Hay personas que pasan por nuestras vidas y dejan recuerdos. Otras dejan enseñanzas. Y algunas, muy pocas, consiguen transformar la realidad que las rodea sin perder jamás la humanidad que las hizo grandes.
Alfredo Sánchez Monteseirín pertenece a estas últimas.
Conocí al alcalde, pero también tuve el privilegio de conocer al hombre. Compartí con él responsabilidades, ilusiones, dificultades y decisiones. Y aprendí que detrás de aquella sonrisa, a veces tímida, siempre sincera, había una manera profundamente humana de entender la política.
Alfredo no se conformó con administrar Sevilla. Quiso transformarla. Y lo hizo.
La Sevilla de los barrios olvidados, de las desigualdades históricas, de las distancias sociales y de las oportunidades pendientes encontró en su gobierno una voluntad decidida de cambiar las cosas.
El metro, el tranvía, las grandes transformaciones urbanas, la recuperación de espacios públicos, la movilidad sostenible y una nueva mirada hacia los barrios no fueron acontecimientos aislados. Formaban parte de una idea de ciudad: una Sevilla más moderna, más habitable, más abierta y, sobre todo, más igualitaria.
Porque Alfredo comprendió algo que algunos todavía no han aprendido: una ciudad no se transforma solamente levantando edificios o inaugurando avenidas. Se transforma cuando sus ciudadanos sienten que también les pertenece.
Pero, por encima de todo, yo quiero recordar al hombre.
Al compañero capaz de escuchar. Al socialista que entendía la política como compromiso. Al alcalde que sabía que gobernar exigía tomar decisiones difíciles, pero que nunca debía significar perder la sensibilidad.
He conocido a muchos responsables públicos a lo largo de mi vida. Algunos tenían poder. Otros tenían ambición. Alfredo tenía algo mucho más difícil de encontrar: una idea de Sevilla y un corazón abierto para defenderla.
Naturalmente, cometimos errores. Gobernar también significa equivocarse. Pero jamás nos faltó la voluntad de servir a nuestra ciudad ni la convicción de que la política debía mejorar la vida de quienes más lo necesitaban.
Hoy, cuando miro Sevilla, encuentro muchas de las huellas de aquel tiempo. Y cuando pienso en Alfredo, no recuerdo primero los grandes proyectos ni las decisiones institucionales.
Recuerdo su sonrisa.
Aquella sonrisa de corazón abierto.
Porque las ciudades pueden recordar a sus alcaldes por las obras que dejaron. Pero quienes tuvimos la fortuna de caminar a su lado también los recordamos por el corazón que pusieron en ellas.
Y Alfredo puso el suyo entero.
Gracias, alcalde. Gracias, compañero. Gracias, Alfredo.



