Hay una cosa que pone especialmente nerviosa a la derecha: que la izquierda no se muera cuando le han preparado el entierro.
Que se levante.
Que discuta.
Que salga a votar.
Y que, después de tantas esquelas, termine obligando al enterrador a recoger las flores.
Ayer domingo, 25 de octubre, Brasil volvió a hacerlo. Lula ganó la segunda vuelta frente a Flávio Bolsonaro y conquistó un cuarto mandato. Una remontada que deja una enseñanza bastante incómoda para quienes confunden sus deseos con el resultado de las urnas: la victoria de la extrema derecha puede parecer probable y, aun así, no producirse.
Conviene que algunos tomen nota en España.
Con calma.
Sin atragantarse con el desayuno.
Porque aquí también hay demasiada gente repartiéndose los despachos antes de que los ciudadanos hayan decidido quién entra en ellos.
Feijóo debería esperar para encargar las cortinas. Y Abascal, para elegir qué derechos considera prescindibles cuando llegue la negociación.
Las encuestas merecen atención. Por supuesto. Los sondeos publicados mantienen al PP por delante del PSOE y dibujan un escenario favorable para la suma de las derechas, aunque con diferencias importantes entre estudios. Negarlo sería engañarse. Pero convertir esa ventaja en una investidura consumada también lo es.
Una encuesta mide una situación.
La campaña la disputa.
Y las urnas la resuelven.
Ese pequeño detalle suele olvidarse cuando uno lleva demasiado tiempo escuchando únicamente a quienes le dicen que ya ha ganado.
Mi apuesta es clara: el PSOE puede remontar y Pedro Sánchez puede continuar en la Presidencia del Gobierno. Habrá quien considere esta lectura demasiado optimista. Está en su derecho. A mí me parece más aventurado dar por terminada una competición mientras todavía se está jugando.
Brasil acaba de recordarlo.
Ahora bien, la izquierda española haría mal en interpretar la victoria de Lula como un servicio de reparto a domicilio. La esperanza cruza el Atlántico. Los votos hay que conseguirlos aquí.
En el barrio.
En el trabajo.
En esa conversación donde alguien cuenta que, después de pagar el alquiler, apenas le queda sueldo.
Ahí se juega buena parte de la credibilidad de un proyecto político. Porque hablar de derechos está muy bien, pero hay que conseguir que se puedan ejercer. La vivienda tiene que poder pagarse. La cita médica tiene que llegar. El empleo tiene que permitir vivir.
A quien lleva meses esperando una solución no se le puede responder eternamente con una explicación sobre lo malísimos que son los otros.
Ya lo ha oído.
Ahora quiere saber qué vas a hacer tú.
La izquierda tiene razones para plantar cara, pero también obligaciones. Y la primera es abandonar esa afición a discutir durante horas sobre sí misma mientras fuera hay gente esperando respuestas.
Menos competición por ocupar la cabecera de la manifestación y más acuerdo sobre hacia dónde se camina.
Menos complacencia.
Más resultados.
Porque el miedo a la extrema derecha puede movilizar, pero la confianza en una vida mejor tiene que sostener esa movilización.
Y esto tampoco termina en España.
En Estados Unidos, las elecciones del próximo 3 de noviembre renovarán la Cámara de Representantes y una parte del Senado. Trump no se juega ese día la Presidencia, pero sí el equilibrio de poder en el Congreso y los límites que encontrará durante el resto de su mandato. El análisis del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo contempla posibilidades de recuperación demócrata, especialmente en la Cámara de Representantes. Posibilidades: todavía hay que convertirlas en votos y escaños.
También allí puede ponerse freno.
También allí hay una disputa abierta.
Y también allí conviene recordar que enfrentarse a Trump exige algo más que escandalizarse cada vez que Trump se comporta como Trump.
La indignación necesita organización. Necesita candidatos, propuestas y participación. De lo contrario, acaba convertida en una conversación muy intensa entre personas que ya estaban de acuerdo.
Con Milei sucede algo parecido. A una motosierra se le puede responder con otra bronca televisiva. Da para un vídeo estupendo. Para ofrecer una alternativa hace falta bastante más: explicar qué país se propone, quién soporta los sacrificios y qué futuro se ofrece a quienes están pagando la cuenta.
La oposición argentina tendrá que demostrarlo. Y la izquierda española debería prestar atención sin buscar salvadores importados. Ninguna visita, ningún discurso extranjero y ninguna fotografía sustituyen el trabajo político que corresponde hacer en casa.
Lo que sí puede compartirse es una convicción: nadie tiene concedida la victoria por gritar más fuerte.
Ni por insultar más.
Ni por aparecer todos los días anunciando el hundimiento del adversario.
Por eso el resultado brasileño tiene una fuerza que trasciende sus fronteras. Interrumpe esa narración según la cual todo conduce inevitablemente al triunfo de la extrema derecha. Demuestra que el desenlace puede ser otro.
Y ahí empiezan los nervios.
En cuanto la izquierda recupera la iniciativa, la derecha tiene que explicar algo más que su deseo de desalojarla. Tiene que enseñar su programa, sus acuerdos y el precio de sus mayorías.
Feijóo tendrá que explicar qué está dispuesto a conceder a Vox.
Abascal tendrá que responder por sus propias propuestas.
Y ambos tendrán que convencer a los ciudadanos de que su proyecto merece gobernar. El antisanchismo puede llenar una pancarta. Para dirigir un país deberían exigirse más cosas.
La izquierda, mientras tanto, tiene trabajo.
Mucho.
Escuchar a quienes se han alejado. Corregir lo que no funciona. Defender lo conseguido sin tratar cualquier crítica como una traición. Y ofrecer motivos para volver a confiar.
Si hace eso, habrá partido.
Habrá posibilidad de remontada.
Y habrá razones para sostener que Sánchez puede seguir en la Moncloa, por mucho que algunos lleven tiempo ensayando la celebración de su despedida.
Ayer, Brasil les estropeó el guion.
Aquí todavía quedan páginas por escribir.
Así que, señores de la derecha y de la extrema derecha, guarden un momento el confeti.
Y no os probéis todavía el traje de presidente.
Que luego hay que devolverlo.



