El hombre que confundió Perejil con Waterloo vuelve a dar lecciones de estrategia
La historia tiene una extraña afición por devolvernos a sus personajes.
Algunos regresan con humildad.
Otros regresan con memoria selectiva.
Y luego está Aznar.
José María Aznar vuelve a hablar de guerra. Él sabrá por qué. Aunque, visto su historial, tampoco resulta especialmente sorprendente.
Porque si alguien puede hablar de guerras con conocimiento de causa es quien participó en las Azores para fabricar una de ellas.
Bush, Blair y Aznar.
El trío.
Las famosas armas de destrucción masiva.
Nunca aparecieron.
La guerra, sí.
Y detrás de ella, muertos, destrucción, millones de desplazados y una región todavía atrapada en las consecuencias de aquella decisión.
Han pasado más de veinte años y Aznar sigue sin pedir disculpas.
Ni por la guerra.
Ni por las mentiras con las que se intentó justificarla.
Ni por aquella fotografía de las Azores que debería ocupar un lugar destacado en cualquier museo sobre las consecuencias de convertir la política exterior en propaganda.
Pero Aznar tiene otra especialidad: la memoria a conveniencia.
En el 11-M, mientras España lloraba, desde el Gobierno se insistió inicialmente en una autoría que las investigaciones posteriores desmontaron.
No era ETA.
Era terrorismo yihadista.
Pero reconocer el error nunca fue el deporte favorito de aquel Gobierno.
Y cuando la verdad incomoda, siempre queda el recurso de repetir la mentira.
También quedó el Yak-42.
62 militares españoles muertos.
Y demasiados años para que sus familias consiguieran algo tan elemental como verdad, reconocimiento y responsabilidades.
Después llegó Perejil.
Una roca diminuta.
Un conflicto diminuto.
Un despliegue enorme.
Aznar necesitaba su pequeño Waterloo y encontró una isla con cabras.
Napoleón tuvo Europa.
Aznar tuvo Perejil.
La diferencia es que las cabras no votaban.
Pero quizá lo más preocupante no sea lo que Aznar hizo entonces.
Es que todavía hoy algunos quieran presentarlo como autoridad moral para hablar de guerras.
Porque hay algo que conviene recordar cuando un multimillonario sentado en consejos de administración empieza a repartir lecciones sobre política internacional:
las guerras las pagan los que nunca se sientan en esos consejos.
Las pagan los soldados.
Las familias.
Los niños.
Los refugiados.
Los ciudadanos que pierden su casa mientras otros pierden únicamente el valor de sus acciones.
Y aquí está la verdadera cuestión.
No necesitamos políticos que sepan declarar guerras.
Necesitamos dirigentes capaces de evitarlas.
No necesitamos más generales de tertulia.
Necesitamos estadistas.
Y, sobre todo, necesitamos memoria.
Porque la única arma de destrucción masiva que Aznar debería reconocer inmediatamente es aquella que utilizó demasiadas veces la política:
la mentira.
Mentiras para justificar guerras.
Mentiras para fabricar enemigos.
Mentiras para administrar el miedo.
Mentiras para convertir intereses en patriotismo.
Y bulos para seguir estirando fantasmas que hace años dejaron de existir.
ETA desapareció.
Pero algunos necesitan que siga viva.
Porque electoralmente da mucho juego.
Así que ahora vuelve Aznar.
Habla de guerra.
Agita el fantasma.
Y quizá espera que nadie recuerde las Azores.
Pero algunos tenemos memoria.
Y recordamos.
Recordamos Irak.
Recordamos el 11-M.
Recordamos el Yak-42.
Recordamos Perejil.
Y recordamos también quién estaba allí.
Por eso, antes de que Aznar vuelva a repartir lecciones de patriotismo, estrategia y guerra, quizá debería explicar algo mucho más sencillo:
¿cuándo piensa pedir perdón?
Porque hablar de guerra es fácil cuando uno no va a morir en ella.
Lo difícil es asumir la responsabilidad cuando la historia empieza a pasar factura.
Y la historia, por suerte, tiene memoria.



