ciudad no administran consignas ideológicas, sino escuelas, centros de salud, transporte público, vivienda y convivencia. La integración no es una declaración moral; es una necesidad cotidiana para el funcionamiento democrático de cualquier comunidad. Criminalizar colectivamente a quienes migran no resuelve ninguno de esos desafíos; únicamente deteriora la cohesión social y erosiona la confianza en las instituciones.
Hannah Arendt advertía que el primer derecho de toda persona es el «derecho a tener derechos». Cuando una democracia empieza a decidir quién merece plenamente esa condición y quién puede ser reducido a una amenaza permanente, el problema deja de ser migratorio para convertirse en un problema democrático. La historia europea del siglo XX demostró con crudeza que el odio nunca permanece quieto: una vez legitimado, simplemente cambia de destinatario.
Por eso esta coalición de alcaldes representa mucho más que una alianza municipal. Constituye una forma de resistencia democrática frente a la normalización del desprecio. No resolverá por sí sola los desafíos migratorios del continente, pero recuerda una verdad que demasiadas veces queda sepultada bajo el ruido de las campañas electorales: las ciudades prosperan cuando integran, no cuando excluyen; cuando amplían derechos, no cuando reducen la humanidad del otro a una caricatura útil para ganar votos.
Porque las ciudades nunca se hicieron grandes levantando muros contra quienes llegaban. Se hicieron grandes cuando comprendieron que cada nuevo vecino podía convertirse en parte de su futuro. Tal vez esa sea la diferencia esencial entre quienes entienden la política como una industria del miedo y quienes todavía creen que gobernar consiste, sobre todo, en defender la dignidad humana como el único punto de partida posible para una democracia que aspire a llamarse verdaderamente democrática.



