Cuando la cacería se convierte en política, deja de importar la vida de la ciudadanía. Ya no importan la vivienda, los salarios o la dignidad. Todo pasa a girar en torno al poder: quién lo ejerce, quién controla la justicia, quién domina los medios de comunicación y quién maneja los instrumentos financieros.
Todo queda en manos de los de siempre.
Los herederos de una cultura política que hunde sus raíces en el autoritarismo, la mezquindad y la traición. Una tradición que tiene nombres propios: Fernando VII, el rey felón que entregó el país a Napoleón Bonaparte; o Francisco Franco, cuya dictadura no solo sembró represión y muerte en España, sino que empujó a miles de compatriotas al exilio, a los campos de concentración nazis y a las cunetas, fusilados por la maquinaria de la Falange Española. Una herencia que nunca desapareció del todo, que simplemente aprendió a adaptarse y que hoy vuelve a abrirse paso alimentada por la desmemoria, la desinformación y la degradación del pensamiento crítico.
Hoy, la verdad importa menos que nunca. La información ya no se contrasta: se consume. Nadie quiere leer libros. Y, sin embargo, se ha instalado la idea de que basta con “informarse” a través de redes sociales saturadas de bulos, mentiras y miseria moral.
Ese circo no informa: devora.
George Orwell lo advirtió en 1984: no hace falta quemar libros si consigues que nadie quiera leerlos. Ya no hace falta perseguir bibliotecas. Basta con ridiculizar la cultura, convertir el pensamiento en algo inútil y sustituir el conocimiento por ruido.
Hoy la cultura no está de moda.
Lo está el espectáculo.
Lo está la superficialidad.
Consumimos sin pensar. Cambiamos de ropa, de ideas, de amigos, de principios, con la misma facilidad con la que deslizamos una pantalla. Todo es sustituible. Todo es desechable.
Incluso la dignidad.
Yo en eso no estoy.
No lo he estado.
Y no lo voy a permitir.
Porque cada renuncia —cada silencio, cada concesión— acaba siendo interpretada como debilidad. Y ya hemos cedido demasiado.
El amor no debilita.
Los principios no debilitan.
La verdad no debilita.
Lo que debilita es olvidar.
Olvidar los errores.
Olvidar los momentos duros.
Olvidar la capacidad de levantarse.
Por eso la única respuesta posible es educarse, evaluarse, leer. Leer con intensidad. Con pasión. Poesía, prosa, teatro. Pensar.
Pero ocurre lo contrario.
Trabajadores defendiendo a quienes destruyen sus derechos.
Personas homosexuales apoyando a partidos que los señalan.
Mujeres legitimando discursos que erosionan sus propias conquistas.
Inmigrantes creyendo que quienes los rechazan les darán protección.
No es una paradoja.
Es una derrota cultural.
Formaciones como Vox o el Partido Popular han entendido algo esencial: no hace falta convencer, basta con activar emociones. Miedo. Ira. Identidad herida.
Y cuando eso ocurre, la razón desaparece.
El problema no es solo España. Basta mirar a Donald Trump en Estados Unidos o a Vladimir Putin en Rusia. El patrón se repite: desinformación, manipulación y una ciudadanía cada vez más vulnerable.
Mientras tanto, crece una cultura tóxica alimentada por ciertos medios digitales, herederos de prácticas periodísticas oscuras, que intoxican el debate público y penetran con facilidad en las mentes más desprotegidas.
Pero también hay que decirlo: no todo vale.
Ni desde la derecha ni desde la izquierda.
El radicalismo, venga de donde venga, destruye. La política no puede ser una trinchera permanente. Necesita consenso, diálogo, exigencia y honestidad.
Exigir que se trabaje.
Exigir que se cumplan las normas.
Combatir la corrupción, venga de donde venga.
Señalar tanto al que abusa del sistema como al que lo destruye desde dentro.
Sin excusas.
Porque la justicia no puede estar al servicio de intereses políticos. Porque los jueces no pueden ser cómplices. Porque los médicos no pueden mirar hacia otro lado. Porque el sistema no puede seguir alimentando privilegios ni fraudes.
La verdad es la única base posible.
La honestidad, la única salida.
La firmeza, la única defensa.
Lo que está en juego no es una ideología.
Es el equilibrio.
Es la convivencia.
Es el futuro.
Y frente a eso, no hay espacio para la indiferencia.
Estamos ante una cultura que normaliza la ignorancia, que premia la mediocridad y que abre la puerta, una vez más, a lo peor de nuestra historia.
No es ruido.
No es exageración.
Es poder.
Y lo están tomando los más abyectos.



